“Te vas a una zona peligrosa”

El asentamiento Arroyito vive su rutina campesina en medio de un acoso policial, fiscal, militar y mediático. Sobrevive con escuelas vivas, chacras de cultivos diversos y una fuerte organización basada en las antiguas Ligas Agrarias Cristianas. Reportaje.

Daniel Benítez, director de la radio comunitaria, cuidando su chacra de los loritos. Foto: Julio Benegas.

–Así que te vas a una zona peligrosa, me dijo un inesperado compañero de asiento de ómnibus a Concepción.

–Así es, le respondí, sin muchas ganas de hablar por el adormecido dolor de muela y el sueño entrecortado de esos días.

–Pero yo no creo en esa historia del EPP, narcos son los que gobiernan la zona, arremete, robándome la atención. A nadie le engañan con ese cuento, agregó, con un gesto de conocedor profundo del tema, aunque luego me daría cuenta de que era una seguridad arrobada en casi todos los temas que de un enorme bolsón de la memoria iría sacando durante el trayecto. Tenía unas ganas de hablar que, en ese momento, estimulaban e incomodaban al mismo tiempo. Habló de algoritmias, matemáticas comparadas y otras cosas de su profesión: análisis de sistema. No me pidan que recuerde nada más. Estaba ya muy cansado. El último recuerdo de él me pareció muy delicado: Me despertó pasando Yvy Yau. “Ya estamos cerca de Arroyito”, dijo, y volvió a dormir. Cuando le avisé al chofer me di cuenta que este se había olvidado de mí y entonces agradecí el gesto de mi ocasional compañero de asiento. Un desencuentro con el profesor Catalino Bogado en la ruta, a las cinco de la madrugada, hubiera sido penoso.

Marciano Jara en su moto, frente a su rancho. Foto: Julio Benegas.

Al bajar en el kilómetro 77 (77 kilómetros antes de llegar a Concepción), me sorprendí arropado por un inmenso jardín de estrellas, un silencio sagrado y un fresco que remecía mi desabrigado cuerpo. Estaba en el cruce al asentamiento Arroyito, donde, según el gobernador de Concepción Luis Urbieta Cáceres, que luego se desdijo (pidió disculpas, no lo volveré a hacer, fue una tergiversación…) se adoctrinaba a los niños y jóvenes en revolución armada en las escuelas y en el colegio técnico de Fe y Alegría (de los Jesuitas).

Cuando el 19 de febrero de este año mataron al dirigente Benjamín “Toto” Lezcano con balas sicarias que le llenaron el cuerpo, el gobernador nada importante dijo y hasta ahora la fiscalía no ha imputado ni procesado a nadie. “Siempre que le llamamos a la fiscal (Dora Irrazábal) nos dice que no tiene novedad”, me comentó el compañero Jorge González unos días antes del viaje a Arroyito.

Toto Lezcano era uno de los líderes de un grupo de sintierras que había ocupado en dos o tres ocasiones la estancia Santa Delia, de más de 10.000 hectáreas. Una tardecita, en su rancho, con la radio pequeñita en el hombro escuchando fútbol, él ahí, solito, con el torso desnudo, más de 40 balas terminaron de fijar su cuerpo en el suelo, una tardecita. Pero la fiscalía, rápida en imputar y encarcelar a campesinos por ocupaciones de latifundios, resistencia a las fumigaciones con el veneno “matatodo” (roundup, de la Monsanto), no tiene “indicios” de los responsables de la muerte de Lezcano, así como tampoco “tiene indicios” de los que mataron a Vidal Vega, uno de los dirigentes de la ocupación de Marina Kue, este campamento campesino masacrado el 15 de junio de 2012, “ni tiene indicios” acerca de los responsables del asesinato de más de cien dirigentes campesinos caídos desde 1989 en Paraguay.

Martín Carmona, Marciano Jara, Tomás Ruiz Díaz, miembros del Consejo. Foto: Julio Benegas.

Un buen lugar para vivir

El aire fresco del amanecer extendió sus buenos augurios toda la mañana. Con sus tres hectáreas para las familias y ocho de campos sociales, sus bosques, sus callejas de tierra, sus mbaysyvo, porotos, maíz, sésamo, sus capillitas de madera, su radio comunitaria, sus escuelas en todos los núcleos y su cancha principal, de un pasto verde fuerte, Arroyito es, por lejos, buen lugar para vivir y, al decir de un dirigente, avaro en palabras y muy preciso en ideas: un buen lugar por el cual morir.

La chacra social. Foto: Julio Benegas.

Arroyito está organizado en seis núcleos, como las áreas de Ciudad del Este. Los fundadores querían recrear la antigua vida campesina a plenitud. Por eso, nos comenta Marciano Jara, se pensó en las tres hectáreas donde ubicar el rancho, la huerta, frutales, las aves de corral, los chanchos, el bosquecito que recree el piro’y todo el día, y aparte, en otro lugar, la chacra y la pastura para el ganado.

Es así que en las 8.600 hectáreas viven 871 familias, alrededor de cinco mil personas, con una economía de sustento y alguna producción de renta, especialmente el mbaysyvo (tártago, del que se hace aceite de motor en Brasil), y el sésamo, un grano de gran potencial nutricional. En gran medida, se mantiene la producción agroecológica en la mayoría de los núcleos, pero en este momento, y es signo importante de los conflictos que enfrenta Arroyito, en el núcleo 6 empezó una penetración de la agricultura empresarial con granos transgénicos, de la mano, en este caso, principalmente de la comunidad menonita de Río Verde.

El modelo de penetración es muy parecido al de otras localidades: primero intentan que los agricultores se hagan cargo de la producción y con el tiempo ofertan la compra de las derecheras, cosa por demás ilegal. En una economía de sustento, además de instalarse una suerte de cerco mediático y político contra la comunidad, “la gente se ve tentada a dejar su habitad y su producción”, nos comenta Marciano. Al parecer las diferencias con el núcleo 6 han avanzado mucho porque en la reunión que mantuviéramos con el Consejo de Desarrollo Comunitario, asistieron todos los representantes de los núcleos, menos el del núcleo 6.

El pobre espantapájaros no da abasto con los ñanday. Foto: Julio Benegas.

EPP

Así como el gobernador de Concepción lanzara la temeraria acusación contra el colegio técnico agropecuario de la comunidad y las escuelas  de Fe y Alegría, Arroyito aparece siempre, genéricamente, como una comunidad que “brinda apoyo logístico” al EPP, Ejército del Pueblo Paraguayo. En una ocasión, un canal de televisión mostró la antena de la radio comunitaria como posible herramienta del apoyo logístico del “tenebroso EPP”.  Este cerco mediático contra una comunidad que vive el día a día en la chacra, en las escuelas, en las canchas, en los comercios, ha generado, con justa razón, una desconfianza tremenda hacia la labor periodística. “Ko’ápe maavéa no ñe’êmo’ái ndéve la péicha péichante”, sentencia Martín Carmona, durante la reunión con el Consejo de Desarrollo Comunitario.

Los frutos de la chacra social. Foto: Julio Benegas.

Antes de la reunión con el Consejo de Desarrollo Comunitario nos dirigimos a la chacra social del núcleo número 5 con Marciano Jara. El sendero nos lleva por un camino de mucha arena que se interna en un bosque tupido. Al término del bosque se extiende la “chacra social” (así la denominan aunque no se haya podido mantener el carácter asociativo de las tierras), donde encontramos al director de la Radio Comunitaria, Daniel Benítez, espantando una bandada de loros que se había devorado varias espigas de maíz. En los senderos de maíz se cruzan zapallos, melones y calabazas. Sin uso de agroquímicos, la lucha contra las plagas es sin cuartel. Los loritos son al maíz lo que las langostas, las hormigas cortadoras, las orugas y otros bichos a las ramas y hojas de varias otras plantas.

“Hasyve ko, pero ema’emína kóvare”, me dice Marciano y me muestra un melón, “sin veneno, alimento sano, no tiene igual”. Para la preparación de la tierra usan el tractor pequeño del colegio técnico agropecuario y  el cuidado de las plantas recorre toda la gama de la sabiduría tradicional.  Al principio mucha gente se obnubila con la plantación de semillas transgénicas, reflexiona Marciano. El veneno “matatodo” (roundup, glifosato como principio activo y un compuesto secreto, producido por la Monsanto) se encarga de todas las plagas. Luego las comunidades campesinas se dan cuenta que en dicha producción no tienen cabida, que el veneno no solo mata todas las plagas alrededor y no deja crecer otra cosa que la plantita transgénica, sino que también contamina los arroyos, provoca abortos no deseados o hace nacer criaturas con distintas malformaciones, además de ocupar muy poca mano de obra. Aunque según el vocero de la Unión de Gremios de la Producción (UGP), Héctor Cristaldo, los desastres humanitarios y medioambientales no están probados científicamente. A su criterio, forma parte de prejuicios de la gente ya que existe “forma de coexistencia pacífica entre uno y otro modelo de producción”.

Los pobladores en reunión del Consejo de Desarrollo. Foto: Julio Benegas.

De cómo sobrevive la organización

Son las cinco de la tarde. Con Marciano Jara nos dirigimos a la capilla del núcleo 3, que se yergue como un centro urbano en potencia. Allí nos esperan los miembros del Consejo de Desarrollo, pero no aparece la llave. Entonces, nos dirigimos, en motos, al local de la radio comunitaria. La sombra de árboles acompaña cada estadía. Sentados en ronda, todos los miembros del Consejo parecen tener algo que decir, pero la palabra la ofrece el presidente, don Zacarías Díaz, que ha llegado de la chacra muy sudado. La ronda es amable. Luego de las presentaciones, don Zacarías arriesga: “aty, ko aty kóa, oremantene con vida. Ante cada situación rojotopa ha roñemongueta. Nuestra organización hapo porã, upévare roikove, upévare roñemantene”.

“Siempre estuvimos en la lucha, en persecuciones, nada de lo que hemos conseguido lo conseguimos de arriba”, refuerza en su intento de explicar cómo se sobrevive con un estado de sitio de facto y  un cerco mediático. Hubo episodios que quebrantaron el ánimo general. Al asesinato de Toto Lezcano le siguió el asesinato de un poblador sordo mudo y desbordes de policías que dispararon tiros al aire en borracheras, tortura sicológica de transeúntes intimándoseles a que confiesen ser apoyo logístico del EPP, aparición de vehículos cerrados que recorren todos los núcleos o helicópteros que sobrevuelan y encandilan a personas en las chacras. “Araka’e opáta ko mba’e. Upéa che la aikuaasemía”, se pregunta Tomás Ruiz, rascándose la frente.

Neder Augusto y Catalino Bogado, en el aula de dirección de la escuela. Foto: Julio Benegas.

“La rokyhyje vea ha’e la allanamiento. Noroguerekói mba’eve roguerotî va’erã, pero rokyhyje omoírõ guarã ore rógape panfleto o armas. O planta ko hikuái la evidencia. Upéva ore jaroikuaáma”, comenta Mariana Fernández, protesorera del Consejo de Desarrollo Comunitario, del núcleo 4, de donde también era Toto Lezcano.

El consejo ha recomendado a toda la gente a ir a las chacras en compañía y evitar las salidas nocturnas. Como precaución automática ya casi nadie saca sus escopetas caseras ni para espantar pájaros, no vaya a ser que aparezcan como “poderosas herramientas” de la subversión. “No hay mal que por bien no venga”, dice el refrán, y parece asumirlo así Marciano Jara al dictaminar que este cerco de policías, militares y medios contra la comunidad les ha ayudado a dejar las antiguas rencillas en remojo y a afrontar con mayor solidaridad los ataques. En el fondo, en Arroyito se da una disputa como en varias comunidades, arropada por discurso y acusaciones neostronistas (Epp-gua, escuelas subversivas, comunistas, bolivarianos): La defensa de la agricultura familiar ante el avance de las semillas transgénicas.

El maíz, tras el paso de los loritos. Foto: J.B.

 

La bandada al asecho de la kóga. Foto: J.B.

Foto: J. B.

El mbaysyvo, o tártago, uno de los principales ingresos de los campesinos de Arroyito. Foto: J.B.

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