Una gran noche por Pink Floyd

Crónica del concierto tributo a la banda de rock más excepcional de todos los tiempos.

Fotografía: Charita Py.

@SebasOcampos

Mientras la política nos divide, el arte nos une. Uno de los incontables perjudicados inmediatos con el desquicio político fue el tributo a Pink Floyd, cuya primera fecha era el jueves 21 de junio. Debido a todo el conflicto desatado de manera planificada por el Poder Legislativo vuelto todopoderoso, las calles de la zona céntrica se cerraron y lo más conveniente para todos fue suspender el concierto durante una semana.

A pesar de que la situación en el país no mejoraba, gracias a que el conservadurismo anacrónico paraguayo volvió a hacer de las suyas, sin tener en cuenta la resistencia nacional e internacional, la música de Pink Floyd era aguardada con ansias por los seguidores y los fanáticos hasta el nuevo día del tributo. Y porque justamente la vida no se resume en la política –aunque la misma nos jode a (casi) todos–, la gente acudió el jueves 28 de noche a Pirata Bar, así como los músicos –reconocidos por sus variadas actividades en distintas bandas–, que se hicieron esperar hasta cerca de la medianoche.

El aguardado tributo

Con los amantes del grupo inglés a la espera y los cinco músicos en el escenario empieza a fluir el pulso de los parlantes y el lado oscuro de la luna se apodera de todos. Speak to me y Breathe (canciones divididas en dos partes por Nick Mason) suenan precisos, claros, haciéndonos rememorar el tributo hecho a finales de 2009 en el Centro Cultural Paraguayo Americano.

On the run, con su increíble experimentación, se hace sentir en las cabezas y luego da paso al saludo de Jorge «Coelho» Amado (voz y guitarra), quien presenta a la banda diciendo: “Hola. Somos Pink Floyd.” A great day for freedom, una de las más bellas canciones del álbum The division bell –que David Gilmour aún toca en solitario, tras la separación definitiva de la banda en 1995– nos comunica que el concierto será impecable, a pesar de ciertos detalles técnicos.

Fotografía: Pirata Bar.

Si un álbum no puede estar ausente en el tributo es el de la ópera rock The wall. Mother, primero lenta, sencilla, tranquila, va tomando fuerza en la voz, los instrumentos y el acompañamiento del público. Del muro, que no tenía por qué ser tan alto, retornamos en el tiempo, a los inicios de Pink Floyd, para revivir a Syd Barrett y su genialidad en Astronomy domine.

Brain damage nos devuelve al lado oscuro de la luna. La noche continúa con Shine on your crazy diamond, en la que el saxofonista David «Pepino» Rodríguez se une a Coelho, Cala del Puerto (bajo), Steven Wu (teclados), Willy Chávez (guitarra y coros) y Felipón Muñóz (batería), para recordar de nuevo a Syd cuando era joven y brillaba como el sol, antes de empezar a brillar como un diamante loco.

Time, con toda la presión de los relojes, abre el paso a Coming back to life, otra de las preciosas canciones de The division bell, el decimocuarto y último álbum de estudio de Pink Floyd.

El origen de todos los males actuales, según Roger Waters, a puro blues rock con saxo, logra hacer gritar al público Money, get away! Coelho y Willy, en el tramo previo a la última parte del tema, dan rienda suelta a sus guitarras, con solos espontáneos. Willy, más libre en la ejecución, no oculta al público que siente cada sonido de su instrumento en el cuerpo, sobre todo en su boca.

Us and them, tal como en el disco The dark side of the moon, suena tras el dinero, otra vez con el acompañamiento del saxofonista.

Wish you were here, del álbum homónimo y favorito de David Gilmour y Richard Wright, con su sencillez y reconocida letra poética, es cantaba a la par de Coelho por todos, porque cada uno de nosotros desea tener a alguien presente en el momento. Hey you!, al rato, nos lleva de vuelta a la época del muro.

Las campanas y la nostalgia de High hopes, de los tiempos del pasto verde y la luz más brillante, recuerda al público que el final está cerca. Another brick in the wall se suma al repertorio y todos estamos de acuerdo en que no necesitamos educación, al menos no la que nos venden.

El tributo, amenazado con el fin desde hace dos canciones por el vocalista, ya sólo cuenta con una canción en el setlist. Sabemos que se trata de Comfortably numb, quizá la mayor creación musical de la banda inglesa, con los dos solos de guitarra más geniales de todos los tiempos rockeros, cerrando así, después de más de dos horas de fluido rosa ininterrumpido, aplausos y coros sostenidos, una gran y memorable noche asuncena por Pink Floyd.

Ilustración realizada durante el concierto tributo por Pablo Medina. Fotografía: Pirata Bar.

 

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