Transporte: Un deseo para el 2019

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Por Susy Delgado*

Si tuviera que elegir uno solo, yo me quedaría con un regalo muy especial para el 2019: que los viajes en colectivo se volvieran más respetuosos de la condición humana y sus derechos básicos. Y estoy segura de expresar el sentimiento de un sector muy amplio de la población, que no tiene posibilidad de acceder al vehículo propio para movilizarse cotidianamente y desarrollar sus actividades.
Tratando de ir por partes, cuando se implementaron los colectivos con aire acondicionado, presentados con normativas que aparecían precisamente como respetuosas de algunos derechos básicos de los usuarios, la gente respiró con esperanza, creyendo que esa vieja historia de las chatarras, muestrario de incomodidades que se convertían en hornos crematorios en verano, se había terminado. Las protestas por el precio de los boletos asomaron tímidamente y se apagaron pronto porque la gente creyó que empezaba el tiempo de viajar con dignidad.
No hizo falta mucho tiempo para descubrir que no era así, que los colectivos modernos y atractivos en una primera mirada, estaban fabricados con mucha ligereza en muchos aspectos, el más importante de los cuales –el del sistema de aire acondicionado- resultó absolutamente pobre para aliviar el calor de la gente embutida en estos vehículos, y en muchos casos se ha convertido en unas extrañas duchas que mojan a quienes pretenden sentarse en los asientos. Ni hizo falta mucho tiempo para descubrir que estos vehículos estaban pésimamente diseñados, con asientos de mala inclinación, que en cada frenada van empujando a los pasajeros hacia adelante, y lo peor de todo, con una distribución de asientos que en la mayoría de los casos se convierte en un cuello de botella inhumano en el área cercana a la puerta de salida.
La situación no es mejor en realidad en ningún sector del colectivo, donde aquellas promesas de respeto a los derechos generales y especiales, quedaron en el más completo olvido, pero sabemos que la accesibilidad a la puerta de salida es vital para cualquier usuario, y es lo que le impone una pelea cotidiana, tan difícil como enfrentarse a un ejército de cultores de la lucha libre, si no pudo ubicarse de entrada juntito a la puerta de salida. Si el prójimo lleva algo más que la cartera, nadará desesperado en ese mar de gente, levantando los brazos y sus cosas sobre cuerpos y cabezas entre las que solo puede abrirse una estrechísima grieta a costa de una sesión no deseable del mencionado deporte.
En estos días en que se habla insistentemente y con justicia del tema del acoso, es notable que nadie habla de este acoso que se ha vuelto un hábito cotidiano, que supera los límites de lo tolerable. Un acoso singular y obligado, practicado no solo por quienes se interponen a quien quiere desplazarse a través del colectivo o bajar del mismo, sino por la misma persona que intenta cumplir estas necesidades. Y podríamos eludir la mención a otras incomodidades como por ejemplo la del “humor” de la gente en sus variadas acepciones, porque podrían considerarse exquisiteces frente a los señalados, pero no es raro asistir a situaciones de desbordes peligrosos de la gente, que ya ha perdido toda paciencia concebible. Como tampoco es raro asistir a situaciones de descompensación preocupante de la presión o algún otro aspecto relativo a la salud, en algunas personas.
Y este último aspecto me lleva a mencionar una necesidad que considero tan importante como los mencionados hasta ahora, y cuya responsabilidad señala en este caso a los usuarios: lo que yo llamaría el derecho al asiento, un concepto que debería incorporarse a los derechos que paulatinamente y a buena hora, se van agregando a los reclamos de la ciudadanía. Un derecho que se funda antes que nada, en la mayor fragilidad que tienen determinadas personas para sobrellevar estos viajes que constituyen un difícil examen cotidiano, cuando no en unas sesiones inhumanas de tortura. Las autoridades relacionadas con las normativas de los vehículos de transporte colectivo, conjuntamente con las del campo de la salud, deberían establecer cuáles son esas personas que por motivos de salud, de edad o de discapacidades diversas, deberían tener prioridad en el acceso a los asientos. Lamentablemente, todos los días hay que presenciar la insensibilidad de muchas personas de buena apariencia física que prefieren su comodidad egoísta para la impostergable revisión de sus mensajes en el celular, ante una embarazada que a duras penas transgrede los anacrónicos y ofensivos molinetes, un niño pequeño o un anciano que corren el peligro de ser aplastados por esa avalancha de cuerpos que buscan desplazarse. Estas autoridades deberían emitir un carnet del derecho al asiento, que permitan hacer un poco más llevaderos estos viajes que constituyen un verdadero atentado a la dignidad humana.
Me permito agregar una referencia final, a una situación personal que ilustra lo que puede pasar y pasa en estos viajes en colectivo: una mañana, con los pies ya ubicados a duras penas en el más alto de los escalones de acceso –extraña y religiosamente altísimos cada uno de ellos-, yo estaba todavía peleando con la billetera para guardar las moneditas de vuelto, cuando el chofer arrancó violentamente, tirándome con la misma fuerza e idéntica velocidad, sin posibilidad de manotear alguna barra, al fondo de los escalones. Cada uno de los escalones hizo lo propio en la carrera vaqueta inesperada que me tocó esa mañana, que pudo costarme algún hueso roto, pero bastó para llevarme a la cama por varios días, con unas recetas médicas y unos dolores nada simpáticos…
Me abstengo por hoy de referirme al otro costado insostenible relacionado con la necesidad de movilización cotidiana de la gente, porque exigiría otro plagueo extenso, que ojalá ya esté con el subrayado merecido, en la agenda de las autoridades competentes: el colapso indiscutible del tráfico, que si no es asumido seriamente por estas autoridades, es fácil suponer que en pocos años estaremos todos exiliados en nuestras casitas…
Que la sociedad paraguaya siga avanzando en la conquista de los derechos que nos corresponden como seres humanos. Tajaipykúi tape iporävéva 2019-pe, tekojoja añete gotyo, jaiko poräve haguä yvyporaháicha.

*Escritora, Premio Nacional de Literatura 2017

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