Un maravillo país, el Paraguay

Opinión desde Francia sobre las protestas de los paraguayos en los últimos días contra los parlamentarios.

Fotografía: Noemí Gómez.

Por Edgar Santander.

Había una vez un maravilloso país situado en el corazón mismo de América del Sur. Aquel lugar se llamaba el Paraguay. Allí, toda la población era conocida por lo trabajadora y solidaria que era. Ni el más tirano de los hombres, que durante muchos años fue uno de sus gobernantes, logró dividir a los paraguayos en apelativos multicolores como blanco, colorados o azules. Por encima de cualquier color, religión o afiliación política, para aquella población solo existía un solo paraguayo: el hombre solidario y trabajador, sin exclusión alguna.

Pero a medida que pasaron los tiempos, en aquel maravilloso país el empleo comenzó a menguar; cada día había menos oportunidades y mucha gente tuvo que abandonar la patria. Aunque el dictador ya había muerto, los malos hábitos y los vicios se volvían cada vez más una normalidad, todo eso en detrimento del pueblo trabajador.

Entre los parlamentarios, unos interesados y oportunistas electos a fuerza de sobornos, comprando a los hombres, prevalecía más el interés individual que el colectivo, como si una gangrena maléfica atacara a la nación. ¿Cómo despojarse de ese mal, esas bacterias, esos microbios, esos parásitos?, todos se preguntaban.

La gente, sin embargo, seguía teniendo tanta imaginación, tanta que empezaban a crear nuevas fuentes de trabajo. Algunos vendían productos alimenticios como empanadas, gaseosas o cafés en las calles; otros se instalaban en las esquinas de los barrios en pequeños copetines construidos con materiales reciclados… En fin, la creatividad de los paraguayos no tenía límites.

Al mismo tiempo, los legisladores no cesaban de pillar descaradamente el tesoro de la nación, ubicando a cada uno de sus subordinados en puestos importantes con salario fijos a expensas del pueblo, traficando leyes para que pudieran perpetuarse en el poder, tratando se sembrar la división en la población.

Hasta que un día, un día maravilloso, toda esa gente honesta salió harta a las calles a protestar y a exigir indignados que los parlamentarios renunciasen a sus cargos.

Que si aún les sobra algo de dignidad por todo el mal que hicieron al país, dividiendo y agrandando el odio entre los paraguayos, entre colorados, liberales, febreristas, cristianos demócratas o socialistas comunistas, ¡QUE RENUNCIEN, TAPEJHO!

Políticos como Magdaleno Silva son el legado de un sistema autoritario como el stronismo que tanto mal hace todavía al Paraguay, cuya metodología para perpetuar a los hombres en el poder es la misma que hace tantos años, basada en la compra de los hombres, una forma moderna de esclavitud que perdura en Paraguay.

Ellos son los responsables de la segregación paraguaya, de esta especie de guerra civil interminable entre paraguayos de diferentes bandos. Basta ya, pues, de tanta afrenta entre la población civil paraguaya.

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