Breve reflexión sobre el sentido común stronista

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Por Osvaldo Zayas

El estronismo fue durante más de tres décadas un movimiento cívico-militar respaldado por la principal potencia de Occidente: Estados Unidos. No se había impuesto solo por la fuerza. Su expansión llegó a todos los ámbitos de la vida pública. Controló el poder mediante la más feroz coerción pero se legitimó al obtener hegemonía, en términos gramscianos. Ocupó los espacios públicos y desde allí construyó un sentido común todavía verificable en una sociedad que llama valores a deformaciones autoritarias: las criadas a merced de la bondad de las patronas, las maestras que “antes enseñaban mejor” y le pegaban a las niñas y niños, los padres y madres que garroteaban a las niñas y niños y educaban bien, los militares que violentaban a subalternos y soldados y eso era bueno porque significaba disciplina; las directoras y directores que corregían el largor de las polleras, evitaban el uso de pendientes en los varones y prohibían cualquier tipo de expresión diferente a la que “debía ser”. Todas esas ideas autoritarias se consolidaron en espacios que el coloradismo llenó.

Aquí una aclaración: llamaré coloradismo al estronismo o viceversa porque considero que eso que Nicanor Duarte Frutos llama coloradismo pre-estronista es un mito muy parecido al del Pombero: dicen que lo han visto e incluso le adjudican la paternidad de varios pero nadie puede comprobar que exista.

Al asumir que el coloradismo se hizo hegemónico con Stroessner, que sus postulados penetraron en una sociedad mayoritariamente rural, podemos entender por qué sus mitos se siguieron repitiendo durante buena parte de lo que llaman “transición a la democracia”. No es mi intención obviar los horrendos crímenes de la dictadura militar. Para nada. Más bien busco reflexionar sobre los absurdos argumentos que tratan de convencernos de que el Paraguay no solo alcanzó la modernidad y el progreso durante la dictadura, sino que fue más ordenado y con grandes valores humanos.

Relata Andrew Nixon, en su libro “El régimen de Stroessner”, que a finales de 1960 el régimen había adquirido el control total sobre el Partido Colorado: “ahora purgado de sus disidentes antimilitares, se convirtió en un instrumento político que   juró   lealtad   incondicional   a   Stroessner   y   a   las   Fuerzas Armadas,  a   la vez que  movilizó un apoyo  de masas  al gobierno a través de  una extendida  red nacional de  sucursales del partido, conocidas como seccionales”

Las seccionales jugaron un papel central en la construcción de los mitos estronistas: allí se normalizaron los valores autoritarios que hoy siguen transversalizados en nuestra sociedad, afuera y adentro del coloradismo, e incluso llegan a organizaciones políticas y sociales progresistas o de izquierda.

Durante la dictadura militar, los principales medios de comunicación: privados o no, compartían la visión colorada del mundo. Abc Color ofreció un agradecimiento especial en sus páginas al general Alfredo Stroessner, por haber dado realce a la inauguración del diario. El número cero, anterior a la famosa tapa del Lapacho, tuvo en portada a los dictadores militares Onganía y Stroessner; fue un suplemento dedicado a la hermandad argentino-paraguaya.

Los textos de Abc Color coincidían plenamente con la política interna y externa “anticomunista” de Guerra Fría. Luego de la caída del dictador e incluso posterior a su muerte, el medio siguió manteniendo una línea absolutamente leal a los postulados estadounidenses anteriores a la caída del muro de Berlín. Los demás medios impresos han sido continuación, moderada o radical, del periódico que en las redacciones seguíamos llamando hasta hace unos años: “La Biblia”. A partir del libro sagrado se fueron construyendo buena parte de la visión política de los demás medios en sus múltiples plataformas.

Vale decir que la Iglesia tuvo sucesivos enfrentamientos con el régimen militar y es, de las tres instituciones que construyen hegemonía (Escuela, Iglesia y Medios), la que más problemas le generó a la dictadura, si bien mantuvo su perfil conservador con fuertes contradicciones internas, propias de una Iglesia latinoamericana de base, marcada por la Teología de la Liberación, que desarrolló proyectos a los que Stroessner calificó como “comunistas”, como es el caso de las Ligas Agrarias Cristianas.

El coloradismo fue paradigmático y fatal para la construcción de ciudadanía. Su peor legado ha sido la normalización de la exclusión. Su vigencia cultural, expresada de manera más grotesca en la presidencia de Mario Abdo Benítez, debe conducirnos a asumir la derrota histórica de los sectores democráticos. He allí que el trabajo para una transformación radical de la sociedad va mucho más allá de vencer a una fuerza electoral conservadora. La principal tarea radica en deconstruir el sentido común colorado y construir una hegemonía democrática.

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