Kuña guapa o…

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Mi madre era una tipa que conocía poco el descanso. Del ordeñe de vaca al mercado, del mercado a la casa, una siestita, y luego a la chacra, a los chanchos, a la vaca. Juzgaba a todo el mundo con esa misma vara. Para ella buena parte del resto era haragán o haragana. Pero mi madre no era más que una de las tantas “kuña guapa” de nuestro país, esa tipa hacendosa, práctica, ordenada y limpia.

Hoy hay millones de kuña guapa, como mi madre, que se desviven detrás de las criaturas, de la limpieza de la ropa, de los ajetreos de escuela y trabajos fuera de la casa. Millones. Así como hay millones de hombres que todos los días, a partir de las 5, de la 6, se rebuscan, en el colectivo, en las basuras, en las tiendas, en los súper, en las fábricas, algo de comida y bebidas.

En nuestro país existe una altísima valoración del sacrificio al punto tal que, aun con el 80 por ciento de los jóvenes trabajando en lo que sea o en lo que haya, decimos que los jóvenes no salen adelante porque “son haraganes”.

Alrededor del 90 por ciento de estudiantes universitarios son al mismo tiempo parte de la extendida clase trabajadora de nuestro país.

Oficialmente más de 450.000 niños y niñas adolescentes trabajan. Y así, en un raudal de súper explotación, vivimos quejándonos de los “haraganes” que no quieren luego “progresar”.

Me viene esto a cuento de un post de Gladis Fischer sobre una de nuestras viejitas que cargaban sus mercaderías en el colectivo, seguramente para venderlas en los mercados.
“Kuña guapa o…”, se preguntaba Gladis.

Si no tenemos el registro preciso del descanso, no lo valoraremos. Seguiremos creyendo en el extremo sacrificio para sobrevivir y el resto, el que no consiga laburo, seguirá siendo un “vago” o una “inútil”.
Mientras pienso en esto, vuelvo a separar urgencias.

Creo, firmemente, que una medida urgente, imprescindible, en nuestro país es la pensión universal para todas las personas mayores de 60 años. Súper bien que nos creamos un pueblo súper, mega híper sacrificado, pero nuestros mayores merecen descansar y, si aún con el dinero de la pensión quieren seguir laburando por lo menos que lo sientan, por primera vez en sus vidas, una opción.

Un 10 por ciento de impuesto a la exportación de la soja nomás cuesta esta tremenda patriada.

Piénsenlo.

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