Una vida pasada por agua (1)

Por Julio Benegas. 

Como a todos, a Raquel no le fue fácil desandar su casita, dejar el patio de la tía que le había dado un lugar para su rancho. 25 días atrás, ese mismo rancho, de terciada y chapas eternit, lo reconfiguró en un día, con la ayuda de su hermano, en 25 y Estados Unidos. Era un yuyal. Así que antes le metieron machetes y azadas a la tierra. En ese predio, de no más de 30 metros por 15, diez familias sobreviven “a la gracia de Dios”, al decir de Jéssica.

-Mirá, mirá cómo está esa criatura-, suelta Raquel, indignada porque sus vecinos, en la otra pieza, “duermen en el suelo”. En realidad duermen sobre una parrilla de cama. El agua y el viento se filtran por las aberturas que hasta ahora no pueden cerrar. Es que los vecinos, madre y padre, están sin trabajo. Comen en una Iglesia y los fin de semana otros familiares “les hacen el aguante”.

En ese lugar, Raquel se unió más que antes a sus antiguos vecinos.  Mujer de andar haciendo, siente que sobre ella pesa la responsabilidad de gestionar ayudas.

En un momento de la entrevista, Raquel adquiere una gravedad poco habitual en ella. Foto: Rufo Diana

En un momento de la entrevista, Raquel adquiere una gravedad poco habitual en ella. Foto: Rufo Diana

-¿Si no nos ayudamos entre nosotros, quién lo hará?-, se pregunta, pensativa. Si acá no sos colorado o liberal, no hay ayuda posible, remata

-Mirá, mirá, cómo viven. Y esa criatura con asma, mi Dios-, refuerza, mostrándonos al chico de brazos de la vecina.

Es que ella sabe lo que es el padecimiento. A sus 14 años, con una criatura en la panza, se fugó de su casa de la madre, de allá, Concepción, “cansada de ir de un lugar a otro” como criada.

-De chiquita me pasaron cosas que no tenían que pasar. Silencio. La gravedad en su rostro es tan expresiva como su sonrisa. Agarró su ropa y con la ayuda de una amiga vino a vivir en la Chacarita.

Hace cinco años, la tía de una de sus hijas le ofreció el fondo de su casa para levantar el ranchito, en 36 proyectadas y Antequera. Consiguió chapas y terciadas. De un santiamén se hizo de cobija propia aunque “en terreno ajeno”.

-¿Qué es lo que más querés en este mundo, Raquel?

Una casa propia. Eso es lo que más deseo en este mundo.

Una gallina se cruza por el patio. Los cerdos de uno de los vecinos se predisponen a dormir. La noche amanece. La humedad cala los huesos. Cómo describir el rostro de Raquel cuando pronuncia esa frase: “Una casa propia. Eso lo es que más deseo en este mundo”. 

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