Una noche más

Crónica de una noche asuncena con algo de blues para nuestros santos corazones.

Noche en el centro asunceno.

A Cintia la volví a ver por televisión unos días después de aquella madrugada. A los japoneses, un par de oportunidades en 904, ya sin el banyo.  Y a Frank, después les digo. La Tv. me mostró a una Cintia desesperada, en una confusa escena de amenaza de suicidio si no le pagaban el michimi de la miserable pensión de Tekopora.

El encuentro con ella transcurrió unos días después de aquella madrugada en el calabozo de la Tercera y un mes antes de que nos llevaran al mismo lugar por resistirnos al enrejado de la Plaza Uruguaya y el desalojo de los indígenas. En Asunción, me digo ahora, estamos a un paso siempre del mismo destino: el encierro. Guardo aquella velada con Cintia, Frank y los japoneses como fresca experiencia y una sólida señal de que a veces la ciudad también besa nuestra pálida existencia.

Aquel lunes, ahora recuerdo, era de los tantos en que el ventilador de mi pieza revolvía aire afogonado y en los corredores un denso verano se paseaba burlándose de la gente sin split.  Coelho, Cala y Toti, en 904, sacaban notas de taquito de algún blues. La cerveza fría, aunque cara para mi gusto y bolsillo, entraba por todas partes. Los vi llegar, acomodarse, y a Akiro desenfundar rápidamente el banyo. Al término de la presentación de Bla, ble, bli, blo, blues supieron –Steven, el taiwanés, desmontó sin más el equipo de sonido– que no habría peña y una pena noté en Akiro y un poco de pena también en mí al verlos frustrados en su intención de compartir el purahei  jaheo y el vallenato de los negros. Ya poca historia nos unía al 904 censurada la cita con el blues. Salimos con David Ayala y Anita Portillo, detrás irrumpieron Akiro y Akata. En la calle, los observé con ese rostro de qué hacemos ahora. “La ciudad no puede ser tan poco amable con esta gente”, dije a David y Anita, y los invitamos a peñear en el panchero de Oliva y Antequera. “¿En serio? Vamos, chera a”, soltó Akiro, revolviendo los ojos y la cabeza. Al  taxista, con la puerta abierta, no le pareció buena idea el arrebato de sus inminentes pasajeros. Akiro, un quepis blanco, un finísimo candado carbón en el rostro y, si mi memoria existe, un arito en la oreja izquierda. De su rostro huevo y modales corteses, un hilo de alegría desbordaba la estereotipia oriental. Cara estirada a los costados como Luis María Argaña, Akata expresaba sin embargo humor fresco de mar abierto y no ese kanguero de oligarquía mediterránea.

En el panchero, que a la llegada nos advirtió que sólo quedaban tres ñoños, nos ubicamos junto a la mesita forrada en manta plástica de cuadritos azules y blancos. Sin más trámites, con el banyo Akiro desempolvó profundas y mínimas historias en notas simples y diáfanas con aires de Bob. “Qué suerte la nuestra David, compartir acá con un Dylan japonés”, comenté. , respondió David, éste le hace, brother. Al pedirle temas de Bob, los  ojitos de Akiro se abrieron al mundo. Akata sacó la corneta. Sólo faltaban el organillo y la tabla de lavar con la que los esclavos expresaban mundos muy superiores al aburrido hábito de acumular de sus opresores. Terminaron las tres cervezas y había cuerpo para más. Nos dirigimos entonces al panchero de la Plaza Uruguaya. Aunque había solo latitas, una brisa amable desde la bahía abrigó nuestra presencia. De uno de los costados de la Plaza Uruguaya ya habían extirpado aquel vagón de tranvía ido, puesto ahí no sabemos con qué intención pero que en noches frías y sangre caliente mucha gente le daba buen uso. Como corresponde, diría Vicente Páez. Adentro, si es que una plaza tiene un adentro, las carpas negras de la comunidad originaria colgaban de improvisadas cuerdas y se enraizaban con estacas. Atraídos por la música se arrimaron a la mesa cuatro muchachos insomnes, uno con gafas oscuras, el quepis al revés, maneras rap y un guaraní fuerte. Ore mbya, se presentaron. Che apita ha moko avei, adelantó Frank, el rapero. Cierto upea, ahe ojapopaite voi, dictamino su kapé, más mitai que Frank. Con cajas de madera y toques en la mesa metálica se incorporaron al ritmo sugerido por el banyo de Akiro y la corneta de Akata. La plaza chupaba brisa de la bahía y la expandía generosamente entre nosotros. La zapada avanzada sin remedio ni condición cuando apareció Cintia. Al observar a los japoneses, con cara retorcida me dijo: Che la gringo nahaijui vointe. La invité a tomar parte de la mesa y a dejar de lado su mala racha nocturna. Su pyharo se fundió naturalmente en cuanto saludó el ritual con canto y un prodigioso manejo de la corneta de Akata. No era fácil la corneta. Antes habíamos probado con David y Anita ha nosei mba’eve.

En intervalos sabríamos que Akiro preparaba viandas y que Akata era funcionario de un organismo japonés. Creí entender que Akiro había vivido en Chicago, donde se arraigaron con sus padres siendo él niño.

De esa madrugada ya solo recuerdo haber acompañado a Cintia hasta su ingrata pensión, cerca de Casa Paraná. En la embriaguez, advertí, difusamente, que una cama invadía casi toda la habitación y que la cómoda lucía un rosario de cruces con figuritas de la virgen y una postal de su hija frente al Cabildo. Desplegó sus fotos de álbumes Rochester, sus fotos con mi nena, frente a un micrófono en la radio comunitaria de la Chaca, sus fotos con el socio en moto, su socio en el gimnasio, su socio en la discoteca, su socio, el badulaque ese que acaba de dejarme sin un peso partido por la mitad. Y lo peor, Julio, es que extraño a ese desgraciado.

El ruido espeso de los colectivos me recordó la promesa de días anteriores: llegar a la casa por lo menos antes del amanecer. Sin despedirme formalmente de Cintia, que fuera a suplicarle al encargado de la pensión aguardar un día más el pago porque hendy ina kape, dejé atrás la puerta abierta, las fotos esparcidas en esa cama roja imponente, el estrecho pasillo, los escalones ennegrecidos y discurrí discretamente frente al sereno dormido. Afuera, encendí un cigarrillo y canturreé tuyo siempre.

Aquella noche me había colgado de la embriaguez jugando a que el mundo era nuevo y que todos cabíamos en él. Me dieron ganas de decírselo a la innombrable y de asaltar sin reparo su lunar.

Pero ahora, nena, en este momento, recuerdo a Frank y a los demás mitai arrebatados de los árboles de Plaza Uruguaya por caquis y antimotines; ahora, nena, dónde estás, recuerdo a esas criaturas desnudas expuestas en la televisión, a las madres desahuciadas y las carpas destruidas por policías robokop. Ahora, nena, lunar de mi vida, recuerdo que por televisión hablaron de la importancia de que los ciudadanos asuncenos, que pagan impuestos, puedan disfrutar de una plaza limpia y segura. Ahora mismísimo, nena, me quiero jugar con vos y vos ya ni ahí.

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