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Analisis y Opinión

Tras las pistas de Singapur

es uno de esos países que queda bien poner de “ejemplo”. País chiquito, que hasta hace cuatro décadas era pobre (“más que nosotros”) y que, sin embargo, alcanzó uno de los PIB per cápita más altos del mundo.

 

Singapur es uno de esos países que queda bien poner de “ejemplo”. País chiquito, que hasta hace cuatro décadas era pobre (“más que nosotros”) y que, sin embargo, alcanzó uno de los PIB per cápita más altos del mundo, son aspectos que lo hacen atractivo para cierto discurso como modelo a seguir para un país como el nuestro. El estimado periodista Luis Bareiro, hace poco expresaba en un artículo lo siguiente: “El gran secreto de Singapur no fue la materia prima ni la tecnología ni la tierra”, sino la educación[1]. Pero a pesar de las buenas intenciones, este discurso oculta importantes elementos que deberíamos aprovechar para reflexionar -a partir de un proceso seguido por otro país- sobre lo que Paraguay necesita para alcanzar un nivel de bienestar extendido a toda la población, y un sistema verdaderamente democrático.

Singapur es una pequeñísima isla del sudeste asiático. Tiene 700 km², es solo 6 veces mayor que Asunción y tiene casi 6 millones de habitantes. Está entre Indonesia y Malasia, de quien se independendizó en 1965. Desde entonces convive no sin dificultades en medio de sus dos grandes vecinos, abriéndose a codazos un lugar en el mundo. Hoy tiene uno de los PIB per cápita más altos a nivel mundial, de más de 50 mil dólares, casi 15 veces el de Paraguay. Hasta ahí es lo que suele mencionarse. Lo que no suele decirse es que en Singapur no hay libertad de prensa, la participación política es restringida, y hoy el jefe de gobierno es el hijo de quien fuera primer ministro por casi 4 décadas.

Foto: José Tomás Sánchez

Estuve en Singapur hace poco, invitado a una reunión de jóvenes asiáticos y latinoamericanos para analizar las potencialidades de la relación entre ambas regiones. Compartimos con referentes políticos, gubernamentales, empresariales y sociales. En una conversación con la ex embajadora de Singapur en EEUU, Heng Chee Chan, sobre el proceso seguido por Singapur (y los Tigres Asiáticos), le pedí que me comentara el “secreto”, para usar el término de Luis Bareiro, del desarrollo de dichos países. Tomándose uno a uno los dedos de la mano, mostró que eran varios, y  puntualizó:

1)      “Primero, reforma agraria. Para el caso de Singapur, el sistema público de distribución de casas, asegurado por el Estado. Es la manera de elevar el nivel de vida de los trabajadores, contribuyentes, la sociedad en general”.

2)      “Segundo: equidad. Alcanzar justicia social en la distribución de recursos para que no exista pobreza. La dignidad individual es clave para una economía de mercado”.

3)      “Tercero, educación. Con fuerte inversión en educación pública, con mucha calidad. Es el segundo mayor gasto gubernamental luego del militar”.

4)      “Y cuarto, gobierno autoritario y gobierno de las leyes. A diferencia de ustedes, que usan la palabra ‘democracia’ todo el tiempo, sin una ciudadanía disfrutando un bienestar; o con gobiernos corruptos y sectores desapegados a la ley. Aquí la democracia es un proceso. Con buena gobernanza, libre mercado, bienestar y siendo duros para imponer el respeto de todos a la ley, sabemos que la democracia es un camino casi natural”.

Sus palabras me provocaron sorpresa. Le dije que reivindicar una forma autoritaria de gobierno no es común en América Latina. También le dije que por algunas cosas que mencionaba, como lo de reforma agraria y equidad, en Paraguay casi la tildarían de comunista. Abrió grande sus ojos y, sorprendida, me dijo: “Pero si esas fueron las claves para luchar contra el comunismo”.

Sin duda, la experiencia de Singapur puede estimular la reflexión sobre los desafíos que Paraguay tiene si apunta a emerger como un tigre latinoamericano. Pero tenemos que mirar más allá de los lugares fáciles, de lo contrario no tendremos una reflexión consistente. ¿Cómo vamos a impulsar la reforma agraria en este país cuasi aristocrático en la distribución de la tierra? ¿Cómo vamos alcanzar la equidad cuando los grandes beneficiarios de la economía crecen a costa de un Estado frágil y casi inexistente? ¿Podemos pensar “el problema de la educación” como un problema de recursos y no político, en su sentido amplio? ¿Qué capacidades tiene nuestra democracia y la cultura política de resolver, sin estallar, las diferencias de intereses presentes en la sociedad?

Foto: José Tomás Sánchez

Los países asiáticos están proyectándose el siglo XXI como el siglo del Asia, para pasar del actual 28% de producción de la riqueza mundial, al 52% para el 2050. Y no hay que esconder que para esa producción están muy interesados en nuestros recursos naturales y casi nada en nuestras costosas conquistas democráticas. Si no estamos listos, la inercia nos va condenar a la historia de siempre: proveedores de materias primas, crecimiento económico para las minorías, ningún bienestar para las mayorías, y, quizá, gobiernos autoritarios para sostener la desigualdad.

A la hora de pensar otras experiencias para aprender más sobre los desafíos que debemos sostener, miremos todas las pistas que nos sirvan -y las que no- para proyectarnos un futuro donde toda la población tenga una cabida digna, pero en un proceso donde a la par que buscar el bienestar económico podamos ampliar y profundizar nuestra democracia.



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