Servicio Mlitar Obligatorio nunca más

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Por Julio Benegas Vidallet

De 1989 a 2002, unos 110 jóvenes habían muerto en el servicio militar en el Paraguay, en tiempos de paz. El Servicio Paz y Justicia (Serpaj-Py) sostiene que hasta ahora han muerto 147 soldados. En el 99 y 2000, este servidor había descubierto la existencia de 7.000 soldados fantasma por año. Soldados que solo figuraban en las planillas presupuestarias.

Todo el dinero se quedaba en una gigantesca cadena de mandos.

Por este caso, finalmente, se había condenado a 19 años al general Pablino González, jefe entonces de la Intendencia del Ejército.

De las muertes, el promedio de edad no pasaba los 16 años. Chicos pobres enrolados en asentamientos campesinos y urbanos, a los que, ya en la milicia, les falsificaban sus partidas de nacimiento para hacerlos aparecer como de 18 años.

En el cuartel, estos chicos morían de un balazo en el mentón porque, en los retenes, quedaban dormidos encima de sus fusiles, morían porque a otro se le disparaba el fusil, morían por descuereos. Morían. Así se fue desarmando el servicio militar, aquel lugar donde «se hacen hombres» a los jóvenes.

Se desarmaba en la corrupción, en el saplé, en el maltrato, en la muerte. Esa gran fábrica de «hombres» quedaba sin combustión. En el 91, durante la Constituyente, no pudimos -no pudimos, digo, porque yo militaba por ello- derogar el servicio militar obligatorio, pero se logró ubicar una cláusula: la objeción de conciencia.

Al principio los jóvenes se acercaban con miedo, pero luego, con todas los descubrimientos de abusos y corrupción, las oficinas para tramitarla se llenaban. Recuerdo colas de dos a tres cuadras. Ahora, han anunciado multas millonarias. De nuevo nos meten en esta miseria de discutir un tema ya hartamente superado, pero que ese 25 por ciento de la población electoral que le votó a Mario Abdo Benítez se empecina en imponer.

De vuelta entonces a presentar la objeción. De vuelta entonces a joderles a las familias a ver qué, cómo y con quiénes. De vuelta a intervenir en la rutina por algo de absoluta estupidez. Las Fuerzas Armadas de este país no han cambiado en absoluto. Son incapaces, en sus dirigencias, de producir un modelo de Estado nación que se independice de la cobardía y de hacerle servir tereré al recluta. No tienen visión estratégica, no producen un solo documento que nos ayude a comprender el concepto actual de soberanía, mucho menos de ponerlo en práctica.

Millones de hectáreas del territorio paraguayo están ocupadas por la infantería de colonos y capitales brasileros y trasnacionales. Nada, nada, absolutamente nada discuten más que repetir en sus paradas militares el valor de la «hombría» y el pasado «glorioso». No hay razón alguna de mantener la obligatoriedad del servicio militar. Y, además, es hora de que se les pregunte a los jóvenes qué quieren hacer de sus vidas, qué expectativas tienen y qué creen ellos que les falta y desde dónde creen que pueden aportar.

A la dictadura de Alfredo Stroessner el servicio militar -17.000 jóvenes al año- le sirvió para disciplinar a una sociedad que venía de convulsiones en convulsiones desde la Guerra Civil. Se la disciplinó sobre la base de «convertir en hombres» a los jóvenes, donde los reclutas no tenían un solo derecho, y tenían que aguantar todos los desmanes de los más antiguos, hasta convertirse, el recluta, en antiguo y hacer lo mismo con los nuevos.

Rápidamente se los usó a los jóvenes pobres (la clase media y media alta tenían el Cimefor) para fabricar ladrillos, levantar casas para jefes militares, servir de empleado doméstico, cebar el tereré, trabajar en las estancias de los coroneles, de los generales. Se los educaba en la prepotencia y en la obediencia a ciegas. Al ingresar no tenías un solo derecho y al salir «ya eras hombre». Fue así que la baja militar fue el documento más importante hasta los años 80.

Se asoció el servicio militar con volverse «ciudadano». Mientras se disciplinaba a la sociedad sobre la base de la obediencia y la prepotencia masculinas, los jefes militares, los jefes partidarios y los empresarios amigos del régimen se quedaban con las tierras, se hacían mansiones, participaban del tráfico de autos, de drogas y de armas.

Con la salida de Alfredo Stroessner saltaron todos los desmanes, al punto de que se supo que los chicos morían como si estuvieran en guerra, debajo del fusil, porque a otro se le disparaba accidentalmente o por descuereos bajo el sol. Los casos que yo pude registrar en el tiempo que investigaba este asunto eran alucinantes.

Ahora nos vienen otra vez con esta historia. Sin proposición más que «servir a la patria». Qué es hoy servir a la patria, de qué patria hablamos, patria de quiénes, para quiénes, cómo bien reflexiona Emiliano R. Fernández en la estrofa que ilustra esta página.

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