Una parte infalible en la trama de Esteban Cabañas

El pasado sábado 15 de junio fue presentada en Areguá la novela “Lo dulce y lo turbio” (Servilibro, 2013), del escritor paraguayo Esteban Cabañas.

Ticio Escobar, Vidalia Sánchez y Guido Rodríguez Alcala (en el micrófono). Foto de Susana Salerno.

El lanzamiento se realizó en el predio donde está ubicado el Museo del Mueble, situado en Kokue Guasu, Areguá, donde funciona desde 2010. Allí residía también, hasta hace poquito más de un mes, Carlos Colombino, posiblemente el artista más importante del Paraguay de los últimos cincuenta años.

Estos datos, escritos y leídos así rápidamente, pudieran resultar fríos y de relleno para la crónica periodística diaria, pero para quienes conocen Areguá, la escritura de Esteban Cabañas, y la vida y la obra de don Carlos Colombino, no podrá dejar de resultarles un elemento más de la trama pergeñada por el artista, para poner de manifiesto -una vez más- su disconformidad ante la persistente tragedia que nos rodea, la misma tragedia que se empeña en cortarnos las patas de las sillas y así -con la necia pretensión de que no nos levantemos más- caigamos de bruces sobre la tierra.

No levantarse más. ¿A quién se le pide eso? ¿Al hombre que se fue de frente, hace un mes, cargando orgullosamente con los amigos y enemigos cosechados en 75 años? ¿Al escritor que aparece y desaparece por sobre la corporalidad de los rostros, de la carne? ¿Al artista desafiante que blandiendo el bastón pareciera estar aun escupiéndoles verdades a los asesinos de siempre? ¿Al pueblo repartido en cada una de las mujeres, en cada uno de los hombres que habitan y habitaron desde siempre esta tierra desangrada?

Que no nos levantemos más. Ya quisiera eso la ignorancia del poder. Pero resulta que a la silla le salen nuevas patas cada vez que se las cortan, y al caer un hombre otro niño nace, y al cerrarse un libro comienza otra historia.

Por eso el acto del sábado en Areguá fue una celebración de la persistencia antes que una tristeza por la ausencia. Carlos Colombino falleció el 14 de mayo pasado y este 15 de junio Esteban Cabañas presentó Lo dulce y lo turbio en compañía de gente amiga, que sintió la ocasión como una oportunidad también para brindarle tributo a la obra del artista y la vida del hombre.

Porque aprendimos en algún lugar que a la tragedia del destino se la combate con ironía. Por eso tampoco fue tan casual que el lanzamiento se haya dado en esta fecha, a un mes de la partida de Colombino y un año de la masacre de Curuguaty, como bien lo señalaron Ticio Escobar y Guido Rodríguez Alcalá en el día de la presentación.

Ticio Escobar recordó que el tema de Curuguaty fue la última gran obsesión de Colombino. De hecho, la última muestra realizada por el artista se tituló justamente “Curuguaty”, una instalación temática presentada a fines del año pasado, en la que manifestaba su indignación hacia la repetida tragedia a la que es sometida el Paraguay para justificar los atropellos de los sectores fácticos del poder político/económico que se disputan los restos del país.

Lo duce y lo turbio, habiéndose escrita a finales de la década de los noventa, relata justamente esos devenires trágicos que recorren de manera casi fantasmagórica la historia de nuestro país, centrándose en hechos sucedidos a inicios de la conquista, pero que recobran actualidad en cada nueva tragedia que se detiene en el Paraguay, y nos coloca nuevamente en el pesado limbo custodiado -con mayor ahínco que al propio infierno- por los cancerberos del odio que se perpetúan en el país.

No lo sé. Puede ser que en alguna parte de la extraña realidad Colombino se haya muerto realmente hace un mes, que Cabañas sea recordado como su alter ego literario, que finalmente nuestro pueblo esté condenado al limbo eterno y que la tragedia sea siempre el hacha que persiste en cortar las patas de las sillas que nuestra historia necesita para tomar aire y seguir.

Pero no será menos cierto que el encuentro del sábado pasado en Areguá, haya sido verdaderamente un pedazo de la trama pergeñada por el artista conocedor de que la ironía es la mejor arma contra la fatalidad del destino, es la mejor medida para sobrellevar la vida, y es el mejor camino para traspasar la muerte.

Fragmento de la novela

Canto profundo

“Este es un gran cementerio”, dijo Domingo. El cataclismo ha llegado enredado en el agua y el aire de la noche. Vagan sombras ominosas en errática caravana, rumbo a quién sabe qué sierras de tesoros escondidos. Tras estas muertes la aflicción es grande, nadie puede ofrecer pan, vino ni carne.

Por eso el duelo no se verificaba, se detenía en medio de la necesidad. Acotaba el camino para detenerse en la dirección que llevaba. Sentía el peso del que da por terminada una acción sin decir una palabra de responso; ¡oh, ese oficio de difuntos impidiendo el canto!

Comentarios

Publicá tu comentario