Un golpe a la universidad que se mira el ombligo

La (otra) universidad realizó diferentes actividades culturales y académica durante la ocupación

Diferentes actividades se realizaron durante la ocupación

Un grupo de estudiantes ocupó el Aula Magna de la Universidad Católica. Desde ese reducto impidieron que José Antonio Moreno Rufinelli sea nombrado rector. Ahí resistieron un estatuto autoritario. Y también discutieron y planificaron apoyo en las luchas con varios sectores sociales.

Hay un resurgir, aunque tibio, del movimiento estudiantil universitario. Este año, las reivindicaciones del boleto universitario llevaron a la aprobación «en general» de la ley que lo dictamina. Renacieron los debates en torno a la reforma universitaria. Y un golpe certero al corazón autoritario: la toma de la Universidad Católica y la ocupación del Aula Magna nos recordaron que hay mucho fuego que atizar.

Para que se llegue a la ocupación no sólo se precisó de un detonante sino que hubo un proceso previo.

Un antecedente próximo es «el candadazo» del 2006, que consistió en la confrontación de un grupo de estudiantes al deseo de implementar en la UCA un estatuto «autoritario, represivo y excluyente» en palabras de los universitarios. Se logró frenar de momento la aplicación de dicho estatuto, pero dos años después las autoridades de la UCA empezaron a aplicarlo de manera unilateral, lo que se reflejó principalmente en el modo de elección del nuevo rector el 17 de junio, siendo nombrado José Antonio Moreno Ruffinelli, que en el parecer de los estudiantes personifica el modelo autoritario, represor y excluyente por su participación como parlamentario del régimen dictatorial del Gral. Alfredo Stroessner y coautor de la ley 209, llamada «De defensa de la paz y libertad de las personas», marco normativo para las represiones, torturas y desapariciones del tiempo dictatorial.

Ante este hecho, los estudiantes decidieron «ocupar» el Aula Magna de la facultad. El clima fue tensándose. La respuesta de las autoridades fue represión y ratificación de Moreno en el cargo. A pesar de ello, la «toma» de la [tags]universidad[/tags] el 1 de julio y la articulación con otras organizaciones estudiantiles, docentes y de DDHH, logró la renuncia al cargo de rector de Moreno Ruffinelli.

Se planteaba así el debate sobre la memoria histórica y se propició la denuncia de personas referentes de la dictadura que actualmente se encuentran en altos cargos dentro de las universidades, «hombres escombro». Cabe resaltar que la universidad es una de las instituciones que menos cambios sufrió luego de la caída de la dictadura en 1989.

Este desenlace en una victoria oxigenó la lucha que estaban encarando los estudiantes y dio pie a la apertura de un espacio más amplio en materia de propuestas.

José Carlos Lezcano, estudiante de la UCA, nos explica que «…la toma fue una medida de fuerza, pero la ocupación es la propuesta».

Construir para confrontar

La idea con que nace la acción es «construir algo diferente y confrontar», nos dice Ceci Vuyk, ex presidenta del CEFUC (Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Católica). «No aislarnos del mundo universitario ni encerrarnos en nuestro mundito y buscar otro que sea más lindo, sino realmente confrontar… Desnudar el modelo de universidad que se esconde detrás de un discurso y una fachada democrática y pluralista».

José Carlos Lezcano agrega que la lucha pretende ser una continuidad histórica a los planteamientos que alguna vez surgieron, también a partir de la universidad, que tengan que ver no solamente con reivindicaciones meramente universitarias, académicas, sino con la universidad como actor en el ámbito político. Esto deviene del análisis que consiste en que desde la caída de la dictadura hasta hoy hubo muchos hitos, pero no había un hilo conductor que conecte con las anteriores expresiones que iban saliendo desde la universidad.

La (otra) universidad

La ocupación del Aula Magna apuntó desde sus inicios al debate con relación a la Reforma Universitaria. Tema bastante oportuno pues una reforma se encuentra actualmente pendiente entre las resoluciones del Congreso Nacional. La preocupación de Ana Galeano, estudiante de la UCA, es «cómo hacer que la sociedad se percate de que la lucha universitaria no la debemos hacer solamente los estudiantes. Solamente dentro de la institución». Y no se olvida de la contraparte: «La sociedad también necesita comprender porqué la universidad es una institución que debe ser cuestionada y su modelo transformado».

Continúa con una crítica al conocimiento que produce la universidad, que no tiene en cuenta la historia ni las bases de nuestra sociedad. «Una sociedad que parece que funciona en otro tiempo y la universidad mantiene su dinámica. Su dinámica de cinco horas por noche, tres veces por semana, donde nos encontramos en los pasillos y estudiamos pensamiento europeo. Y, mientras, nuestra sociedad se cae a pedazos». Para terminar, Ana se cuestiona: «¿Cómo vamos a ser capaces de discutir eso si estamos en una dinámica totalmente diferente y en una universidad cerrada a esta realidad?».

Siendo coherentes con estos planteamientos, la ocupación del Aula Magna se abre a la discusión y –sobre todo– se empieza a llenar de contenido con la participación de otros sectores y sus experiencias.

Y es así que se pretende seguir un proceso de reforma universitaria que ya se está gestando, pero «otra vez discutiendo entre nosotros, de espaldas a una sociedad, siendo que de esa discusión deberían participar esos sectores que están fuera de la universidad pero que son directamente afectados por el modelo de universidad que tenemos hoy», acota Ana.

Apertura social

Es importante mencionar que la (otra) universidad no la hicieron solo estudiantes de la Facultad de Filosofía UCA, sino universitarios de otras carreras de la una, estudiantes de la FENAES (Federación Nacional de Estudiantes Secundarios) y también personas de organizaciones no-estudiantiles como los jóvenes campesinos del Movimiento Agrario Popular (map), de Caaguazú.

Esta diversidad se reflejó en las actividades que se realizaban diariamente en el aula ocupada, abiertas a todo público. Análisis de coyuntura, debates sobre movimientos sociales, sobre la dictadura y derechos de la mujer fueron algunos de los temas que formaban parte de la agenda.

El objetivo era abrir espacios para discutir sobre problemas actuales y procesos que en este momento la universidad no discute. A lo que José Carlos cuestiona: «¿Por qué Moreno puede entrar en la Universidad Católica tranquilamente sin que nadie se alarme demasiado?» «Desde la ocupación pretendemos recuperar la memoria para que esto no se convierta en un espacio de impunidad y olvido».

Por su parte, Josué Amarilla, estudiante de la fenaes, dice que no ven esta lucha como algo solo para la Católica. Es más, menciona que todos quieren terminar el colegio e ingresar a la universidad pero se encuentran con muchas trabas.

Alberto Román, activista del MAP, quien estuvo ocupando el Aula Magna por un mes y medio, nos habla de cómo ve la propuesta diciendo: «Ha‘ekuéra oencara petei responsabilidad tuichaitereíva, porque kóa haœéta de provecho para toda la sociedad. Ha ndaha’éi chupekuéra fácil avei, porque haœekuéra ndoikotevei, ikatu otermina porã la icarrera. Pero oguereko pensamiento enterovéa peguarã».

Sin dudas, la discusión que produjo más contradicciones con el modelo vigente fue la del conflicto en el campo. A un panel debate organizado por campesinos nucleados en Asagrapa y la Coordinadora Departamental de los Sin Tierras del Alto Paraná, realizado en el aula ocupada, la Federación de Asociaciones de Profesores de la uc respondió con un comunicado que decía «(…) entendemos que el último acto de usar el Aula Magna como puesto de comando para un mitin político e ideológico se constituye, desde ya, en un evidente cuadro compulsivo de autoritarismo y libertinaje estudiantil y no un acto de solidaridad con nuestros hermanos del campo…» Sobre esto, José Carlos Lezcano nos dice: «Es como un monstruo gigante que está ahí y de repente le hincás y te muestra lo grotesco que es realmente. Ahí se muestra la universidad en su estado más rancio y reaccionario». Cecilia continúa la idea: «Se muestra, porque el tema es esconderse detrás de una supuesta neutralidad. Y es mentira. Hay una dirección ideológica de consolidación de un grupo de poder y reproducción de un modelo de producción excluyente que sostiene al mismo tiempo un modelo de país». Concluye que «entonces, al generar espacios alternativos, y cuando esos espacios confrontan con un modelo vigente, se desnuda la supuesta no-ideología de la universidad mostrando cuál es su opción y qué es lo que está formando.»

Desocupar para diseminar espacios de crítica

Al preguntar sobre el motivo de la desocupación del Aula Magna que se dio el 27 de octubre, Ana nos responde: «La ocupación del aula deja de tener sentido cuando se transforma en un fin; no ocupamos el aula por ocupar». Dice que la idea era realmente generar contradicción, y que esto se conquistó dentro de la universidad, puesto que se empezó a conocer la propuesta de trabajar un modelo de universidad que no solo se lleve a cabo desde la universidad. Sino «que necesariamente se debe expandir y diseminar en otros lugares».

Y sobre lo que tienen en mente para continuar con este proceso asegura que «ahora seguimos trabajando en reproducir esta discusión en otros espacios, y uno clave, con el que ahora tenemos más cercanía, son las comunidades campesinas».

Cecilia, por su lado, expresa que lo fundamental es «mantener una dinámica», y reafirma su compromiso con la siguiente acotación: «Si buscar generar crisis en el modelo de sociedad no te genera crisis a nivel de tu praxis cotidiana no estas realmente haciendo un carajo».

Por último, transcribimos desafíos que se reconocen en su último escrito las personas de la (otra) universidad y que encierran el karaku de la cuestión: «Construir una real reforma universitaria, una reforma desde el pueblo» y «contribuir efectivamente a la transformación del modelo país y no a la reproducción del modelo hegemónico dominante».

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