Un almuerzo familiar que no pudo ser

Escribe Julio Benegas Vidallet

Fotografía Juanjo Ivaldi Zaldívar

 

Una resaca ligera la mantuvo flotando las primeras horas del despertar, sintiendo más el aire fresco y el sol intenso. La noche anterior -aquel 31 de julio- había avanzado entre vinos y cervezas durante el festejo del Día de la Amistad. Angélica, activista de derechos de la Mujer, acababa de llegar de uno de sus tantos viajes. Ese domingo consagraría a su hijo y a sus sobrinas. Ese domingo había que recorrerlo sin apuros, sin preguntarse el porqué de las cosas, sin diagramas de qué hacer, cuándo, cómo. La madre había muerto tres años atrás de un cáncer de colon. El padre un poco antes. Carolina, la hermana, construía una casita en el fondo de la casa familiar. Algún día pensaba ocuparla con su hija, Soledad.

A la muerte de la mamá, los hermanos le pidieron a Angélica ocupar la casa de los padres. Ella andaba en esa historia. Aunque vivía en un departamento cerca, frecuentaba la casa. Se sentía muy parte de la historia de Carolina y  Soledad. Ayudaba en las tareas de la casa y la escuela. Reconstruir el nido familiar era un hermoso puente con su niñez de jugar vóley en la canchita de arena, de su niñez de la pelota muerta, de esperar hasta lo último para volver a la casa solo a la hora de la comida. Era un pacto sagrado: almorzar y cenar sí o sí juntos.

Ese domingo el programa estaba definido: almorzar juntos. Algunas veces,  las certezas aligeran y dan cierto sentido a la existencia.

Angélica se despertó tranquila. Se duchó sin apuros, cepilló los dientes sin prestar atención a detalle alguno, se cubrió con un pulóver rojo, cuello alto,  y un pantalón negro. Se calzó unos championes, tomó la camioneta, la arrancó, sin atender el ronco ruido del motor, y se dirigió a la casa sin distinguir nada preciso en ese cuadro de verde intenso en las hojas de los árboles, incrustados en veredas de calles empedradas y casas encimadas. Nada en ella prefiguraba ese aire fresco que subía por los barrios bajos de Trinidad desde la bahía asuncena, atravesaba los andenes del desparecido tren Carlos A. López y se metía en las entrañas de los barrios de clase media. La esperaban. La esperaban para hacer las compras del almuerzo y la merienda. Soledad también la esperaba para contar cómo había terminado las tareas escolares.

_B1C4522-2-Mirá tía, mirá. Mirá esto, mirá aquello.

En la casa la esperaban Carolina y Soledad. La esperaban su hijo, Santiago, su sobrina Melany, y los padres de Melany, de visita dominical.

Habían pernoctado en la casa de Angélica y Carolina. Se confabularon para hacerle una fiesta sorpresa a la madre de Melany, Diana, por el cumpleaños. Hugo, el esposo, que en todo el día anterior, el 31 de julio, no le felicitó por su cumpleaños, compró un lavarropas y lo depositó en la casa de la familia Roa. Allí la esperarían Carolina y Angélica con una cena y el regalo sorpresa de su marido.

Esa mañana clara de domingo, de sol sanador y aire fresco, Carolina leía el periódico en el patio. “Estar al tanto de todo”, era para ella muy importante.

La esperaban a Angélica. Sabían que de un momento a otro llegaría con la camioneta para hacer las compras del día. Al llegar fue asaltada por las sobrinas y el hijo, con abrazos y arrumacos.

Hugo, el sobrino mayor, ya tenía el carbón dispuesto debajo de  la parrilla. Nadie discutiría un asado con ensaladas. Habría que imaginarse el postre y la merienda. Allí sí las criaturas intervendrían con voz y voto sobre muchas cosas dulces. “Um”, farfulló Melany, imaginando una tableta de chocolate. “Yo quiero una torta, tía”, secundó Soledad.  “Vamos, chicas, en el camino decidimos”, argumentó Carolina.

Cuando Angélica se dirigió a la camioneta con Carolina, Soledad y Melany tomaron posesión del asiento de atrás.Diana, la madre de Melany también se acopló.

En la casa quedaron los dos varones. Santiago, ya de 12 años entonces, se quedó para ayudar a Hugo en la parrilla. O para mirar esta ceremonia adjudicada a los varones, los domingos y otros días de celebración. Algún día le llegaría el turno a él.

Entre Carolina y Angélica bastaban las miradas para definir cosas. Aunque Angélica le llevaba diez años, en el recorrido por la vida se encontraron en movimientos estudiantiles, barriales, universitarios hasta que Angélica se despuntó por el feminismo. En el “marzo paraguayo” (1999) estuvieron juntas. Carolina era más arriesgada, confiesa Angélica. “Mientras yo lloraba, ella iba hacia los petardos”. Con Carolina compartían las facciones morenas,  los lunares, el pelo ralo, voluminoso y la estatura: ambas, bajitas.

Carolina trabajaba y activaba mucho. A Angélica le preocupaba que Melany quedara sola en la casa. En los últimos meses, con los tiempos laborales más flexibles, no pasaban días sin asistirla en las tareas de escuela, la comida, el jugo y las meriendas. “Yo sentía que mi sobrina me necesitaba”, cuenta con la cabeza apoyada en la mano y el codo en la mesa de la sala, de la sala repleta de pinturas y suvenires que Angélica junta de sus viajes por el mundo.  Una foto en blanco y negro de Sebastián Salgado, de un campesino con el torso desnudo y una guadaña a los pies, sobresale nítidamente en la sala.

El Supermercado Ycua Bolaños no era el habitual de Angélica ni Carolina. El súper de la familia Roa era el Mburucuya, el comercio de ramos generales más antiguo de esta zona de Trinidad.

Antes de ir al súper había que parar en algún cajero y cargar combustible. En la conducción de su camioneta Pajera nada extraordinario se cruzó por la mente de Angélica, ninguna premonición que le hiciera temblar el alma, ni un gato se le cruzó en el camino. Ella vivía todavía ese aire de ligera resaca con el que despertó y que, segura estaba, se despejaría con un tereré de abundante Santa Lucía, perdudilla y burrito. Rescatar hierbas medicinales luego de las compras del súper era el paso siguiente de la agenda del día.

Por esos tiempos, Angélica investigaba, desde su función de enfermera y sicóloga especializada en Emergencias Médicas, la mortalidad materna. Ese domingo, sin embargo, el diseño, el diagrama y los datos no figuraban en su recorrido. Era su domingo de almuerzo prolongado, el postre, la merienda. Le encantaba que ese domingo la casa de sus padres ausentes se llenara de vida.

Ya en la camioneta fueron directo al cajero de Interbanco. Había que entrar en el súper con buena plata. Además de la comida, el postre y la merienda de ese domingo, debían comprar mercaderías para la semana. Las maniobras para entrar al estacionamiento, entre más de 300 autos, no le resultaron muy onerosas, aunque de esos detalles casi nada recuerda.

Carolina quedó con el número para la carne. Tuvo tiempo de hacer relaciones públicas. Conversó con Liz Torres y Alfredo Vallovera, vecinos, amigos y compañeros de varios emprendimientos sociales y culturales en Trinidad.

_B1C4591-2Angélica dirigió el recorrido por las góndolas. “Yo quiero aquel yogurth, tía”, dijo Soledad “Y yo ese chocolate, mamá”, exigió Melany. Yogurt, chocolates, galletitas en el carrito. Luego, las legumbres, el arroz, el fideo, la yerba, los jabones, las verduras. El carrito de supermercado estaba repleto. Carolina apareció con las carnes. Era ya tiempo de ir a caja. A esperar en la larga fila. El mundo alrededor era un gentío, agolpado, apretujado. En la cocina del patio de comida, arriba, un nudo grasiento se apretujaba en uno de los codos de cinc. Mucho aceite agolpado en las chapas cilíndricas. El humo de aceite quemado de la cocción de las marineras, las empanadas, las tartas, las pastas, los confites, las carnes de cerdo, gallinas y res asfixiaba el chupador mecánico. Hacía muchos años que no se limpiaba. Era un mecanismo hermético en el que aumentaba el calor al que los trabajadores ya se habían acostumbrado.

Eso pasaba arriba. Abajo, Carolina, Angélica, Soledad, Melany y Diana se acercaban a la caja, en una caja del medio, a bastante distancia de la salida. Diana ya la tenía de la mano, bien apretada, a Melany, de tres años, para asegurar su presencia en la caja. Para evitar mayores distracciones. Soledad, con sus 9 años, se preparaba a pasar las mercaderías a la cajera. Ayudaría luego a Carolina y su tía, Angélica, a llevar las bolsas hasta el auto.

Un poco antes de llegar a caja, Angélica se abrió de la fila en busca de la penúltima caja. Las chicas quedaron en la caja con las compras menores. Las nenas se quedaron con Carolina y Diana hasta cerciorarse de que todos los dulces pasaban la caja.

Fue en ese momento, a unos metros de su hermana y sus sobrinas, que Angélica sintió un ruido en el techo: un papel de aluminio corrugándose a gran escala. Al girar la cabeza hacia arriba, la oscuridad inundó el paisaje. Cuando corrió hacia las chicas la total oscuridad la atrapó en el gentío. Una lengua de fuego arrasó el escenario. Se tapó el rostro con el cuello de su pulóver, chocó contra un cuerpo mucho más pesado que el suyo. Entonces se echó al suelo.  Rescató su cédula de identidad de la cartera y la ubicó debajo del pantalón. “Si muero que por lo menos sepan quién soy”.  Echarse al suelo, boca abajo, y sellar en el cuerpo el documento de identidad lo hizo mecánicamente, de tanta gente que asistió en Emergencias Médicas cuando trabajaba de enfermera. Solo le quedaba por sacar del pie el calzado deportivo para que la goma no le selle heridas muy graves. Pero ella no se acordó de este detalle, sacó sus championes sí para poder moverse en el suelo, ya que sus pies estaban atrapados por otros cuerpos encima. Cuando intentó levantar la cabeza se percató de que ya no respondía de tanto humo tragado y la quemadura que le produjera de refilón esa lengua feroz de fuego que amaneció en las cocinas del Ycua. No pudo moverse un centímetro. Quedó sellada al suelo, a unos metros de Carol, Diana, Soledad y Melany.

Cuando  vio todos esos cuerpos calcinados alrededor pensó que eran manequies. Carol, Diana, Soledad y Melany fueron arrasadas por el fuego. Soledad estuvo desaparecida ocho días. Diana sobrevivió un día.

Angélica estuvo en terapia intensiva siete días, con severa intoxicación y quemaduras leves. En todo ese tiempo no perdió la conciencia.

Hoy, en este momento, sábado 30 de julio de 2016, dirige el más numeroso encuentro feminista del país, en Encarnación. “Todo, todo sigue igual, pero nada es igual. Decidí no deprimirme, no pastillearme; decidí vivir con lucidez todas las ausencias. Viven conmigo y me acompañan a todas partes”.

Los ojos se le han puesto brillosos, se seca las lágrimas, ofrece un café y muestra la foto de su sobrina, Soledad. La casa que mandó construir Carolina ya está terminada, en el fondo. Angélica y su hijo viven en la antigua casa, de los 70, restaurada.

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