Invasiones

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Por Blas Brítez
Con la de hoy, van 81 entregas consecutivas del diario Última Hora —una larga investigación previa del periodista Rober Irrazábal— que demuestran las usurpaciones, invasiones, desacatos y demás «ligerezas» de dueños de clubes exclusivos, sojeros, contrabandistas y traficantes, todos juntos y mezclados, en territorios fronterizos de la Itaipú Binacional, en Alto Paraná.
Son casi tres meses de publicaciones, pero hasta ahora, más allá de las viejas y ociosas denuncias fiscales y de pedidos parlamentarios de informes, ninguno de aquellos ha sido siquiera molestado por sus comprobados delitos. Tal vez porque invasión es una palabra reservada —en la jerga política, judicial y periodística— para aplicarla a gente sin tierra y sin hogar. Gente pobre.
Miles de familias son y serán en lo sucesivo desalojadas por «invasoras» de propiedades. No importa si han ocupado tierras improductivas que son pasto de la especulación, o si han sembrado semillas orgánicas en ingentes terrenos malhabidos surgidos de la corrupción endémica. En lo que va del año, por lo menos dos centenares de personas han sido acusadas por el Ministerio Público, con celeridad, por «invasiones». Se trata de contingentes humanos en búsqueda de una existencia digna, bajo techo y con trabajo. Es la misma gente que abarrota los hospitales, deserta de las escuelas y labora en la informalidad, cuya juventud derrapa hacia la delincuencia común, las adicciones y el más triste desencanto de la vida.
El capital ha invadido nuestras relaciones sociales hasta trastocar el peso de lo humano en la balanza de la justicia, en favor de quien más tiene y más puede torcerlo todo, sin detrimento de su seguridad y de su patrimonio espurio.

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