Dos salidas desesperadas del vientre de fuego y humo

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Juanjo Ivaldi Zaldívar

 

Liz Torres y Alfredo Vallovera se levantaron algo más tarde de lo acostumbrado. La noche del sábado 31 de julio habían festejado el Día de la Amistad. No lo hicieron el viernes 30, como correspondía, porque Liz llegó recién el sábado,  al mediodía, de Buenos a Aires.  La abuela preparó tortillas para Mauro y Renato, sus hijos.

Luego de levantarse, Alfredo y Liz se metieron en la cocina para preparar café con leche y tostadas. A través de los vitrales la luz del sol alumbraba la sala y buena parte de la cocina. Liz miró a Alfredo, lo vio más lindo.

“Qué churro que estás”, le dijo. Alfredo la vio de nuevo con esos ojos de la escuela y del colegio a su compañera, llegada recién de un viaje.

Liz abrió la ventana. Sintió el aire suave en el cuerpo, el intenso verde de las hojas del árbol frondoso.

“Mirá, Alf, el día está hermoso. Es un buen día para morir”.

Alfredo y Liz se casaron en el 1989. Venía Mauro, el primer hijo. Ella debía casarse para recibir su título de maestra y ejercer la profesión. Una maestra de grado no podía ser madre soltera. Así era durante la dictadura de Alfredo Stroessner. Justo en el 89 cayó este señor. Algunas cosas, como la señalada, cambiaron.

Se conocieron mucho antes,  en la escuela. Hijo de maestra, Alfredo era alumno aplicado y “sobresaliente”. No fueron compañeros de grado, pero luego lo serían en casi todas las actividades comunitarias, lideradas entonces por Pai Velazco. Durante la gran inundación de 1983, a manos partidas, disputaron con los afectados refugios, chapas, tablas, comida. Toda Tablada, Trinidad, había quedado bajo agua.

_B1C5359Antes de magisterio, con especialidad en niños con capacidades diferentes, Liz Torres había probado Odontología. Pensó que al ubicarse en el puesto 29 estaba adentro. Pero no, debía tener contactos militares o políticos que la respaldaran. No los tenía.

Fue, sin embargo, un principio de incendio el que los unió con mayor intensidad a la organización comunitaria. El de Gas Corona, en 1986. La posibilidad de que esa fábrica explotara en medio de uno de los barrios más populosos de Asunción alarmó al vecindario. Con fotos de la Virgencita, el rosario en el cuello y en las manos de las mujeres mayores, los vecinos mantuvieron una movilización de cuatro años. Jesús Manuel Pallarés, entonces presidente de la Asociación Paraguaya de Fútbol,  mudó su local. El abogado de este señor era Oscar Tuma, padre.

Para Liz era un domingo de reencuentro con la familia. Mejor Asunción no la podía haber recibido, una Asunción otoñal en pleno invierno. Los tajy  florecían, los crotos mudaban de hojas, las bandadas de Ypehu cortejaban la bahía  y se posaban en los camalotes de Chacoi, meciéndose, a ratos, en las aguas mansas del Río Paraguay. Eso ocurría afuera, adentro, en la casa, el haz de luz solar amortiguaba el fresco de la mañana, preludio de un mediodía tibio, bueno para un terere no tan helado, el vino a temperatura ambiente y los dulces.

En otros domingos, la compra de súper la hacían más temprano, cerca de las 9.30. Ese día irían una hora después. El acuerdo de qué comer no llevó mucha discusión. Luego del asado de la noche, era día de pastas.

En el portón, rumbo a tomar el escarabajo, el vecino y amigo Miguel Ruiz les dijo: “vengan muchachos”. Les regresó los platos de la fiesta nocturna. Un retraso menor, sin importancia. Luego subieron al escarabajo. Alfredo decidió llenar el tanque de combustible en la Shell. Otro retraso, menor, sin aparente importancia. En los días de reencuentro esperado las horas parecen una remota referencia.

Luego de llenar el tanque del escarabajo, tomaron Santísima Trinidad. Ingresaron en el Ycua Bolaños. En los últimos meses este supermercado se había convertido en un lugar común para las compras de los trinidenses, tenía productos con precios para todas las clases. Incluso algunas despensitas de los barrios bajos se surtían de la enorme panadería del súper.

Al ingresar en el estacionamiento buscaron lugar. Había uno al lado de una imponente camioneta. “Aquí no”, dijo Liz.

-Por qué

-No ves que es el auto del gordo.

Se refería a Víctor Paiva, el dueño del supermercado.

Dejaron el auto en otro lugar, subieron al supermercado por la rambla del estacionamiento. Cuando tomaron el carrito vieron a Angélica y Carolina Roa, vecinas, amigas, compañeras. Se saludaron. Carolina invitó a Liz a sumarse al torneo de hámbol en el tinglado de la parroquia. “Tenés que ir a jugar, Liz”, le repitió en la despedida.

Fueron a lácteos, al lado de las carnes, la panadería y, en el fondo, el patio de comidas. Compraron leche. Por suerte ese día no comprarían carne. La carnicería estaba repleta. Al lado, los vendedores de pollo exhibían y ofertaban, a viva voz, sus mercaderías.

“Por suerte”, se dijeron, tampoco necesitaban verduras. Los puestos de las zanahorias, las lechugas, el tomate y la papa estaban abarrotados.

Al cruzar las góndolas, se encontraron con Miguel Prado, amigo de la parroquia. Se cruzaron palabras de trámite. Un poco más allá con toda la familia López, Gustavo, Angélica, su hija Mara. Saludos y diálogos de paso. Días después, Alfredo y Liz se percatarían de que muchas familias de la cuadra de su casa, en Molas López, habían hecho lo mismo que ellos. Ir de compras al Ycua Bolaños.

Al llegar a fiambrería, escucharon un ruido muy fuerte. Liz se había retrasado unos metros. Creyó que se caían las góndolas repletas de latas. Toda la gente quedó paralizada.

Fue entonces que vieron, de lado a lado, extremo a extremo, esa bola de fuego, roja en sus inicios, cayendo del techo. Fue entonces que quedaron a oscuras, que todos corrieron hacia la puerta, cerrada, bloqueada.

Liz corrió, corrió, corrió hasta las escaleras. Allí chocó contra una pared humana, quedó atrapada, en el suelo, debajo de otros cuerpos, en tanto que esa llamarada abrazaba todos los cuerpos encima. Ahí, debajo de otros cuerpos, escuchaba “Mamá”, “socorro”, gemidos, alaridos. “Acá nos morimos todos”, pensó. Imaginó a sus hijos al otro lado de ese vidrio macizo. Sintió una pena profunda por ellos. “Quién los va a cuidar”, pensó.

Liz Torres -izquierda-embadurnada de humo negro, y Alfredo -en estado inconsciente- en la patrullera policial luego de ser rescatados.

Liz Torres -izquierda- embadurnada de humo y aceite negros, y Alfredo -en estado inconsciente- en la patrullera policial luego de ser rescatados.

Debajo de todos, se le deslizaba agua aceitosa por el cuerpo. Provenía de otros cuerpos que se calcinaban, con sus chaquetas de cuerina, sus calzados de goma, sus telas de poliester.

Luego empezaron las explosiones. Sacó un brazo, sacó el otro, se sentó. Alguien, en su agonía, le estiró la coleta. Vio los cuerpos carbonizados, la humareda gigante, vio a la gente gateando. Asfixiada, extenuada, empezó a cabecear. Sintió que se dormía. “Esto es un sueño”, se dijo. Sintió un relajo general del cuerpo en un mundo laxo de agua aceitosa que se le metía en los pies, el portasenos, en todo el cuerpo. “Todo el veneno me estaba durmiendo”. De entre los cuerpos, una mujer se levantó, extendiendo los brazos hacia ella. Pensó ella que la invitaba a levantarse. Se esforzó en sacar una pierna depositada debajo de otro cuerpo. Lo logró. Ahora iría por liberar la otra pierna. Lo logró.

Se levantó. Se tomaron las manos. Caminaron juntas unos pasos, por encima de otros cuerpos, hasta que una intensa luz se filtró por el boquete. Llegaron los bomberos, sorteando cuerpos sellados al suelo, con ácido, grasa y carbón. “Pepe oî mokói”, exclamó uno de ellos, refiriéndose a Liz y a la mujer que ella imaginó la invitó a levantarse del suelo. Cuando apuraron los pasos hacia esa luz gigantesca de sol que se metía por el boquete abierto por los bomberos, Liz Torres gritó: “Alfredo”. Este grito apagó su sentencia anterior: “tan joven me voy a morir”.  Y dejó en el recuerdo imborrable esa angustia: “Quién cuidará de mis hijos, quién”. “Es muy fuerte saber que llorarán por una, que padecerán un duelo muy grande y que una no estará con ellos”, sostiene Liz, ahora, en su casa, sobre Molas López, mirando a Alfredo con una ternura que espanta el desamor.

Sorpresas de la vida

Cuando escuchó el estallido, Alfredo intentó correr, al igual que Liz, pero trastabilló. Quedó un poco antes de llegar a la puerta de blindex, atrapado. Lo inundó, intempestiva, la bola de fuego que inició en las cocinas, se abrió paso entre el cielo raso y atravesó las chapas de cinc y plástico. Sin tiempo para pensar, para sumar, restar, sacó sus anteojos y se tiró abajo, en posición de perrito.

Así quedó los minutos que duró la pesadilla. Sintió, sin perder la conciencia, la quemadura en la cara, el brazo y la oreja.

“Mierda”, escupió entre esos cuerpos que se apretujaban, se desvanecían, desfallecían, carbonizaban. Allí, en esa posición perrito, aguantó todo: las quemaduras, los alaridos, el golpe de aire tóxico en los pulmones. En ese dolor y esa asfixia, una imagen en collage le cruzó la mente: sus hijos, Liz, su niñez en esa de Trinidad popular, de domingos de fútbol de Rubio Ñu y Trinidense. Todo era un adentro, adentro, porque la córnea de los ojos estaba ensombrecida por esa ráfaga de llamas y el espanto de humo.

En esa oscuridad total, se estiró la botamanga, se paró y avanzó dos pasos. Los cuerpos pegados en el suelo lo tiraron otra vez al suelo. Fue un desparramar en el suelo el cuerpo, sin freno ni amortiguación. Alfredo, en ese tiempo, tenía más de cien quilos. En ese momento, sintió una claridad intensa. Nadó sobre los cuerpos en dirección de la rambla y la escalera del supermercado. Escuchó los silbatos, sintió agua fresca, vio un bombero. En último esfuerzo se echó sobre él y quedó desvanecido.

Lo rescataron y lo tiraron en la patrullera de la Policía. El, desvanecido, no lo sabría. Lo subieron a la misma camioneta que Liz. Liz se percató después. El cuerpo estaba ennegrecido. También supo, en la camioneta, que aquella mujer con la que llegó hasta los bomberos no la invitaba a levantarse. Con los brazos extendidos se preguntaba: “mi bebé, mi bebé, donde está”.

En ese tiempo, Liz Torres trabajaba en organizar y contener a niños que trabajaban en la calle. Ella siente que vive la vida de otras vidas, de esos cuerpos que, encima de ella, protegieron su cuerpo.

Han pasado muchas cosas en estos doce años. Liz volcó toda su convicción y capacidad organizativa en las demandas de las víctimas y familiares. Muchas cosas pasaron ese domingo en la vida de la ciudad. Ella llegó a ser ministra de la Niñez durante el gobierno de Fernando Lugo. Muchas cosas pasaron en Asunción y en este país desde que el monasterio de la modernidad impuso su lengua de fuego, sus máquinas en el campo y el desahucio en las ciudades.

 

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