Femicidios: Mirar el horror fijo a los ojos

No hay comentarios

Por Elisa Marecos Saldívar

El macabro crimen de Dalma y su familia así como el caso de la mujer que mató a su pareja en defensa propia deja a una sociedad que conmocionada se pregunta cómo alguien podría llegar a semejante nivel de brutalidad.

Los principales titulares no dejan de repetir la palabra “horror”. Lo primero que decimos es que el tipo era “un enfermo” y que la mina estaba “loca”, nos esforzamos por colocar la situación en lo excepcional como evitando confrontar la regularidad de la violencia patriarcal en la que existimos.

Ambos crímenes no dejan de ser atroces pero cuando los sacamos del registro de lo excepcional dejamos entrever un patrón general que se repite, un entramado de violencia que lo antecede, un sistema que lo sustenta: el patriarcado.

Para comprender cómo alguien llega a cometer semejante barbarie es necesario mirar ese machismo cotidiano que nos habita, que va tejiendo un entramado de violencia expresado en ocasiones, de manera sutil e inofensiva y en otras adquiriendo las formas más crueles e inhumanas pero no improbables.

Ninguno de estos casos, son sucesos excepcionales ajenos a nuestra realidad, son desenlaces de una cadena de violencia que no habitan periféricamente sino que están presentes en nuestro cotidiano, esa violencia hay que reconocerla, saber que va en escalada y que no se detiene corriendo la vista o minimizando.

Probablemente no todas seamos alcanzadas por la experiencia material de morir en manos de nuestras parejas o terminar presas por evitar que nos maten pero es innegable que todas compartimos esa amenaza si seguimos permitiendo que nuestras y otras relaciones se construyan bajo la lógica machista.

Para entender como se llega a esto hay que mirar de donde viene sinceramente, dejar de golpearse el pecho, cargarlo de horror, pensar que a una nunca le va a pasar, hay que reconocer el ciclo de violencia, reconocer que estuvimos ahí, que hay familiares, amigas que están ahí que nuestra sociedad está ahí.

Mirar al horror fijo a los ojos, agarrar nuestra bronca, reconocer el trayecto del cuál proviene para trazar otro distinto y transformar.

Comentarios