Un homenaje al pasado para retomar el presente

Woody Allen, con su nueva película, Medianoche en París, continúa con su cinematográfico y artístico homenaje a las ciudades de Europa.

Afiche artístico de «Medianoche en París».

@SebasOcampos

76 años de vida. 43 guiones originales. 41 películas dirigidas. Numerosos premios en importantes festivales del mundo. Prácticamente un filme por año desde sus inicios en la década del 60. Woody Allen, admirador de Federico Fellini, Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Groucho Marx, continúa con su labor cinematográfica sin tomarse un año sabático, obsequiándonos películas bellas y sencillas realizadas con la gracia característica de su peculiar y reconocido humor.

La misma película reinventada

Woody Allen, así como varios creadores, artistas, realiza la misma obra desde sus inicios. Si bien, cada una tiene vida propia, en casi todos los casos, las características trabajadas se entremezclan y evolucionan en cada nueva obra presentada al público.

En este año nos encontramos con Medianoche en París, película de apertura de Festival de Cannes, elogiada por el público y la crítica, incluso de su país de origen, EE.UU., donde ya se ha convertido en el título más taquillero del director. Woody, en esta ocasión, tal como la anterior Conocerás al hombre de tus sueños de 2010 (a la que Michael Moore calificó como la mejor película de ese año), vuelve a presentarnos su personaje neurótico, insatisfecho con la implacable realidad. La diferencia entre ambas obras se encuentra en la edad: en la de 2010, Antonhy Hopkins encarna estupendamente al varón mayor incapaz de hacer frente su vejez y convencido de querer volver a ser joven, mientras que en la de 2011 Owen Wilson interpreta al joven disgustado con su presente y encantado con una época específica del pasado.

Las demás características de las obras de Allen, que se reinventan en sus películas, volviéndolas siempre frescas, son la burla constante de la mediocridad de los estadounidenses; la presencia pedante del seudointelectural capaz sólo de criticar obras ajenas –nunca propias, pues carece de las mismas– como si las conociera aún más que sus propios autores; las imágenes en homenaje a las ciudades donde transcurren las escenas; las mujeres hermosas que sirven de musas a sus personajes y al propio Woody; las tomas sencillas de las escenas; y, por supuesto, los temas o conflictos existenciales.

El presente insatisfactorio de siempre

Woody Allen trabaja un tema o conflicto existencial en cada una de sus películas. En Midnight in Paris el presente no satisface al personaje principal Gil Pender (Owen Wilson), un guionista prestigioso de Hollywood con ganas de volverse escritor de novelas y vivir en París. Su vida, a pesar de contar con trabajos bien pagados y una novia linda, sensual (interpretada por Rachel McAdams), con quien está a punto de casarse, lo frustra. Por eso, Gil afirma haber nacido demasiado tarde, pues su época dorada es la ciudad de París de 1920, donde todos sus escritores y pintores admirados se encuentran.

Partiendo de este conflicto, Woody arma toda la película. Los primeros minutos se vuelven el prólogo de la cinta con un homenaje a París desde la mirada de Allen durante todo un día. A partir de eso, mientras vemos los créditos, escuchamos a los personajes que tratan el tema principal sin vueltas: Gil Pender quiere persuadir a su novia de vivir en París luego de casarse. Ella le dice que está enamorado del pasado. Él le retruca que está enamorado de ella.

Woody Allen, Owen Wilson y Carla Bruni en pleno rodaje de «Medianoche en París»

La estadía de ambos en la capital francesa transcurre con encuentros con los padres y el imprevisto amigo seudointelectual de ella. Ya de noche, cansado de la presencia del pedante que critica todo a su paso, Gil decide caminar solo hasta que se pierde, sin poder comunicarse con los franceses indiferentes. Entonces, ya sentado en unos escalones, escucha las campanas de la medianoche y, al rato, ve un automóvil clásico venir lentamente por la calle y frenar frente a él. Los viajantes del rodado, a quienes desconoce, lo invitan a subir. Pender, extrañado, primero se hace rogar, pero por alguna razón, aún desconocida en ese instante, acepta al final. Con ese simple acto realista inicia el surrealismo y, sin saberlo, tal como el protagonista, viajamos en el tiempo, a París de 1920, la época dorada de Gil Pender.

En esa escena sencilla, sin forzar la historia ni agregar nada innecesario, nuestro personaje termina conociendo a Cole Porter cantando Let’s do it (Let’s fall in love); Scott y Zelda Fitzgerald como pareja enamorada y conflictiva; Ernest Hemingway aconsejando sobre la escritura, la vida y queriendo pelear; Pablo Picasso captando la esencia carnal de su actual pareja; Salvador Dalí enloquecido con los rinocerontes; Luis Buñuel incapaz de comprender la razón de una de sus futuras películas (El ángel exterminador); y, claro, a Adriana, la bella mujer (interpretada por Marion Cotillard) que lo hace dudar de la relación con su novia.

Los viajes al pasado idílico –no onírico– transcurren a partir de la medianoche y duran un par de horas, cuando Gil Pender regresa a la cama junto a su novia, que a su vez ha compartido la noche con Paul, el seudointelectual. Luego del primer viaje, Gil quiere llevar a su pareja a vivir la aventura, pero las cosas no se dan y ella termina dejándolo solo de nuevo en la calle, justo cuando las campanas de la medianoche están a punto sonar. Pender viaja de nuevo. El idilio con el pasado se degusta por completo, con buena ambientación, referencias históricas, artistas renombrados, lugares famosos. Nuestro (anti)héroe lo disfruta al máximo e incluso empieza a comprenderse con la bella Adriana.

Luego de encontrar, durante la mañana, el libro autobiográfico de Adriana, donde la guía turística (encarnada por Carla Bruni) lee unos párrafos en los cuales la autora declara estar enamorada del escritor Gil Pender, él se entusiasma como nunca y se prepara para el viaje nocturno. En esta ocasión, T.S. Eliot es quien lo recoge al sonar las campanas. En una fiesta encuentra a Adriana y le pide salir a caminar y conversar. Uno al del otro, recorren la ciudad. Ella, bellísima; él, sólo pensando en besarla, hasta que se decide y la toma entre sus brazos. Durante ese instante, con ambos sentados en una banca, con las luces suaves, todo se vuelve perfecto.

Pero, como todo en la vida, el instante perfecto es pasajero y las decisiones intervienen. Sentados en la banca ven un carruaje y a una persona que los llama. Adriana persuade a Gil de subir. El viaje termina en 1890, la belle époque de ella, donde se encuentran con Lautrec, Degas y Gauguin. Al rato, a Adriana se le propone encargarse del vestuario de un ballet y Gil sale al paso afirmando que sólo están de paso. Ella, al escucharlo, le pide hablar a solas un momento. Ahí le explica que desea quedarse a vivir ahí, en ese tiempo, en su época dorada. Él, en ese preciso momento, comprende que la percepción del pasado como un tiempo mejor es, en realidad, sólo una negación del presente. Gil le explica, pero Adriana no comprende y el adiós es la última palabra.

Gracias a esa reflexión, luego de viajar en varias ocasiones a 1920, una vez a 1890, vivir increíbles aventuras, disfrutar de sus ídolos artísticos, enamorarse, superar sus temores, Gil retoma el presente, que a pesar de todo, si se toman las decisiones correctas, tiene sus virtudes, bellezas, siempre a la vista… si sabemos observar, claro.

Nota: reseña crítica publicada en la edición número 140, de noviembre de 2011, de la revista Acción, editada por el CEPAG.

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