Una noche feliz

Qué queda de aquellos tiempos.

Las grandes empresas y la pleitesía al Dictador en la fecha feliz. Imágen: Museo virtual de la memoria y la verdad sobre el stronismo. Portal Guaraní.

Anoche me encontré con Najeeb Amado y Noelia en el colectivo. Iban al Rubio (de Gral. Díaz y Colón), al cumpleaños de Natalia Correa. El mismo destino, les dije. Un cumpleaños en el Rubio era grata promesa en una noche fresca de un miércoles de noviembre. Por la radio de la línea 27, Corazón, me enteré que también era  Día de los Muertos. Me asaltaron la memoria fragmentos de ese largo duelo de flores, lágrimas y rezos, por los enredados caminitos del cementerio de San Lorenzo, de mi madre luego de la muerte, a los 14 años, de mi hermano Fermín. Natalia había logrado que la mayoría de sus invitados compartiesen su cumpleaños antes de las 12 de la noche. Era un miércoles, me dije, seguro que la gente tiene que trabajar a la mañana temprano, al ver que se apuraba la vaquita para cerrar la cuenta de unos ñoños vacíos sobre la mesa. Mi cumpleaños es hasta las 12, dijo, luego ya no más. Luego es 3 de noviembre, fecha feliz. Entonces me alegré haber pasado el día sin recordarlo y me alegré de nuevo haber dejado el ritmo diario de una redacción donde era muy probable que me hubiesen enchufado la cobertura de la fiesta en San Pablo, exbarrio Stroessner.

Tan distendido ando por el mundo que recién a 15 minutos de las 12 entendí por qué en la galería de antigüedades y cuadros de la Plaza de la Democracia la figura de Alfredo Stroessner se revelaba con ese rostro omnipresente de los ochenta en afiches, fotos remarcadas y estampas con otros próceres. Recordé en ese momento que le había mostrado a Laura Marín un cuadro de Alfredo Stroessner con dos chicos en brazos que decía: el futuro está asegurado. Parecía extraña, aunque no inverosímil, esa exposición ostentosa del rostro del dictador en las galerías de la plaza en un día de aire limpio y sol templado, de esos días buenos para cruzar el río y extenderse al sol en los pastos de Chaco’i, jugar a las damas con los trabajadores de la plaza o besuquearse con vientos primaverales a la salida del colegio.

En la mesa del bar había que cerrar el festejo antes de las 12, casi como un mandato tácito. Mariano González me comentó, con ese aire de tristeza irreparable, el acuerdo al que arribaron con el Estado por el asesinato de su padre, Rubén González Acosta, e invitó a la ceremonia de reconocimiento del  2 diciembre, en la Cancillería. A Rubén, dirigente obrero de Acaray, lo desaparecieron el 3 de diciembre de 1975, junto con Derlis Villagra y Miguel A. Soler. Derlis Villagra, hijo homónimo del dirigente desaparecido, empezaba su cordial despedida. En esa mesa, ninguna razón había para festejar la fecha feliz. Mariano y Derlis estaban unidos por un destino común, al igual que sus padres, asesinados por el régimen de Alfredo Stroessner. Por alguna razón de la memoria infame estaba, sin desearlo, esperando las 12 en punto. Como en estos tiempos los relojes, las radios, la linternita, las esquelas y el alarma se mudaron al celular, las doce en punto, extrañamente, pasó sin más al no escucharse, en el microcentro, aquellos estruendos de antaño.

Cuán lejos estamos de esos tiempos en que Aníbal Lovera encabezaba la serenata al primer hombre, el primer compañero, el primer maestro, el primer educador, el primer padre. Cuán lejos estamos de esos tiempos en que el cuartel hacía hombre a los hombres, hombres de verdad, retobados, sin afectividad de maricas, en esa escalera uniforme donde en la cúspide estaban los hombres bien hombres que se quedaban con nuestras tierras, mataban a Agapito Valiente, desterraban a Carmen Soler, Augusto Roa Bastos, Asunción Flores y mandaban, a través del operativo Cóndor,  a desaparecer a Esther Ballestrino de Careaga, implantando en el país el contrabando, el tráfico de armas y de todas las mercaderías por fronteras custodiadas por los militares, hombres, bien hombres, de esos  como Pastor Coronel que encabezaban la ejecución de los campesinos de las Ligas Agrarias Cristianas en Misiones, frente a sus parientes, para escarnio de la gente que intentaba organizarse en comunidad para sobrevivir el abandono del Estado y el avance del latifundio y la agroexportación. Cuán lejos estamos de esos tiempos en que la política era sinónimo de hacerse de dinero fácil o persecución.Qué cosas han cambiado fundamentalmente en estos tiempos en que el diario Patria y la Voz del Coloradismo fueron sustituidos por ABC y otros medios en la persecución de los zurdos, los subversivos, los infiltrados, los ideologizados que subvierten el reino de la paz y el progreso que heredamos del régimen stronista. Cuán lejos estamos del ayer, hoy en que se mantiene presa por un año y medio a gente como Sindulfo Agüero, antiguo dirigente de las Ligas Agrarias y en estos tiempos de la Organización Campesina del Norte, sin explicársele de qué se lo acusa en el secuestro de Lindstron.

Pero hoy es fecha feliz, el aire de la ciudad extrañamente sigue limpio y la brisa de la bahía debe ser un bálsamo como para quedarse en casa garabateando recuerdos y escarbando escenarios neostronistas. Ah, El Rubio, pasada la hora feliz, antes de despoblarse completamente, se vio sorprendido por rockeros, anarquistas y un grupo de actores y políticos que, al igual que en aquellos tiempos, en la Chopería Roma o La familia, se embarcaron en discusiones políticas apasionadas y bastante etílicas.

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