Era una tipa pobre

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Por Julio Benegas Vidallet

Ustedes ya saben, ya lo viven. Vivimos una sociedad de clases con vestigios, sombras y luces, de sociedades de casta. En una sociedad de clases, con ropaje ministerial de casta, la vida de una tipa o un tipo pobres valen exactamente nada para las instituciones que abrazan la sociedad de clases y sus coleretes de casta.

Si bien todos los días vivimos esta asombrosa realidad, hay quienes, en el límite del desahucio, soportan el peso entero de esta oleada civilizatoria.

En las ciudades sobrevivimos en un escenario de mareos estúpidos, de idilios con el éxito y las frustraciones con lo que consideramos fracaso, evanescentes, pero en los campos, aquellos hermosos prados y laderas, de tujujues y esteros, sombras de abanico y horizonte eterno, sobreviven muchos compatriotas que disputan hoy sus tierras, las mismas que están siendo arrasadas en nombre del progreso por la narcogandería y las semillas transgénicas.

En ese mundo, los nuestros, los últimos, viven sin preguntarse, generalmente, hasta cuándo. Allí matan, destierran, despojan, con la fiscalía, la policía y todas las fuerzas institucionales de un país que se construyó sobre la escandalosa acumulación del poder cuasi mafioso.
Cuando estas fuerzas institucionales ya no dan abasto, envían a sus sicarios a sacarles la vida a las personas que nada valen. Qué es la vida de un joven indígena o de una niña campesina. Nada.

En las ciudades vivimos el éxodo, el desahucio y la completa enajenación.Acá nos peleamos por aritos, como nos sentamos, quién es gay, quién es trans, quién es no sé que. Al enajenarnos, es decir, sacarnos de nuestra pertenencia profunda: la tierra, buscamos, en un limbo, un lugar “individual” que nos dé seguridad.

Acá, igual, la vida de una persona pobre significa solo morbo de telediarios y plagueos de unos cuantos días. Si bien en el campo tenemos más de cien personas asesinadas por sicarios casi todos brasileros, sin investigación real, en la ciudad, en los últimos tiempos, la muerte de Lidia Meza es tal vez el ejemplo más vivo y encendido de esta categorización de la vida humana.

Un escándalo. La matan en la Agrupación Especializada de la Policía Nacional. La matan y al otro día se lo expulsa al tipo que la mató. Si bien mucha gente aplaudió este gesto del presidente, lo concreto es que se lo sacó de en medio al tipo responsable y la primera pieza de la investigación de un caso que debió definir líneas de complicidad dentro y fuera del Estado. Cuál era el apuro. Por qué sacarse de encima casi en el mismo día del suceso.
No, el juego con la vida de Meza fue y es perverso. Desde que se la use supuestamente como víctima propiciatoria para que no se extradite al tal Marcelo “Piloto” Pinhero o para expulsarlo quedándose como “ídolo” el Presidente o por vaya saber qué cosas más. Perverso. Y aunque a mí no me dice nada que su cuerpo lo hayan llevado en ambulancia y no en un coche fúnebre, ese sello también es una estampa perfecta de nuestra sociedad de clases, con coloridos ambages de casta.

Era una tipa pobre.

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