Todos somos baldosas rotas

Este mes la editorial autogestiva Aike Biene ediciones, publicó en formato plaquette “La baldosa que quería ser ladrillo”, segunda parte de la colección de relatos de César Barreto “El cálido peso de lo mundano”, que detiene la mirada sobre las existencias ordenadas por la cotidianeidad en nuestro paisaje urbano. Al respecto de la obra, compartimos una reseña crítica.

Por Cave Ogdon

Concebido como una literatura de lo cotidiano, “La baldosa que quería ser ladrillo es”, a la fecha, el relato más maduro de César Barreto. Me atrevería incluso a decir que la obra, más que continuar la serie iniciada con “La despensa de Li”, parece desprenderse y correr por su lado, al igual que una liebre felizmente liberada gracias a la imaginación.

Es un texto construido con breves retazos intercalados; una forma narrativa que ya he observado en otros relatos del autor y en la que subyace un eco de su gusto por Burroughs, con la particularidad de que, en este libro, como un equilibrista sorteando el precipicio de la creación, Barreto alcanza su propio equilibrio. No es fácil hilvanar episodios fragmentarios manteniendo esa tensión crucial para cualquier narración.

La esencia del relato es una voz narrativa, más que omnisciente, en off, al estilo cinenmatográfico; una lente registradora de formas, brillos y colores, capaz de situarse en los ángulos más impensados para observar las cosas como a través de un documental. Esta impresión se refuerza en algunos breves pasajes en los que se registran testimonios o declaraciones de personajes que transitan por la obra con sus verdades a cuestas. Sin duda, es un recurso propio de la literatura posmoderna, que recuerda un poco a autores como Foster Wallace, que incorporaron a la narrativa códigos linguísticos del ámbito audiovisual.
El caso es que este recurso de consignar literalmente palabras dichas de paso, que de lo contrario se habrían desvanecido como el humo de la ciudad, no me resulta tan interesante como la óptica del narrador, que ya he mencionado; ese ojo itinerante que ronda a los personajes tanto como se adentra en sus almas para revelarnos las motivaciones de una abnegada yuyera, de un cariñoso travesti o de un solitario estudiante iniciándose en los ritos del tabaco. Este movimiento por superficies y profundidades es, al mismo tiempo, lo suficientemente versátil como para apartarse por momentos de todo y concentrarse, en un febril zoom, en aspectos minúsculos, en detalles banales, pero dotados de significado: las antenas de una cucaracha aterrorizada, un perro hambriento, una baldosa que se resquebraja.

Es indudable que el título de la obra no es accidental, ni tampoco lo es la imagen de la baldosa que, al sostener el asiento de los taxistas a lo largo de los días, se va rompiendo lentamente, siguiendo así su inmodificable destino. En ese sentido, la baldosa es, en cierta medida, el núcleo alimentador de las historias. Hay al menos dos, entre todas las que se esbozan en el libro, que se articulan entre sí como hilos conductores de la trama. Tanto la yuyera Susi y su marido Rubén, jugador ocasional de damas, como Teodoro, fervoroso cantante de rock, son personajes cuyas vidas plantean una analogía con el simbólico deterioro de la baldosa. Los tres, a su manera, despiertan un día y cobran conciencia no sólo de que comienzan a sentirse aplastados por un peso, a veces indefinible, y que, por una razón u otra, cada uno debe sostener, sino que el peso se torna intolerable y comienza a infligir una suerte de desgarramiento.

Tapa - La baldosa que quería ser ladrillo de César Barreto

Por lo demás, en las vidas de Susi, Rubén y Teodoro, penetra de lleno el deseo de insatisfacción que Barreto, haciendo un guiño a lo delirante, asigna también a la baldosa: el de aspirar a ser algo más que le permita transformarse y trascender al mismo tiempo su condición aislada y auxiliar de sostener la comodidad ajena; ser ladrillo, no sólo por ser otro, sino para integrar un conjunto más armónico y reconciliado. Si bien este deseo es inherente a la condición humana y posee múltiples formas de manifestarse a diario, no deja de ser significativo que Barreto haya sido capaz de entrever su aparición en un paisaje tan familiar como lo puede ser un grupo de taxistas indiferentes al hecho de ir resquebrajando un objeto secretamente animado, que desea en el fondo una transformación integradora, pero que acaba quebrado en dos y arrojado como un vulgar desperdicio. En la visión de la baldosa sustituida y olvidada, no es difícil identificar una práctica naturalizada en esta sociedad veloz, consumista y deshechable. El mérito de Barreto, en ese aspecto, es sugerirnos esta crítica de la sociedad utilitaria como una posibilidad interpretativa entre muchas, sin caer en la queja panfletaria o el cuestionamiento ideológico de cierto tipo de literatura risible que suele escribirse en Paraguay para diseccionar los males del capitalismo.

Así que podríamos determinar que, en la aventura del ladrillo, asoma el trasfondo que alimenta las dos historias principales del libro, cada una de las culmina rota a su manera: Susi, convencida de que, tarde o temprano, sucumbirá al cansancio del trabajo; Rubén, aceptando el fracaso del amor, el cual representa un poco el fracaso de su burlada masculinidad; Teodoro, ajustando cuentas con el angst sartriano que lo asalta en pleno escenario y del que necesita liberarse con algo más que la música y el fervor rockero. Todos ellos, y también nosotros, fugaces lectores de esta obra en que destellan instantes conmovedores pero también descarnados, somos un poco esa baldosa destinada a ser baldosa y no ladrillo; esa baldosa que otros presionan y que va agrietándose con un insoslayable destino de ruptura.

Me gustaría pensar, sin embargo, que con esta obra Barreto nos sugiere que, pese a lo fragmentaria que puede llegar a ser la vida, hay una curiosa belleza en la condición de estar rotos. Una señal de que se ha vivido hasta la saciedad.

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