¿A quiénes habla Jair Bolsonaro?

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Detrás del “monstruo” hay millones y millones de brasileños: mujeres y hombres, negros y blancos, pobres y ricos, heterosexuales y homosexuales que lo votarán  en los comicios de éste domingo ¿Porqué?

Por Arístides Ortiz Duarte

49.000.000 de electores brasileños y brasileñas votaron por el candidato presidencial Jair Bolsonaro en las elecciones de primera vuelta el pasado 7 de octubre. Lo que representó  el 46% del total de electores que ese día sufragaron.  El candidato del Partido Social Liberal superó por 18 millones de votos al candidato del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad.  Bolsonaro estuvo a escasos  4 puntos  de liquidar en primera vuelta su acceso a la presidencia del Brasil.

Hace 27 años que Bolsonaro hace política como diputado en el Congreso del Brasil. Es probablemente uno de los políticos más transparentes en su discurso público: ha expresado, con diferentes giros y palabras, que odia a las mujeres, a los negros, a los homosexuales y que añora la exdictadura militar brasileña. Todos los medios de comunicación tradicionales y digitales del Brasil han publicado lo que dijo y sigue diciendo. Todas las redes sociales en internet lo han compartido. Aquellas 49 millones de personas que lo votaron, escucharon y  leyeron  su misoginia, su homofobia, su racismo y su desprecio a la democracia.  Sus electores no fingen demencia. Al contrario: justifican y defienden públicamente sus votos  por el ultraderechista.

Es más importante estudiar al ser humano común y corriente que a las personalidades sobresalientes, pensaba  el filósofo español  José Ortega y Gasset. Un abordaje de interpretación que, para el caso del proceso electoral  del Brasil -que culmina éste domingo-, es oportuno. Un entendimiento opuesto a la frase La historia la hacen los grandes hombres, de Federico  Nietzsche.

La democracia moderna, liberal, capitalista y sus elecciones conceden poder a cada uno de los electores. Éste a su vez transfiere su poder por medio del voto al candidato electoral de su predilección.  La fuente de legitimidad  son los otros. Un juego de legitimidad que se ubica en el amplio patio de la cultura política de las sociedades. El espacio grande de las relaciones de poder  donde hay un complejo juego de identificación, proyección y transferencia de poder para aquel en quien crean el hombre y la mujer medios, comunes, mayoritarios; ese que -creen- resolverá sus problemas concretos y expresará sus creencias, deseos y sentimientos. La historia política la hacen mucho más el hombre y la mujer comunes y menos las élites.

Después de 27 años de predicar en un aparente desierto, el  “monstruo” conectó con las masas brasileñas. De político payaso, marginal y charlatán se convirtió, hace un año, a uno popular y agraciado por las preferencias de los votantes para los comicios de ahora; los que quizás le den éste domingo la presidencia del país más grande América Latina.

Pero, ¿Porque votaron y volverán a votar éste domingo a Bolsonaro?

Ensayo 3 razones de fondo:

La densa realidad brasileña. La inequidad en la distribución de la riqueza es extrema en Brasil. Los seis brasileños más ricos poseen la misma fortuna que 100 millones de brasileños pobres. Y estos últimos casi siempre son de piel oscura, descendientes de los esclavos que fueron llevados a ese país por la fuerza desde África hace 350 años.  Hay 13 millones de desempleados, 34 millones de empleados informales y 27 millones de personas no tienen ningún tipo de trabajo. En el 2016 en el Brasil se registró 62.000 asesinatos, siete asesinatos por hora.  En los últimos 12 años la clase política –el sistema de partidos políticos de izquierdas como de centros y derechas- esquilmó el dinero público del Estado con estafas, desvíos y malversaciones en miles de millones  de dólares que fueron  difundidos hasta el hartazgo por los medios. El sistema de partidos políticos defraudó y despreció hondamente a la población brasileña.

El pragmatismo de la gente. Cierta literatura romántica y populista  -de derecha e izquierda- ha hecho creer a muchos que “el pueblo”, “las masas” o “las mayorías” son buenos, víctimas e infalibles a un mismo tiempo. Este pre-juicio está lejos de la realidad humana: el ser humano dará poder a quien crea que le resolverá sus problemas, y lo mantendrá en el ejercicio de ese poder si en los hechos lo resuelve. Poco le importará que se tilde a su preferido de “izquierdista”, “ultraderechista” o “neofascista”.  Por esto ganó Andrés Manuel López Obrador en México, Donald Trump en Estados Unidos, Hugo Chávez en Venezuela, Adolfo Hitler en la Alemania de 1933 y probablemente Jair Bolsonaro en Brasil. Asi, el llamado “pueblo” es inmediatista, sabe perfectamente sus problemas  porque los vive y no tiene ninguna moral ideológica salvo aquella que cree le conviene porque puede resolver sus angustias, miedos y necesidades económicas.

Una población racista, homófoba, machista y discriminadora.  Como ocurre en casi todos los países latinoamericanos, la mayoría absoluta de la población brasileña está adscripta a las iglesias cristianas, católicas o protestantes; los índices de feminicidios anuales son los más altos de la región; hay un expreso racismo de las mayorías blancas hacia las personas de piel oscura y hay una fuerte discriminación y criminalización de los millones de pobres, a quienes se achacan las causas de la inseguridad en el país.

El discurso de Bolsonaro conectó con el contenido socio-cultural asentado en las tres cuestiones de fondo citadas de la sociedad brasileña. Sostuvo durante 27 años un discurso que hoy,  en una coyuntura política-electoral muy específica del Brasil, expresa el sentimiento, el miedo y la necesidad personal y social de casi 50 millones de brasileños pertenecientes a diferentes clases sociales.

Bolsonaro habló y habla directa y crudamente, sin eufemismos, a los corazones,  los bolsillos y los prejuicios raciales y de género de aquellos millones de brasileños que ven en él una solución al Brasil de hoy.

Se puede acusar, sin dudas,  al “monstruo” de manipular a las masas de electores brasileños diciéndoles lo que ellos quieren escuchar. Pero lo que debe comprenderse  es que sin el consentimiento, sin la desesperación, sin la complicidad y sin la transferencia de poder de la gente, de esos hombres y mujeres brasileños  comunes y corrientes, que sí los tiene, Bolsonaro sería un acomplejado homófobo, misógino y racista más en el Brasil.

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