El 5 de diciembre no es cualquier día

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Por Fabricio Arnella

Era cerca del mediodía. El copetín frente a la Administración de Electricidad (ANDE) estaba repleto de oficinistas, estudiantes y albañiles de las eternas obras del barrio.

Por un momento todos en el copetín miramos la noticia: El megajuicio de Ykuá dejaba impunes a los que en nombre el dinero, cerraron las puertas. En la instalación militar donde se realizaba el juicio comenzaron a volar sillas y me invadió la furia. La misma que sentí ese 1 de agosto frente al tendal de cadáveres calcinados.

-¡Que tembó!, dijo alguien en la mesa de al lado. Me levante de golpe, salí corriendo y dejé olvidados los materiales del cursillo que recién había fotocopiado. Corrí como loco a casa, me tenía que cambiar para ir al juicio. A ver que carajo se podía hacer. Metí en mi mochila un paño, unos limones, sal y la remera que más quería, la negra -agrisada por el uso- del Che.

47572302_10161186639525367_4781493580608831488_nCerca del cruce entre Choferes del Chaco y Eusebio Ayala el tránsito ya era muy lento, por la marcha, que luego de interrumpir la lectura de la sentencia a sillazos y empujones, se abría paso rumbo al Supermercado Ykua Bolaños más cercano. Tuve que bajar del 41 para ir más rápido. José Tomás se dirigía en su vehículo Kia a la marcha, no nos conocíamos, pero dedujo que yo también iba ahí y se ofreció a llevarme, sorteando obstáculos.

En las inmediaciones de la barca todo ya era un caos. Idas y vueltas de piedras, balines, gases, corridas de caballos, cubiertas en llamas y molotovs. Una de esas corridas nos empujo hacia la callecita que daba en la parte posterior del supermercado Ykua. Entramos para resguardarnos de la montada hacia el depósito del local y de ahí, hacia los pasillos entre las góndolas.

Nunca vi tanta furia desatada. Todos rompíamos todo, también algunos hacían su fin de año. Góndolas en el suelo, botellas rotas, vecinos saliendo con carritos llenos de carne, leche, verduras, electrodomésticos, de todo. La rabia se desbordó al punto que un grupo fue a apedrear unas garrafas. Me asustó.

En ese momento antimotines irrumpieron por al entrada principal del supermercado. Al retroceder nos encontramos con un pelotón en la puerta trasera. ¡Listo! No se como algunos pudimos escabullirnos entre garrotazos y gases. Fue la primera que me desvanecí, al levantarme estaba aún en la zona. Un grupo de personas me mojaba la cara que me ardía.

47571230_10161186639555367_5919312296575762432_nEn eso se desató otra corrida. Montada y escopetazos. Nos refugiamos en una casa que abrió su puerta y sacó su manguera para quien necesite agua. Ese día vi volar por primera vez molotovs. Sentí el miedo de la policía. Vi volar de todo ese día contra las columnas policiales. Sachets de yogurt, enlatados, harina, piedras. De todo. Escenas de corridas y la policía en retroceso se repitieron por interminables horas hasta bien entrada la noche. Me tocó acabar esa jornada en Emergencias Medicas bien machucado, bien feliz, junto varias personas que conocí ahí y hasta ahora aprecio.

Bien feliz, sí, eso dije. Porque ese día tuve esperanzas en la humanidad, ese día sentí el coraje, sentí que mucha mierda nos dan todo el día pero la paciencia no es infinita, y el pueblo se levanta, y cuando la rabia se desborda no hay fuerza material capaz de contener el sentido de justicia popular.

47378632_10161186639475367_986128051689488384_nFeliz, porque ese día le rompimos su Estado de Derecho, quebramos su esquema de impunidad absoluta. Les, nos demostramos que con la vida no se juega. Que la resignación tiene límites. Sin redes sociales ni mensajerías instantáneas miles nos sentidos convocados por la necesidad de justicia para esas 400 personas asesinadas por la avaricia, por la fuerza del mugriento dinero de los Paiva.

Ese día, para mí, la militancia cobró otro sentido. Ya no podía ver el cursillo para Periodismo, ni las charlas con mi mama, ni las visitas a mis amigos con los mismos ojos. Ese día comencé a creer. Son los ecos del fuego. ¡Y pensar que todavía hoy nos quieren convencer de cada cosa! Que si el pueblo es nomas luego pasivo, dijo un dirigente. Que si cada pueblo tiene.. Que si somos nomás luego.. Que nos falta luego un hueso en la nuca por eso miramos hacia abajo, que esto, que aquello y lo otro y lo otro también, para explicar una “paraguayidad” conformista.

No los escuchen, son ellos los conformistas. Son ellos los que resignan al living y el café, y en su comodidad, intentan contagiar posibilismo con fraseología marxista o posmo, sesuda retórica que explica que hasta acá nomás se puede, y que algún día sí, pero ahora no, porque el pueblo… esto y aquello. Lo derrotados, ¡a su lado!, habemos quienes queremos luchar, porque queremos ser felices todos juntos porque no queda otra, por la vida y por los que ya no están.

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