Alfredo Moffatt: “Al sistema le importa un carajo el chico de la calle”

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El reconocido psicólogo comunitario argentino habló con E’a.

“Chicos en la calle es una crueldad que realmente hace pensar que este progreso tecnológico es una regresión histórica.” Foto: Magali Casartelli.

Alfredo Moffatt, afable, contundente, dice las cosas como son, sin tapices “tengo ventajas para decir las cosas porque soy insolvente, entonces nadie puede hacerme ningún juicio para sacarme plata y, además, por la edad soy inimputable”
El objetivo de su venida a Paraguay fue aportar en la especialización de educadores que trabajan el tema de niñez y el consumo de crack. En su momento presenció lo del Ycua Bolaños, contexto en el que ejecutó un trabajo para evitar situaciones de crisis en la primera navidad luego de la tragedia.
En el comedor del sencillo hotel en el que se hospedó durante su estadía en Paraguay, charló con E’a. La conversación se interrumpió un par de veces pues era casi imposible no distraerse ante un extraño que compartía su estridente plática telefónica  para con el resto de los presentes. Y la reacción de Moffatt, contagiante, era pasar de un corto pasmo ante un personaje inconsciente del lugar en que estaba (desubicado en una palabra) al humor. De tanto en tanto un paréntesis nos obligaba a girar la cabeza y la mirada hacia la zona del vociferador, un poco por curiosidad, estupefacción y otro poco para hacerle evidente el disgusto de no permitir concentrarnos en nuestro propio tema. “Para qué necesita el teléfono este hombre, si ni lo escucha al otro. Es increíble, debe ser medio sordo”, dijo Alfredo en un tono que nos hizo reír. Lo gracioso, y que una vez más motivó a una nueva interrupción que queda guardada en la memoria y en la grabadora como anécdota, es que en la mitad de la entrevista, que duró 40 minutos, el gritón, que había cesado de gritar, nos convidó a cada uno con un vaso de jugo. Obviamente la intención era redimirse de su anterior descortesía denunciada por nuestras fulminantes miradas. Le agradecimos y, cuando se retiró casi con ademanes de reverencia, bromeamos acerca del gesto, que tal vez podía no ser una muestra de arrepentimiento sino todo lo contrario, de despecho y que quién sabe qué había mezclado en el líquido. Nos reímos y bebimos, hasta hoy seguimos vivos.
P: Hablanos un poco del concepto de desaparecidos sociales
R: En Argentina se atiende mucho a los desaparecidos políticos que son 30.000. Resulta que en 30 años desaparecieron 300.000 por el hambre, por las enfermedades, por la desnutrición, entonces yo digo que también son desaparecidos y que además puede evitarse que desaparezcan. Se trabajó mucho con los desaparecidos (políticos) y nos pareció muy bien, pero el tema está en los que siguen desapareciendo, que son niños muchas veces, no son militantes…entonces, en ese sentido yo me dediqué mucho a poder entender la psicología, la antropología del niños de la calle que es distinta a nosotros, es un sujeto que está en la sobrevivencia minuto a minuto, no puede ensoñar ni esperanzar. Si está en la calle no se tiene historia, la historia es ese instante, sobrevivir a su instante. Entonces, es toda una problemática de la subjetividad, que está muy reducida porque siempre está atento a afuera y eso le da un déficit de identidad al chico y el asunto es que se puede resolver dándole  un lugar, un especio en el que permanezca, porque él está en ningún espacio y en ningún tiempo. Entonces vamos a decir que casi no existe como sujeto histórico.

P: ¿Esto se entiende desde la mirada de la sociedad que no le reconoce como tal?
R: No, es él. Ellos dicen: nosotros nos aguantamos el hambre, el frío, lo que no aguantamos es que nos miren como basura. Fijate vos, el ninguneo. Verlos como si fueran una planta, un árbol, una piedra. Además, ellos están en ningún lado porque cada noche tienen que cambiar de lugar porque los persiguen o por algún delito terrible como que robaron 4 caramelos – ríe y agrega “Ahora, si robás 1 millón de caramelos vas de ministro – Es estar afuera siempre, está encerrado afuera, lo contrario del preso que está encerrado adentro. Entonces eso hace que no tenga proyecto de vida, todo en su vida es sobrevivir ese instante.
Lo que quiero aclarar es que se puede rehabilitar. Con Bancapibes (hogar para chicos de la calle en Argentina) conseguimos una casa vieja, hicimos que ellos hagan una especie de camita con madera, muy poquito a poquito cada uno fue  aceptando, adquiriendo el uso de una cama. Porque si vos le das una cama, no sabe qué es.

“Son también violentos, pero esa violencia es la devolución de la violencia que ellos también sufrieron”. Foto: Magali Casartelli.

P: Usted también habla de la cama como símbolo de la historia personal que se construye
R: La cama le permite la ensoñación nocturna. Qué hice ese día y qué haré al día siguiente, teje la historia en ese lugar privado que es su dormitorio, donde puede dejar de estar atento a la realidad. El chico de la calle nunca puede dejar de estar atento a la realidad, duerme con ojo abierto y otro cerrado. Entonces no puede ensoñar, memorar, ni esperanzar… no puede construir su historia. Es todo un trabajo de etapas, porque primero si hace una camita después ¿dónde se acuesta? Debajo de la cama, porque está acostumbrado a ocultarse. Recién después de muchos meses se acuesta en la cama. Porque está acostumbrado a la sobrevivencia en una selva de cemento terrible que le es hostil.
P: ¿Cómo es la terapia que usted platea?
R: Se trabaja en grupo. Ellos ya en la calle existen en grupo, en Argentina se llaman las “ranchaditas”, ranchada es como una especie de bandita, viene del lenguaje carcelario. “ranchan” junto, comen juntos, es como una familia ortopédica, con eso sobreviven, sino sería para volverse loco. Una vez le pregunté a un chico que se llamaba “Huesito”, Huesito ¿por qué te das con la cola de zapatero?, y me dijo: qué querés, que me vuelva loco…yo duermo donde vos pisás, donde vos caminás. Me mató. Entonces quiere decir que se puede rehabilitar en grupo, como comunidad terapéutica dentro de un hogar que después lo ideal es que opere como una cooperativa de algún trabajo. El trabajo es lo que organiza la vida: la familia y el trabajo
P: ¿Cómo se opera mientras inicia el proceso, es decir, durante el lapso en que ellos trabajan la terapia grupal pero siguen insertos en esa realidad hostil que es la calle?
R:
Nosotros los sacamos de estar cerca de la muerte, aunque a veces no les interesa morir pues al no tener proyecto es como si estuvieran muertos, ¿no? El tema es ese, que no tienen otra posibilidad más que la droga, porque les saca del horror de estar en el vacío existencial, entonces no les interesa morir.
No hablamos de cura porque hay otra cura más grande pero mientras tanto por lo menos les aliviamos. Algunos de pronto enganchan algún trabajo, se hacen cartoneros especializados… De Bancapibes una tercera parte se salvó, otra siguió mejor en la calle y otra parte la perdimos.
P: ¿Se podría decir que ellos recuperan la dignidad?
R: No, qué dignidad – me contradice completamente y me vuelve a sacar del letargo burgués que por momentos se apodera de mi voluntad -, la identidad porque la dignidad es esa una palabra casi burguesa. Lo que quiere es tener un proyecto en que la vida le sea una historia, no una sorpresa de cada día. Como nosotros que tenemos una historia, tenemos un vínculo, formamos una familia y tenemos un trabajo; eso sí, la dignidad del pobre es el trabajo y su familia.
Recuperar la identidad es lo primero porque es tan primario el daño que tienen, tan tremendo. Al chico de la calle no lo encontrás porque no sabés qué edad tiene; tiene 12 años pero la experiencia de muerte, de sexualidad, de violencia que nosotros recién tenemos a los 30 o 40 años. Y de pronto vuelve a los 3 años porque regresó a las necesidades más básicas. No tiene edad, no está en ningún lado y en ningún tiempo.
Es un psiquismo muy especial que yo llamo conciencia acrónica, sin temporalidad. Y si uno toma ese concepto que viene de la psicología existencial, entonces puede operar. Sería un disparate tratarlos con psicoanálisis pues este tiende a preguntar la relación de la madre con el hijo, su infancia… -Se ríe y enfatizá “qué infancia si a los 3 años ya tuvo que ser adulto”-. Tiene una ser una terapia de crisis y comunitaria, nunca se puede salvar a un chico de la calle sólo, si vos lo tratás solo, lo estás perjudicando porque lo sacás del grupito al que pertenece. Allá en Buenos Aires, las más importantes son Retiro, Plaza 11 y Constitución, son las 3 estaciones de trenes. Allá en Brasil son las Rodoviarias, acá las Terminales.

P: La cuestión es priorizar los procesos comunitarios, pero no podemos obviar que hay historias particulares que se dieron en algún seno íntimo y que se tienen que trabajar
R:
Correcto, pero la historia si no tiene un contexto vincular  y de  espacio-tiempo es la psicosis. ¿Sabés lo que es la psicosis? Cuando el psiquiatra te diagnostica y dice: desorientado en tiempo y espacio. Porque nosotros estamos aquí en este hotel y estamos haciendo esto ahora, hay un sentido. Y el único sentido que ellos tienen a veces es sobrevivir con algunas pequeñas trasgresiones, pequeños robos que son de sobrevivencia…robar un pedazo de pizza no es un delito.

P: Asumiendo que lo comunitario es el ingrediente fundamental, cómo hacer para no perder de vista la historia personal
R:
La historia personal hay que reconstruirla, la de ellos está hecha con jirones. Nosotros en nuestras vidas tenemos una historia en la que hay agujeros, partes vacías, partes confusas. En ellos es casi todo agujero, ya sea porque a la mamá la conoció dos años, al papá no lo conoció nunca, tuvo que cambiar 10 veces de lugar de vida. Un nenito burgués nuestro si se le cambia de pieza ya se angustia. Y el chico de la calle… (Se detiene y piensa la mejor manera de hacerme entender) imaginémonos nosotros a los 8 o 9 años estando en la calle, encerrados en un afuera, sin poder de ningún adentro y ahí sobrevivir sin los padres y sin ninguna mirada que les dé identidad…pero, finalmente, se puede, se puede, se puede volver, especialmente si lo agarrás antes del desarrollo sexual, porque después de eso ya la identidad se va organizando y muchas veces en base a violencia porque es la forma de sobrevivencia, ya que no le dan, lo toman.

P: Términos: chico en la calle, chico de la calle. Uno tiene hogar al que acude en la noche pero se pasa la mayor parte fuera. El otro vive en la calle.
R:
Son cosas muy diferencias, el chico en la calle no tiene de deterioro porque esa referencia nocturna le construye vínculos, temporalidad, etc. Yo trabajo con el chico de la calle, el que está encerrado afuera. El que hace sus trabajos durante el día y de noche puede meterse para adentro, puede hablar, de lo que le pasó. En cambio el que está en la calle está siempre en la sobrevivencia de ese instante, un animalito que está atento al ataque.
Al sistema le importa un carajo el chico de la calle, le importa cuando ese se vuelve violento y devuelve la violencia que sufrió. Los chicos estos en Argentina, “chicos chorros”, son muy violentos, entonces yo digo: estos chicos son honestos porque no se quieren quedar con la violencia que les dieron. “Esta violencia no es mía, se la devuelvo, señor burgués, porque soy honesto” -y lanza una carcajada para aplacar la acidez de la verdad que dice -.
Es interesante lo del chico trabajador, porque si hay trabajo, hay vida y salud. Freud mismo, cuando le preguntaron qué era la salud, dijo: “Amar y trabajar”. Estos chicos tienen una forma de trabajo, y ya está, aunque estén en la calle, pero tienen un proyecto de trabajo, y después pueden tener una pareja y luego una familia. La desocupación es la madre de todas las patologías. En Argentina es terrible, ha hecho un proceso de regresión cultural, un lugar de mucha violencia, mucha locura, la inseguridad en las calles es terrible, entonces lo que pide la clase media es represión.

“Nosotros los salvamos de la muerte, pero no podemos llevarlos a la vida totalmente, porque para eso hace falta otra terapia que es de mucha gente y que se llama revolución”. Foto: Miguel Armoa.

Moffatt
Hablar con Alfredo es despertar de un modo quizá un tanto doloroso. Cambiar paradigmas es la consigna pues, meterse a intervenir sin tomar conciencia de que es un entorno que se conformó con códigos culturales diferentes a los nuestros, no es viable. Como cuando, con semblante consternado le pregunté sobre el abuso sexual que sufren los niños de la calle y cómo sanar esa herida que se abre una y otra vez. Él le quita todo dramatismo y dice: “No es tan terrible porque dentro de la cultura el abuso sexual es algo corriente. Todos fueron abusados, en clase media un chico abusado puede sentirse devastado. Tiene otro sentido, como el hambre, por ejemplo, un chico nuestro (de clase media) llega a tener hambre o llegan a abusar de él y es un desastre, es una cultura distinta, es otro mundo. Y lo que hace el sistema es que manda trabajadoras sociales con consignas y con la mentalidad de clase media. Normas de higiene, por ejemplo, y el otro lo que quiere es comer antes que bañarse. Hay que lavarse los dientes, y resulta que no tiene dientes”.
Tajante y con humor, como cuando cuestiona a aquellos militantes sociales que tienen mucho que aprender del trabajo y la disciplina “vamos a hacer la revolución mañana por la mañana, pero no sonó el despertador;, bueno, entonces la hacemos pasado mañan
a”.


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