Los desafíos urgentes del progresismo latinoamericano

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Por Prabhat Pacuá

Mi madre me comentó alguna vez que su amiga y ella misma fueron las más odiadas, en su época, por sus compañeros/as de la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía. Esto debido a que siempre eran las primeras en comentar, participar con entusiasmo y preguntar al docente lo que no comprendían, retrasando muchas veces el horario de salida. Para colmo no faltaban a clases, presentaban sus trabajos prácticos a tiempo y se pegaban el lujo de cometer uno de los pecados más imperdonables por la gente: “No copiar en los exámenes”

Todo esto generó que les llovieran amenazas, roces, comentarios desagradables y una vez hasta llegaron a organizar una comisión garrote para darles su tradicional merecido a la salida. Seguramente las hordas también estuvieron expectantes de algún error que ellas pudieran cometer en aula para tener su efímero momento de regocijo, como aquello de que el perro sigue mordiendo el hueso, lastimándose las encías y sangrando, obteniendo con ello la falsa sensación de que aún quedan restos de carne.

En fin, esta anécdota, como tantas otras en la actualidad, resulta importante para echar por tierra el manoseado mito mistificador y romántico del pueblo. O su versión más radical y nostálgica que exalta el esencialismo de una clase “mártir” destinada, por profetas modernos y racionales, al cielo en la tierra. En los años 30 sin embargo algunas mentes lúcidas que lucharon por la emancipación del género humano tuvieron el atrevimiento de desafiar la ortodoxia de dicho relato y nos presentaron el rostro desnudo y contradictorio del “pueblo” y del/la “trabajador/a”.

Como diría la filósofa contemporánea Luciana Cadahia, estos valientes (Antonio Gramsci en Europa y Jose Carlos Mariátegui en América Latina) nos ayudaron a comprender que el rostro del pueblo es similar al del Dios Jano… Guarda dentro de sí “pulsiones emancipadoras” y “pulsiones reactivas”. Es decir que alguien puede perfectamente declarar luchar por la educación y los derechos humanos, pero al enemistarse o tener diferencias con otra persona puede llegar a desearle algún daño, como perjudicar su imagen públicamente o disfrutar silenciosamente mientras se lo condena a la persecución o al ostracismo en un determinado ámbito o territorio.

La anécdota que expuse al principio representa un buen ejemplo de ello. Muchos de los ex compañeros de mi madre seguramente fueron buenos padres o madres, dedicados/as, cariñosos/as y lo dieron todo en aras de otorgarle las mejores posibilidades a los suyos. (“Buenas personas”). Pero cuando alguien, ajeno o cercano a su círculo, evidenció sus deficiencias, limitaciones o errores (fue en contra de sus intereses y para colmo no se amoldó según sus deseos) se convirtieron en hostigadores y perseguidores sin ningún tipo de remordimientos o autocrítica.

En el plano más complejo del continente nos encontramos con que en décadas pasadas una gran cantidad de ciudadanos latinoamericanos, sobre todo del sector popular, apostó por el progresismo para obtener la ansiada movilidad social. Podríamos caracterizar este hecho como un ejemplo de la “pulsión emancipadora”. Luego de un par años de nuevo status social y de un nuevo nivel de consumo, estos mismo ciudadanos/as se sintieron identificados/as y decidieron apostar por proyectos conservadores, de carácter neoliberal, que amenaza con devolverles a su situación de pobreza estructural (“pulsión reactiva”).

Estudiar y comprender esa “pulsión reactiva” es el apremiante desafío de la política hoy en día si queremos retomar y consolidar proyectos ciudadanos y estatales, inclusivos, progresistas y respetuosos de los Derechos Humanos…”

Dicha tarea de estudiar esta pulsión sólo puede realizarse con efectividad asumiendo visceralmente el nuevo contexto en el que se desarrolla, es decir, nuestro contexto actual caracterizada por: una guerra comercial por la disputa del nuevo liderazgo mundial, proteccionismo en detrimento del libre comercio, posibilidad siempre latente de un nuevo enfrentamiento bélico entre potencias, posibilidad de una nueva crisis económica mundial, transición de combustibles fósiles a nuevas energías, transición del comercio mundial del atlántico al pacífico, big data, tecnología cuántica, inteligencia artificial, nuevas tecnologías de energía libre, calentamiento global que amenaza con la extinción de la especie, etc.

Es decir que debemos considerar seriamente, o quizás asumir de una vez por todas, que los relatos de siglos y décadas pasadas quedaron obsoletos en la actualidad. Los nuevos desafíos que tenemos en frente nos exigen ser contemporáneos lúcidos de nuestra época, dejar de auto complacernos en un pasado romántizado y articular esfuerzos, no ya solamente por la necesaria emancipación humana, sino para evitar un futuro cada vez más cercano que todavía estamos a tiempo de evitar: la extinción de nuestra especie.

Es de vital importancia que las organizaciones ciudadanas y partidarias se sumen a la tarea de estudiar, comprender y problematizar las “pulsiones reactivas” en sus respectivos espacios. En paralelo resulta impostergable desplegar estrategias comunicacionales utilizando los diagnósticos provenientes de los nuevos campos de estudio comunicacional. Los creativos y reconocidos analistas del ámbito comunicacional vienen insistiendo hace años con el hecho de que las redes configuraron “nuevas audiencias” y hábitos de consumo.

Esto no significa de ninguna manera abandonar el trabajo de calle, por el contrario, significa que esa calle, ese territorio y esa población en cuestión, sea urbana o rural urbanizada, hoy está atravesada y mediada por nuevas subjetividades, hábitos de consumo, aspiraciones y demandas. Debemos discutir profundamente algunas reflexiones como las llamadas “Culturas Bastardas” por Omar Rincón y profesionalizarnos en el trabajo de las redes y las nuevas herramientas de la comunicación. Los enemigos de los Derechos Humanos echaron mano de “las pulsiones reactivas” nuestras poblaciones y de las redes sociales durante las últimas elecciones en el continente y no les fue nada mal.

Ningún programa de gobierno, por más inclusivo y radical que sea, tiene serias posibilidades de ser aplicado si no se ganan elecciones, si no se llega y se ejerce el gobierno de un país. Y para tal efecto hay que ocuparse de los desafíos más urgentes que se nos presentan en este nuevo escenario continental y mundial.

 

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