Una madrugada en el calabozo

Dónde estás Ronaldo. Historias de crack, sangre, cuchilladas y marginación social.

Imagen ilustrativa.

La brisa de las tres de la mañana me llevó instintivamente a la Escalinata Antequera, un buen lugar para hacer escala técnica antes de la llegar a la casa. El viento reportaba ondas de la bahía que relajaban el vapor de estos días ventosos. Un señor había improvisado un colchón antes de subir las escaleras. Quemé un cigarrillo y recosté el cuerpo en el banco de la primera meseta. La brisa fresca obligó a mi única compañía posible arroparse con una frazada desteñida. Ubiqué el anteojos y la caja de cigarrillos debajo del banco. En esa noche en que el encierro era, como casi siempre, una muy mala compañía, habíamos encontrado los dos mejor el lugar para descansar. La Escalinata me recordó aquel maravilloso encuentro de Anales Urbanos y algunos amores contrariados de pasión y poca promesa de futuro. También la placidez del diálogo sereno con Ana cortada abruptamente por una intimación de entrega de celular de dos muchachos apurados con pocas ganas de dialogar. El recuerdo súbitamente cedió al letargo y se meció serenamente en el sueño. Parecía lindo cierre de un recorrido nocturno que me había llevado primeramente por Café Literario, donde Rubén Flecha terminaba de narrar un cuento pueblerino de esos que caracterizan a los hermanos Flecha,  de gran empeño en esa sagrada misión de recrear los caso ñemombeu de nuestros ancestros. El aire ya se dejaba disfrutar por esas horas en la vereda del Café Literario. Pedí una Pilsen tradicional a Víctor. Me comentó haber visto a una amiga en común por esos días en el bar. Saqué Obras Completas de Barrett de la estantería y leí los diálogos, tan fundamentales como los diálogos de Platón -me dije-, para comprender esos espíritus libertarios que advertían que nuevas, más complejas, brutales y sutiles formas de opresión se apoderaban de buena parte del mundo a principios del 900. El interés arribar con escalas a mi casa me llevó luego a Desestresate, Mcal. Estigarribia y Tacuary, un lugar de karaoke que conocí una madrugada en que el compañero y colega Mario Rubén Velázquez me llamó para festejar la victoria en un concurso de canto. Crucé la Plaza Uruguaya, en medio de una comunidad indígena desahuciada de sus territorios por la deforestación feroz del modelo agroexportador. El mozo me dijo con dejo penoso que no tenía Pilsen. Entonces me dispuse a hacer de la brama una compañía inevitable y placentera al exceder otras marcas mi presupuesto nocturno. El lugar tiene un apartado de desnivel, algo así como un rincón bip, con esas cajas acolchadas y recubiertas de cuerina a las que llamanpuf. Me quedé abajo, de sillas y mesas metálicas vacías y una luz violeta que emanaba del tubo fluorescente. Ganas de cantar tenía, aunque la garganta anda por esos días en que se retuerce de inflamación por la atmósfera húmeda, tabaco,  tereré y cerveza fría. Aun en ese estado, y confiado en la garga de guayaba, canté un par de temas de Andrés Calamaro, Joaquín Sabina y Carlos Gardel. Y sin tu latido, de Luis Eduardo Aute, en homenaje a esos tiempos en que sentía desvanecerme por amores sin remedio y condición. En esas horas en que los bares de los alrededores habían cerrado, Desestresate se inundó de trabajadores de 904 y yo me percaté de que había quedado ya con muy poca plata y que no era Paul Gascoin. Así que pagué la cuenta, salí del bar y me encontré con un viento fresco mucho más expansivo y reconfortante que el pobre acondicionador de aire del karaoeke. Resolví hacer una parada en la Escalinata. Por el camino de ascenso ese viento me sacudió el cuerpo de hollín y liberó la  garganta de todos los males. Era un buen lugar para descansar. En el entresueño, un joven alto, moreno, descalzo y con el torso

Ronaldo es una de las tantas víctimas del crack, víctima de la desigualdad social.

desnudo me pidió  dos mil guaraníes. Le di las últimas monedas y le pedí que me devolviera la zapatilla que se había puesto. En eso de devolverme la zapatilla apareció una camioneta de la policía con dos efectivos con cara de pocos amigos. Nos arrinconó contra la pared, nos esposó a los dos y, por orden inapelable, extendimos el cuerpo en la carrocería de la patrullera. Antes, uno de los efectivos sacó de mi bolsillo el celular y la caja de cigarrillos y del chico un par de championes que llevaba en la mano. Andaba yo sin cédula y no me acordaba del número de celular. Intenté una explicación, el celular es nuevo y la cédula la tengo en la casa, es acá cerca, podemos ir, pero los policías habían puesto el automático en los oídos y clausurado con candados la razón. En La Tercera, el calabozo albergaba tres colchones y cuatro personas, dos de ellas en vigilia. Tío, tío, ¿mba´e rejapo koápe?, me saludó y preguntó Miguel Fariña, con quien en los últimos tiempos nos encontramos por las calles, yo camino a las  plazas del centro o al trabajo, y él con su carrito de frutas y verduras. No sé, le dije, no sé, estoy acá. ¿Y vos? Ndéra, un cortapluma, un cortapluma, mirá este pantalón, rema´êmina ko tuvýre, por qué se metió conmigo, por qué. Con el cortaplulmas de pelar narajas acertó las venas del brazo de un socio que me vino a molestar. Osyry la tuvy tío, osyry. Ronaldo, el chico de 16 años con quien me detuvieron,  quedó planchado en el colchón de esponja. Péako che primo tío, péako bajo gua tío, péako chespi tío, péako ojejukaramoite chugui itió tío, péako perdido tío, escupía Miguel, que no paraba de hablar. Al diálogo se sumó Póra, que ya llevaba dos días ahí, en el calabozo. Se revolvía quejándose de su suerte, quejándose por qué ahora, por qué ahora, ahora que tengo un trabajo, ahora que me iba bien, ahora que mis padres están enfermos, ¿mba´ére?, ¿mba´ére?, y acariciaba el bocio, limpiaba los ojos de lechuza y acomodaba el pelo encanado. Ndahaséi amo tío, amo (Tacumbú) ndaipóri perdón, amo aikututa ha ajekututa, intervenía Miguel, de 25 años, hijo Graciela Fariña, madre de ocho hijos; hijo de Miguel, al que 22 años atrás mataron con lima grande, de 17 estocadas, en la Chacarita.  Pora le pidió a uno de los guardias cigarrillo. Fumamos, con advertencia de que no se notara, dos cajitas de Philip Morris. Ya con un sol resplandeciente entre el tímido follaje citadino que se dejaba ver por entre las rejas, el primero en ir declarar a la fiscalía fue Ernesto, también un menor con el que no tuve posibilidad de hablar porque durmió toda la estadía. Un poco después lo llevaron a Miguel. Quedamos Ronaldo, Póra y yo. Póra no paraba de lamentarse, porqué esta esta vez que no hice nada, por qué esta vez. Che výro kape, che výro. Che ajugante la che llave maestra re. Máva piko oimo´ᾶta la oñemondataha pe salón, amo, Yegros y Teniente Fariña pe. Póra no había podido comunicarse con ninguno de sus familiares en este tiempo. Nos llegó el turno. Un policía  sacudió a Ronaldo de su sueño profundo.  El chico hablaba bajo, con la cabeza agachada y con aire de no importarle mucho su destino. En ese letargo de extraño ensimismamiento fue esposado conmigo y conducido hasta la patrullera de la Comisaría 3ª. A la salida vi al hermano de Miguel con sus frutas y verduras. Lo saludé pero no pudimos hablar. De La Tercera, Chile y Manduvirá, frente al Museo de las Memorias, nos llevaron esposados hasta la Fiscalía, Nuestra Señora casi Haedo, debajo de un sol implacable sobre nuestras cabezas. Ingresamos al edificio por el estacionamiento. Luego de esperar una hora en el estacionamiento, subimos al sétimo piso por las escaleras hasta la oficina de la fiscala Teresa Rojas. Ronaldo durmió esa hora y luego acompañó la orden en domesticada resignación por esa escalera empinada, estrecha, de una fiscalía brava con los que exigen tierra, techo y comida y bastante obsecuente y sumisa con los que nos robaron las tierras, las deforestaron y las  fumigan aun encima de familias campesinas para dejar crecer semillas transgénicas con veneno que contamina la placenta de la mujeres. La fiscala Teresa Rojas no estaba. Está en una audiencia preliminar, nos dijo un joven que levantó nuestros datos, ahí, tendidos en el piso, con Ronaldo durmiendo, con Ronaldo que no recordaba el número de su cédula, con Ronaldo de pies con llagas maceradas por el asfalto  y la orfandad, con Ronaldo en un mundo distante, indiferente, en un mundo que aprendió a descifrar en los calabozos, en las noches fugaces de euforia y desazón de ese maldito crack, en el sinsentido de un mundo que cierra las puertas todos los días, las puertas necesarias para creer que otro mundo es posible. Cuando llegó la fiscala y vio durmiendo a Ronaldo le quitó una foto que probablemente no haya alzado en su Facebook

El protagonista y autor de esta crónica, Julio Benegas. Foto: SPP.

para compartir con sus amigos. En mi caso, en la comisaría habían caratulado Julio Benegas Vidallet sobre robo, según el expediente en manos de la fiscalía. Por evidencia expusieron el par de championes que incautaron de Ronaldo. En la cabeza de la policía yo era su presunto cómplice, en zapatillas y pelo largo. ¿Se conocen?­, nos preguntó el joven de la fiscalía. No, dijimos los dos. Ahora nos estamos, creo, conociendo, agregué. El chico comentó que el par de championes recogió de la Plaza Italia. La patrullera había recibido la información de que un joven con características similares habría intentado entrar en alguna casa cercana a la Escalinata. En mi caso, para la fiscalía, que llamó a un abogado de la Defensoría Pública, la cuestión se trataba de un mal entendido. Me tomaron la declaración y sacaron un oficio de libertad. ¿Y el chico?, pregunté. El seguirá preso hasta que lo pongamos a disposición de un juez del menor, contestó. El celular quedó en la fiscalía hasta acreditar que lo mío es mío, si hubiese algo mío. Hoy, 11 de noviembre de 2011 (11-11-11, me recordó Dora) retiré el celular con una constancia de Vox.  Al observar de nuevo a Ronaldo durmiendo en el piso, lo remecí del cabello y le dije, me dije, grité para dentro, despertate, despertate, ponete bien, necesitás bañarte, una ropa, comida, un hogar y gente que te quiera bien. El chespi te está matando, te está matando. El joven oficial cedió a una llamada al padre del chico. A la salida de ese edificio mudo, de jóvenes en saco y corbata, un colega de Telefuturo llegó. Le dije que no pasaba de un malentendido, aunque la voz de Aute en sin tu latido se sublevaba: “Lo que me pasa es que a este mundo yo no lo entiendo”.  Con los 15 mil guaraníes que me quedaban en el bolsillo,  compré dos trozos de chipa guasu y una caja de cigarrillos para compartir con Ronaldo. Luego el policía colaboró con un sanwich de milanesa y dos gaseosas en botella plástica mientras esperábamos la patrullera que nos devolvería a la Tercera. En la Tercera me encontré con Víctor, mi hermano, y Gladys, mi sobrina. ¿Cómo supieron?, pregunté. Después te contamos, respondió Víctor, alegre por verme sin esposas. Les presenté a Ronaldo, todavía esposado por la policía y el letargo insomne.  Ariel, el hermano de Miguel, con sus frutas y verduras el verduras frente a la Comisaría Tercera, había comentado la novedad a mi hermana Marciola. A la salida agradecí el gesto a Ariel y le pregunté qué pasó con su hermano. Miguel fue liberado con medidas sustitutivas. Probablemente nos encontraremos en estos días por las calles, él con sus verduras, y yo, seguramente, bajando por la escalinata para tomar un tereré reconfortante en la Plaza de la Libertad en tanto que una voz profunda como la de Alberto Rodas interpelará el corazón del monstruo citadino preguntándose dónde estás Ronaldo. De Póra supe que no pudo evitar, una vez más, Tacumbú.

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