Ticio Escobar: “Sí, es duro vivir en Paraguay, pero de aquí no me mueven”

A días de la presentación de su último libro, La invención de la distancia, Escobar habló con E’a. Con respuestas sintéticas y lúcidas, uno de los intelectuales más renombrado del país reflexiona en estas líneas acerca del contenido de su último libro, de nuestra condición colonial, del guaraní y de la modernidad.

Si el lector se molesta en googlear en internet quién es Ticio Escobar, el portentoso buscador le devolverá una

«La representación se encuentra obsesionada por la distancia que existe entre la imagen y la cosa representada, pero también la que separa al observador y al artista y la que media entre éste y su obra». Ticio Escobar. Foto: Arístides Escobar.

interminable lista de informaciones y sitios donde podrá informarse del autor de “El mito del pueblo y el mito del arte” y “La belleza de los otros”. Notará también  las  innumerables y altas distinciones  que ha recibido fuera del país. Aunque reconocido en el país, Escobar es mucho más celebrado, académica e intelectualmente, afuera.

En las cinco respuestas a las preguntas que le plateamos, el autor de “El arte fuera de sí” reseña el contenido de La invención de la distancia, donde muestra, una vez más, su productiva obsesión de crítico de arte por des-cubrir ese complejo fenómeno del objeto artístico y su re-presentación. “Es imposible desear, mirar, observar una obra o una situación sin una lejanía, una separación, que debe ser regulada”, dice en este sentido aludiendo a su último libro. Además, Escobar confirma que la cuestión lingüística –la diglosia castellano guaraní- acarrea “problemas graves a nivel sociocultural” para el país.   

Ticio, este martes lanzás tu último libro La invención de la distancia. ¿Por qué das este título a los cuatro ensayos que contiene el libro?

Porque los cuatro ensayos trabajan el tema de la representación, fundamentalmente en el ámbito del arte, pero también en otros terrenos. La representación se encuentra obsesionada por la distancia que existe entre la imagen y la cosa representada, pero también la que separa al observador y al artista y la que media entre éste y su obra. Como en toda posición estratégica es fundamental medir la distancia y, cuando ésta no exista, inventarla. Es imposible desear, mirar, observar una obra o una situación sin una lejanía, una separación, que debe ser regulada. Si nos colocamos demasiado cerca, no podremos ver el conjunto o perderemos la definición de la imagen; si nos alejamos mucho, no captaremos detalles fundamentales para la organización de la forma.

El tema de la distancia parte de Walter Benjamin. Él consideraba que, para volverse democrático, el arte debía sacrificar el aura de la obra. El aura es la carga libidinal, el plus de deseo, que ilumina una cosa: para que deseemos algo, debe haber un cierto alejamiento, una sustracción que incite la mirada. Las figuras de lo enigmático y lo inquietante, bases del arte, se basan en la posibilidad de que exista una “mínima distancia”, como dice Benjamin, entre el espectador y la obra. Obviamente, si anulamos la distancia, desaparece la magia de la cosa: ya no está investida de deseo. Creo que Benjamin plantea esta paradoja para forzarnos a regular distancias. No podemos aislar el objeto y volverlo totalmente exclusivo, pues caeríamos en un concepto académico y elitista del arte. Pero tampoco podemos aplastarlo contra los ojos: no lo percibiríamos bien y, de hacerlo, no veríamos más que algo ordinario, sin ninguna atracción ni misterio, sin nada que ocultar.

La invención de la distancia, el nuevo libro de Ticio Escobar a ser presentado este martes. Foto de T. E.

Didi-Huberman, un pensador francés, trabaja el tema de la distancia distinguiendo entre “tomar posición” y “tomar partido” ante una situación. Quien toma partido, supongamos por una causa o una idea, asume un emplazamiento rígido, una distancia fija. Asume una perspectiva dogmática. Quien toma posición regula la distancia, considera opiniones distintas, diferentes criterios. Es una perspectiva crítica. El arte ‒como el amor, como el pensamiento‒ reinventa la distancia con su objeto: ni lo fetichiza ni deja de mirarlo.

El Occidente contemporáneo nos organiza muchas veces, a los que vivimos lejos de su centro y su historia europea, para que repitamos su arte, sus ideas. En este sentido, los críticos han reconocido en tus textos lo de-colonial. ¿Hay algo de esta línea de conocimiento en La invención de la distancia?

Creo que esta pregunta tuya me sirve muy bien para desarrollar el tema de la distancia. El colonialismo cultural constituye una amenaza continua para el desarrollo de formas simbólicas propias. Pero no se trata simplemente de impugnar los signos y discursos propuestos o impuestos por la  hegemonía euronorteamericana, sino de asumir posturas estratégicas ante ella: no “tomar partido” por la refutación de lo ajeno ni por su adopción servil, sino “tomar posición” ante los modelos metropolitanos para determinar lo que nos conviene o no. Hay imágenes, conceptos y medios del centro que sirven a los proyectos propios; a la causa –o las causas‒ de las culturas periféricas. Entonces, la construcción de la cultura propia se vuelve un trabajo de edición: de selección, recorte, montaje y recreación de lo ajeno en función de las necesidades y los deseos históricos locales. De regular las distancias que nos separan o nos cruzan con las formas neocolonizadoras.

Bartomeu Melià insiste en que los paraguayos vivimos una “condición colonial” de la que no hablamos, sobre la que no debatimos, porque no nos miramos. ¿Cómo es para vos este Paraguay colonial en su pensamiento y su sentimiento, en su política y en su economía?

Debemos pensar que para los indígenas, también nosotros los paraguayos somos los sostenedores del discurso hegemónico. Melià se refiere a nuestra condición de colonizados/colonizadores especialmente con relación a los indígenas. Hay escalones, sucesivas instancias de dominación y subdominación, de modo tal que los últimos peldaños de la estructura sociocultural coinciden con sistemas internos de imposición o presión, de endocolonialismo; de etnocidio, incluso. Lo que decimos para la cultura (los pensamientos y sentimientos) vale también para lo social y lo económico. Las culturas étnicas son subdependientes de la sociedad nacional en sus sistemas productivos. Eduardo Galeano habla del Paraguay como una “colonia de colonias”, en cuanto dependemos de subhegemonías regionales, pero esta figura inquietante también puede ser aplicada al interior del propio país.

Cuando uno ve bien las limitaciones de un país como Paraguay, lejos aún como sociedad y como Estado

«No hemos cumplido cabalmente el ciclo moderno». Foto de su perfil de FB.

dependientes de ingresar a los beneficios de la modernidad capitalista (digámoslo bien: tanto las derechas como las izquierdas quieren entrar de pleno en ella), esa modernidad se me presenta casi como una ilusión. ¿Cómo ves aquí esta posibilidad de modernidad en su sentido amplio?

El tema es complicado porque nosotros no hemos cumplido cabalmente el ciclo moderno, en un momento en que los paradigmas de la modernidad resultan ya caducos. Nuestra “modernidad” no sólo es dependiente, es también incompleta, entrecortada y, aun, extemporánea. Hay cuestiones como la reforma del Estado, la transparencia administrativa, la competitividad en el acceso a los cargos públicos, etc., que constituyen factores definitorios de lo público moderno y que acá aún ni avizoramos. La propia esfera pública (que incluye, obviamente, la sociedad) se encuentra hoy menguada, exhausta y decepcionada. Por otra parte, las fórmulas de una modernidad impuesta, fuera de los procesos socioculturales que la construyen y la legitiman, no pasan de constituir soluciones parciales, parches empleados para beneficio de los detentadores del poder. Un espacio público regido en clave de mercado, obviamente no puede aspirar más que a reformas aisladas, desvinculadas de todo encuadre de políticas públicas y visión de Estado.

Un amigo finlandés que estuvo por Asunción me dijo que le parecía inaudito que un idioma como el guaraní, que se usa mayoritariamente, no tenga espacios en el Estado, en la academia, en los medios de comunicación, entre los intelectuales… No podía entenderlo. Te pregunto, ¿es posible que un país entre en la modernidad si sigue negando una de sus lenguas, lo cual es lo mismo que decir que niega su propio pensamiento?    

Las graves asimetrías que escinden nuestro país determinan que constitucionalmente el guaraní sea consagrado como lengua oficial, aunque, de hecho, se encuentre sometido a la hegemonía del castellano. Esta situación de diglosia lleva a que el karai ñe’ẽ constituya la lengua del poder. Se habla y se piensa en guaraní, se manda y se decide en castellano. Nosotros tenemos problemas graves a nivel sociocultural porque somos incapaces de pensarnos en guaraní, de sentirnos y autoimaginarnos desde instancias enunciadas en guaraní o español considerados de manera igualitaria.

No creo que la consideración de la importancia fundamental del guaraní pase por el acceso a la modernidad: lo moderno es adverso a la diferencia. Pienso que la construcción de un bilingüismo, basado en la igualdad de derechos de ambos idiomas (así como de las lenguas minoritarias), requiere políticas culturales fuertes por parte del Estado y acciones autoafirmativas provenientes de la sociedad. Los tiempos contemporáneos son más generosos que los modernos con el reconocimiento de la diversidad cultural (consagrado como derecho humano básico). Vale más apelar a este contexto que a las discriminatorias concesiones modernas.

He leído un artículo tuyo donde decís que “es duro vivir en Paraguay”. Pero así como hay cosas terribles, también hay potencias, bellezas en el paraguayo y paraguaya que no vemos, cosas que nos dan fuerza para seguir construyendo este país. ¿Podrías hablarme de esas potencias que vos ves en nosotros?  

Sí, es duro vivir en Paraguay, pero de aquí no me mueven. El fulgor de sus formas y el vigor de sus entornos ambientales, la dignidad y resistencia de sus pueblos (de sus culturas, sus idiomas), así como el cándido pero inevitable anhelo de un Paraguay libre de corruptos y parásitos, renuevan porfiadamente la esperanza, a empujones a veces.

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