Una paz negociada

Sobre el arduo proceso de negociaciones entre enemigos políticos, marcado por amplias concesiones, para finalizar el régimen del apartheid en Sudáfrica en la década del noventa.

«No era una cuestión de moralidad», expresaría De Klerk (último presidente del régimen del apartheid) al periodista Allister Sparks en una entrevista, «sino de política práctica». En la imagen: Nelson Mandela y Frederik de Klerk luego de que ambos hayan sido galardonado con el premio Nobel de la paz. Foto: GERARD JULIEN/ AFP.

La partida de un personaje como Nelson Mandela, de un carisma electrizante pocas veces visto en el curso de la historia, nos genera una comprensible tendencia a magnificar su legado. Sin embargo, un análisis sobrio sobre el verdadero rol que cumplió Madiba en la liberación de su pueblo es necesario, para no fomentar quimeras y tomar el caso sudafricano por lo que es, como él mismo nos instaría a hacerlo. Dicho esto, podemos afirmar que la caída del régimen del apartheid no fue —exclusivamente— producto de la victoria de las masas comandadas por un hombre de extraordinaria fortaleza por encima de una pequeña élite racista y opresora, como estamos tentados a simplificar. El fin del apartheid fue el resultado de un arduo proceso de negociaciones entre enemigos políticos, marcado por amplias concesiones, que acorralados por las circunstancias se vieron en la necesidad de iniciar una transición pacífica cuyo tiempo finalmente había llegado.

El rol del opresor en la transición democrática sudafricana

«Una transición pacífica, seguida por el establecimiento de un orden democrático, no hubiera sido posible si los líderes del apartheid no jugaban un rol activo en la creación de este nuevo orden», explica Tristan Borer, catedrática experta en estudios sudafricanos. Años de negociación entre el gobierno, dirigido por el racista Partido Nacional (PN), y los movimientos anti—apartheid, siendo el más prominente el Congreso Nacional Africano (CNA) al cual pertenecía Mandela, precedieron a las primeras elecciones democráticas de 1994. Diálogos secretos entre un Mandela en prisión en Robben Island y oficiales del gobierno tuvieron lugar desde 1980, pero no fue hasta 1989, cuando F.W. De Klerk del PN toma el poder, que el ritmo de las reformas se aceleran.

Algunos factores se conjugaron para que el gobierno del apartheid considere desmantelar el régimen y negociar con las fuerzas de liberación. La condena internacional, la creciente marginalización económica de Sudáfrica —casi convertido en estado paria— y algunos cambios geopolíticos, como la caída del muro de Berlín, sirvieron de ímpetu a De Klerk para llevar adelante reformas políticas considerables. En particular, con la caída del bloque soviético se desvanecía el supuesto peligro comunista, y con ello la justificación que utilizaba el Partido Nacional para reprimir la resistencia. En este contexto, De Klerk no tuvo un cambio de mentalidad, sino más bien una visión meramente oportunista y pragmática. Cayó en la cuenta que el apartheid ya no era sostenible y que su desmantelamiento estaba en los intereses de su propio partido.

«No era una cuestión de moralidad», expresaría De Klerk al periodista Allister Sparks en una entrevista un tiempo después, «sino de política práctica». De hecho, inicialmente, De Klerk no creía que la apertura a negociaciones terminaría con el gobierno minoritario de blancos. Su expectativa era la de conceder algo de poder, mientras los afrikaners mantendrían la mayor parte. Mas no se imaginaba encontrarse con la incontenible determinación de las fuerzas de liberación. Así es como procede a levantar la censura que regía sobre el CNA y otros partidos el 2 de febrero de 1990, y el 11 de ese mismo mes, Mandela sale de prisión luego de 27 años de encierro. Un nuevo periodo de negociaciones se iniciaría.

Las fuerzas de liberación y la dura tarea de conceder al enemigo

Mientras que los líderes del PN debieron reconocer que su partido ya no podía sostener un régimen de gobierno minoritario de blancos, particularmente ante la condena internacional y la estagnación económica, los movimientos de liberación debieron aceptar el hecho de que el gobierno estaba lejos de ser un enemigo derrotado. Previo a las elecciones de 1994, el PN todavía se encontraba en el poder y tenía las fuerzas armadas a su disposición.

En este contexto, a Mandela se le atribuye la audacia y la madurez de proponer una convención de todos los partidos para redactar una Constitución interina, comúnmente conocida como CODESA. Sin embargo, fue el presidente del Partido Comunista Sudafricano (SACP), Joe Slovo, el que jugó un papel fundamental para resolver las diferencias que predeciblemente surgieron entre el PN y los partidos de la resistencia. Cuando ya se creían perdidas las negociaciones, fue Slovo el que propuso una cláusula que concedía al PN su demanda de establecer un gabinete de cogobierno de representación proporcional. Esta cláusula garantizaba, entre otras cosas, mantener los puestos de trabajo de los servidores públicos, policías y militares —predominantemente afrikaners— por 5 años. Para el final de la convención, acordaron que el país sería gobernado por un sistema de poder compartido, llamado el Gobierno de Unidad Nacional (GNU), desde las elecciones hasta 1999.

Al presentar esta fórmula, Slovo argumentaba que concesiones de ese tipo eran realísticamente necesarias. «Claramente no estamos lidiando con un enemigo acabado», decía. La expectativa de que los oficiales del Partido Nacional, quienes todavía ostentaban el poder, se someterían fácilmente a las exigencias de los movimientos de liberación simplemente no era sensata. Según Slovo, las negociaciones no eran el fin de la justicia, sino una fase ineludible en el proceso de alcanzar una mejor posición dentro del gobierno: «Estas negociaciones son sólo una parte, y no el todo, de la lucha del pueblo por el poder».

Aunque estratégicamente necesaria, la cláusula propuesta por el presidente de la SACP mantuvo intacta la burocracia del viejo régimen, y con esto un amplio espacio para influenciar el curso del desarrollo económico de Sudáfrica. De hecho, algunos argumentan que a raíz de este arreglo de cogobierno, el plan económico de reconstrucción y desarrollo (RDP) fue relegado por el plan de crecimiento, empleo y redistribución (GEAR), un programa de estabilización macroeconómica neoclásica, en línea con el Consenso de Washington.

Válida o no, esa afirmación merece más discusión. Sin embargo, a juzgar por los altos niveles de desigualdad económica y violencia que persisten en Sudáfrica casi 20 años después de la transición a la democracia, podría argumentarse que el sueño de la «nación arcoíris» corre el peligro de no concretar la justicia económica que todavía ansían millones de sudafricanos.

Bibliografía

—Sparks, Allister. Tomorrow is Another Country: The Inside Story of South Africa‘s Road to Change. New York: Hill and Wang, 1995.

—Acuña, Jazmín. After Truth: The Truth and Reconciliation Commission, Media and Race Relations in Post-Apartheid SouthAfrica (2011). Government Honors Papers. http://digitalcommons.conncoll.edu/govhp/30

—Borer, Tristan. Truth, Reconciliation and Justice. Peace Review (1999) 11:2.

—Slovo, Joe. Negotiations: What room for compromise? South African Communist Party. Web. 2009. Acceso a la página web en noviembre de 2010 en http://www.sacp.org.za/people/slovo/negotiations.html

 

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