El rol de Portugal en la crisis europea

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Por Nelson Denis

A pesar de jugar un papel menos destacado en cuanto al desarrollo y consolidación en la historia de la integración regional en Europa, desde un punto de vista tanto político como económico, Portugal es hoy por hoy un caso muy citado en la mayoría de los países que forman parte del bloque de la Unión Europea (UE), llegando el fenómeno incluso a traspasar fronteras continentales.

Esto se debe al debate que genera en torno a la manera que encontró el país de salir de la crisis financiera global de las hipotecas sub-prime del 2008, que dejó en jaque y afectó profundamente el desempeño económico de la mayoría de estos países, muchos aún sin poder recuperarse del todo. La discusión que suscita de fondo genera polémicas a lo ancho de todo el espectro político debido a que toca consensos establecidos en las principales instituciones políticas europeas, que fueron muy criticadas precisamente a razón de la manera en que manejaron la crisis del 2008, teniendo en cuenta el peso que significan para la mayoría de las decisiones de los países miembro dentro de un marco de integración, pasando por cuestiones de política monetaria pero principalmente en materia fiscal.

Portugal fue sin lugar a dudas una de las economías que más se ha visto afectada a raíz de la mentada crisis, lo que llevó a que nuevamente, como en los años previos a su entrada a la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986, tuviera que pedir ayuda a organismos supranacionales de financiamiento como el Fondo Monetario Internacional (FMI) para intentar superar el mal momento.

El rescate financiero fue uno de los más grandes de todo la Zona Euro, solo superado por Grecia, que llegó a pedir financiamiento hasta más de una vez.

El mismo se basó en un préstamo en conjunto concedido por la propia UE y el FMI en 2011 durante el gobierno socialista de José Sócrates, por el monto de 78 mil millones de euros, lo que elevó la deuda pública del país en un porcentaje situado por arriba del 120% en relación a su Producto Interno Bruto (PIB) al día de la fecha.

Esta es una de las variables más delicadas que presenta su economía, haciéndola tremendamente vulnerable a los vientos que puedan soplar del exterior, como posibles subas de tasas de interés de los países centrales o recesiones de aquellas economías más fuertes del bloque.

Además, aquel acuerdo con las instituciones del FMI y la UE implicó, como en el pasado, la imposición de severas condicionalidades para el país en aras de buscar una salida a la crisis, en donde la UE pasó a ocupar un lugar incluso más restrictivo que el propio FMI, al igual que el por entonces primer ministro conservador de Portugal Pedro Passos Coehlo, perteneciente al Partido Social Demócrata de Portugal (PSD), quien dejaría el poder en 2015.

Las condicionalidades iban desde brutales recortes al sector público, hasta la privatización de su sistema de telecomunicaciones. Esto se tradujo, entre otras cosas, en un aumento fenomenal del desempleo, elevando la tasa de desocupados en hasta casi el 20% en todo el país, y en un incremento excepcional del flujo migratorio, que retornó a sus niveles de la década de 1960.

En 2006, el PIB per cápita de Portugal expresado en estándares de poder adquisitivo (EPA) se situó en el 83 % de la media de la UE, número que por entonces ya era inferior no solo al que pudieran tener países menos desarrollados a nivel comunitario como por ejemplo Grecia, sino también al de los nuevos Estados miembros, que en aquella época eran Chipre y Eslovenia. La crisis fue de tal grado en Portugal, que a pesar de la recuperación económica, en 2017 el PIB per cápita expresado en EPA se situó en el 77 % de la media de la UE y fue el noveno más bajo de toda la Zona Euro. Esto quiere decir que la economía portuguesa nunca pudo recuperar su tamaño previo a la crisis.

En estos momentos, sin embargo, la economía de Portugal es una de las que mayor dinamismo presenta en comparación al resto de países miembro de la UE. Al asumir el nuevo gobierno del Partido Socialista (PS) con António Costa a la cabeza como primer ministro en noviembre de 2015, con base en acuerdos programáticos en conjunto de la coalición del Partido Comunista (y Los Verdes) y el Bloque de Izquierda ─los dos de orientación más radical comparando la vocación centrista que intenta mostrar desde hace varias décadas el PS de Costa y el ex primer ministro Sócrates−, una de sus promesas principales consistían en una salida a la austeridad impuesta por la “Troika” (Banco Central Europeo, FMI y la Comisión Europea), en un intento de diferenciación con respecto de su antecesor socialdemócrata, y en un contexto de reducción demográfica y hastío social importantes dados los efectos de un periodo marcado esencialmente por dicha austeridad.

Precisamente, uno de los puntos centrales del debate en cuestión consiste en la supuesta relación causal existente entre el crecimiento económico reflejado al día de la fecha, con la crisis ya prácticamente finiquitada, y las políticas de ajuste. De un lado sostienen que Portugal solo pudo crecer gracias a que hizo el ajuste pertinente, mientras que del otro lado los planteamientos sugieren que si Portugal pudo salir de la crisis, y crecer así eventualmente, ello fue fundamentalmente a causa de que dejó de aplicar las medidas de ajuste. En 2009 el resultado fiscal de su economía arrojaba tasas negativas del −9,6% en relación a su PIB, tres puntos porcentuales por arriba de la media del total de países miembro, mientras que en 2017 dicha tasa se redujo al −3%, hoy con números que muchos vaticinan podría llegar al déficit cero.

Sea de una manera u otra, está claro que el caso portugués sigue alentando las divergencias en cuanto a este punto en particular. En este sentido, es preciso señalar que dicha reducción del déficit público se debió principalmente al crecimiento económico experimentado tras la finalización de la crisis, a causa del incremento en ingresos tributarios, y que no todos los casos de países de la Europa poscrisis en donde se aplicaron políticas de ajuste brutal, derivaron en un crecimiento y bienestar social similares siquiera a los que experimenta hoy Portugal, que puedan de esta manera favorecer a las masas desencantadas con un régimen democrático liberal cada vez más deslegitimado.

En un escenario de resurgimiento de los nacionalismos que auspician una pérdida notable de consenso en cuanto a los logros conseguidos gracias a la integración, con el caso británico del Brexit como ejemplo por antonomasia, la vía portuguesa viene a significar una posibilidad y un modelo que necesariamente debe seguir discutiéndose, que permita plantear nuevos enfoques y modificaciones estructurales al interior del bloque europeo, donde todavía siguen pendientes cuestiones tales como una política fiscal y social común, así como una respuesta urgente a la crisis migratoria y los desafíos planteados por la revolución tecnológica y el cambio climático.

Las elecciones de este domingo

Este domingo 6 de octubre se celebran elecciones parlamentarias en el país. Los pronósticos parecen ser favorables a un nuevo gobierno en solitario del PS con apoyo de los dos partidos antes mencionados, a diferencia del otro partido de mayor escala en el sistema político luso, el PSD, hoy liderado por el ex alcalde de la ciudad de Oporto, Rui Rio, quien se lanzó a la campaña en disputa por el poder. Además, desde un punto de vista económico, la gestión de António Costa presenta buenos números de los cuales podemos inferir que la sociedad elegirá nuevamente un camino a contramano de las recetas de ajuste neoliberal que las instituciones europeas impusieron como mantra sádico al resto de sus miembros comunitarios tras la crisis del 2008, y cuyo poder real se manifiesta en la ingeniería política que intentan sostener hoy la Alemania de una Angela Merkel debilitada y la Francia de un Emmanuel Macron profundamente deslegitimado tras el estallido de los “chalecos amarillos” a finales del año pasado y principios del corriente año.

Desde un punto de vista político, el sistema parlamentario de la mayoría de los países europeos exige consensos más amplios y consolidados para gobernar que los se requieren en los presidencialismos latinoamericanos. A contramano de lo que vienen a suponer los problemas que presentan las conformaciones de gobierno en Italia y España, en donde el primero se encuentra en una inestabilidad constante que apeligra la gobernabilidad y el otro no logra aún conformar un gobierno a pesar de haberse celebrado elecciones hace varios meses, el desafío portugués será intentar mantener el gobierno programático acordado con las otras izquierdas de orientación radical. Sin embargo, a la vez, se deberá avanzar en reformas más estructurales e importantes para una nueva etapa en donde la crisis ya fue superada, pero el bienestar de la sociedad sigue siendo precario.

Este es un punto importante, ya que el PS de Costa ha mostrado bastante tibieza en avanzar en dichas reformas, y es sin duda uno de los ejes de debate centrales al interior de la conformación de gobierno con las otras izquierdas más radicales. El objetivo del PS es buscar mayor cantidad de votos en estas elecciones que terminen con su dependencia de los partidos que han dado su apoyo parlamentario. Si esto ocurre efectivamente, la futura gobernabilidad de la fórmula en solitario conocida como la gerigonça, donde los otros partidos que la conforman tan solo prestan apoyo parlamentario pero tienen la libertad para oponerse a ciertas cuestiones específicas, corre riesgo de ser dinamitada. Por el contrario, de los resultados de las elecciones dependerá si las izquierdas más radicales buscarán exigirle al PS un gobierno en coalición, donde sus cuadros logren formar parte del gabinete ministerial y de las decisiones más importantes de gobierno.

En cuanto a nivel comunitario refiere, el verdadero desafío que supone el caso de Portugal, sino el más importante, seguirá siendo precisamente el de poner en cuestión el modelo de austeridad neoliberal impuesto tras la crisis del 2008 que claramente no fue beneficioso en la mayoría de los países, principalmente para los del Sur de Europa, y que trajo a su vez el nuevo auge experimentado por los populismos de ultraderecha. Para ello, las izquierdas portuguesas deberán plantearse liderar un proceso serio de construcción democrática que funja de contrapeso al euroescepticismo que viene a suponer dicho resurgimiento de la extrema derecha nacionalista y xenófoba que apeligra la consolidación de la integración política y económica en el continente europeo.

A diferencia del ocaso que muestran la mayoría de los partidos y líderes de la nueva izquierda europea, como son Unidas Podemos (UP) de Pablo Iglesias en España y el nuevo liderazgo de Jeremy Corbyn al interior del laborismo británico, el acuerdo que representa el de las izquierdas portuguesas parece ser el faro para un posible camino que ponga fin de una vez por todas al modelo de austeridad que tanto daño hizo a Europa durante los últimos años y que hoy necesita ser seriamente revertido como condición necesaria para ponerle fin también al avance de la ultraderecha. El de romper los dogmas neoliberales y conservadores es probablemente el rol más importante que deba plantearse un nuevo futuro gobierno de izquierdas en Portugal, en una Europa donde hace más de una década solo venimos escuchando y repitiendo una palabra que la pueda definir tan lacónicamente: “crisis”.

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