El Estado y el mercado

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Las sociedades modernas se basan en un sistema de economía mixta en el que, por un lado, la oferta y la demanda hacen su trabajo en el mercado. Por otro, el funcionamiento sostenible sería imposible sin un Estado no solo regulador, sino también productor de bienes y proveedor de servicios indispensables por fuera de la lógica del lucro privado. 

Por Paulo López

El papel del Estado en la vida de los individuos es uno de los grandes temas, y quizá el más apasionante, que venimos discutiendo desde el origen mismo de la filosofía. Desde Grecia hasta las sociedades contemporáneas, uno de los principales problemas que nos hemos planteado es cómo regular la convivencia y hasta qué punto permitimos que el Estado se entrometa en nuestras vidas.

Tras las cíclicas y sucesivas crisis que ha experimentado la humanidad, se han ensayado respuestas disímiles y contradictorias que han atravesado todo el arco político con distintos niveles de eficacia. En la misma meca del capitalismo, EEUU, se han aplicado reiteradas veces políticas contrarias a los principios del libre mercado como respuesta a las recesiones económicas. El ejemplo más paradigmático quizá sea el New Deal, una batería de medidas intervencionistas llevadas a cabo por el presidente Franklin Roosevelt en los años treinta para combatir el desempleo y reactivar la economía tras el crack. (Esto sin mencionar, entre otros, el salvataje a los bancos en el 2008 tras la crisis de las hipotecas subprime).

Asimismo, el “America First” de Donald Trump se basa en principios proteccionistas, que entre sus primeras medidas ha implicado el retiro de su país de tratados de libre comercio como el Trans-Pacific Partnership (TPP). Además, el mandatario norteamericano ha anunciado la intención de renegociar el North American Free Trade Agreement (NAFTA) con Canadá y México. Entre sus últimas medidas resaltan los altos aranceles impuestos a las importaciones surcoreanas y chinas de lavadoras y paneles solares, respectivamente, para proteger la producción doméstica.

Por otro lado, países tradicionalmente estatistas como Rusia y China desafían seriamente la hegemonía unipolar norteamericana. Esto como resultado de un desarrollo económico logrado gracias a la apertura a los mercados y a la liberalización de ciertos sectores de la economía, aunque políticamente sigan siendo centralistas y guarden rasgos autoritarios.

América Latina, por supuesto, no se mantiene ajena a esta hibridación. Desde hace unos años el presidente cubano, Raúl Castro, ha implementado medidas de “actualización del socialismo”. Estas, en lo concreto, constituyen políticas de apertura al mercado, a la iniciativa privada y que han significado una retracción del Estado. De hecho, uno de los rubros más dinámicos de la economía del país caribeño es el turismo, que según datos oficiales representa el 10% del PIB. Unas cuatro millones de personas visitan anualmente la isla, un movimiento generado mediante la operación de un sistema de transporte aéreo eminentemente privado.

Las sociedades modernas se basan en un sistema de economía mixta en el que, por un lado, la oferta y la demanda hacen su trabajo en el mercado. Por otro, el funcionamiento sostenible sería imposible sin un Estado no solo regulador, sino también productor de bienes y proveedor de servicios indispensables por fuera de la lógica del lucro privado.

Incluso un gobierno “business friendly”, como el de Horacio Cartes, ha intervenido en la economía a fin de frenar los abusos del mercado. Entre las medidas más emblemáticas cabe citar el tope impuesto a los intereses de las tarjetas de crédito y la migración de los fondos públicos de bancos privados al Banco Nacional de Fomento (BNF).

El estímulo a la competencia evita la fijación colusiva de precios y obliga a las compañías a ofrecer mejores bienes y servicios. La regulación del mercado es indispensable para evitar que los actores que detentan posiciones dominantes influyan artificialmente en los precios y puedan, sin mayores costes, acumular incluso bajando la calidad de sus productos. Si por un lado el laissez faire no puede resolver por sí solo el qué, cómo y para quién se produce, una presencia absoluta del Estado también ha evidenciado sus efectos depresores al desestimular la competencia y la creatividad individual.

Al respecto, los economistas norteamericanos Paul Samuelson y William Nordhaus afirman, en el manual “Economía”, que “los mercados han obrado milagros en distintos países. Sin embargo, sin el tipo adecuado de estructura legal y política, y sin el capital social que promueve el comercio y la inversión privada, los mercados también han dado origen a un capitalismo corrupto con grandes desigualdades, pobreza generalizada y disminución de los niveles de vida. Los programas del Estado han ayudado a disminuir la pobreza y la desnutrición y han reducido la plaga de enfermedades terribles. El apoyo del Estado a la ciencia le ha permitido a esta adentrarse en el átomo, descubrir la molécula del ADN y explorar el espacio. Por supuesto que estos éxitos no pertenecen solo a los Estados. Estos han aprovechado el ingenio privado a través de los mecanismos de mercado para alcanzar estos objetivos sociales. Una sociedad eficiente y humana requiere las dos mitades del sistema mixto: el mercado y el Estado. El funcionamiento de una economía moderna sin ambos es como intentar aplaudir con una sola mano”.

Por ende, no existe mano invisible que asegure la competencia perfecta ni un Estado capaz de administrar toda la información necesaria para planificar centralmente la economía. Ni la liberalización absoluta ni el estatismo aplicados ortodoxamente podrán brindar las soluciones que requieren nuestras sociedades ante los desafíos que plantean los tiempos en que vivimos.

Finalmente, es preciso poner de relieve que la rémora de las economías emergentes –y del capitalismo periférico en general– es la dependencia de la producción primaria. Seguir escalando en el mercado de commodities podrá reportarnos cifras macroeconómicas alentadoras, pero en definitiva resulta insuficiente con vistas a garantizar mejores condiciones de vida y prosperidad para el conjunto de la sociedad.

Foto: Imagen ilustrativa de la película “Modern times” de Charles Chaplin.

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