La resistencia viva de San Pedro

En 1991, un puñado de hombres y mujeres desafió el destierro y se hizo cargo de la historia. Desde San Pedro, donde Fernando Lugo se creó la fama de «obispo de los pobres», rescatamos la historia del asentamiento Tava Guaraní: sentido y símbolo de la lucha por la tierra y la vida en Paraguay.

Cómo llegar al asentamiento

Tava Guaraní queda aproximadamente a 370 km de Asunción, en el departamento de San Pedro, ciudad de Santa Rosa del Aguaraÿ, hecho municipio en el gobierno del pintoresco Luis González Macchi. Viajar al norte puede ser toda una odisea: el pasaje hasta el cruce de Santa Rosa del Aguaray es de cuarenta y cinco mil guaraníes y la parada, obligatoria puesto que no existe ningún transporte que vaya directamente hasta nuestro destino. De allí se toma otro que pasa por Tava Guaraní hasta el último de los trece asentamientos campesinos de la zona. El costo es de catorce mil guaraníes y tres horas de viaje.

Trabajando en Tava Guaraní

Trabajando en Tava Guaraní

Hoy día van tres colectivos hacia los asentamientos. Aproximadamente a las nueve de la mañana, a las doce del mediodía y a las dos y media de la tarde. Después, solo queda esperar que llegue el siguiente día. Los domingos el único es el de las dos y media. Si la mala suerte nos acompaña y nos deja el último de los últimos colectivos, nos sobra hospedarnos en algún hotel. En promedio, cuncuenta cincuenta mil guaraníes la noche, hasta el mediodía siguiente.

En Santa Rosa del Aguaraÿ se tiene la impresión de estar en un gran mercado. Un caos pintoresco y ágil se desenvuelve alrededor de uno. Pero una vez entrado al camino que nos lleva a Tava se acaba el cemento y el asfalto y comienzan a verse las grandes extensiones de bosques (los que quedan) intercalados con enormes plantaciones de granos, propiedad en su mayoría de brasileños.

El ka’aguy interminable

Desde el cruce de Santa Rosa hasta Tava Guaraní, esos 80 km. se sortean subiendo puentesitos puentecitos que parecen que están por desplomarse en cualquier segundo. Al costado del camino existen otras nuevas familias ocupando pequeños pedazos de tierra en sus chozas de hule negro. Todo ese recorrido de polvo era hecho a pie en un viaje de siete a ocho días por los primeros pobladores de la zona, actuales pobladores de Tava Guaraní.

Esos 80 km eran 100, porque antes, en los noventa, cuando fundaron recién lo que hoy es Tava Guaraní no existía camino alguno. Debían cruzar el inmenso kaœaguÿ, saltar alambradas y atravesar estancias para poder comprar los insumos que necesitaban para subsistir en medio de la fecunda agresividad de la naturaleza. En esas condiciones era más que prohibido enfermarse. O no se enfermaban o morían por el camino.

Aquellas inmensas dificultades parecieran hoy que nunca existieron o que desaparecieron igual que las hectáreas de robustos árboles, o quedaron ocultas bajo el polvo que levantan los colectivos y las motocicletas. Y si en algo se parecen los asentamientos con el centro urbano de Santa Rosa es en la ruidosa cantidad de motocicletas que surcan como moscas los caminos. Esa característica casi típica lo comparten con el resto de las ciudades del interior del país. Sin embargo, algo único, diferenciador, hace que Tava Guaraní se distinga de los otros asentamientos. Lo primero que uno ve al llegar al asentamiento son los rostros de Francia y de los López pintados en una pared y el del Che Guevara en una de las paredes de La Escuela de la Libertad.

La escuela con el rostro del Che

Así se llama la escuela que fundaron los pobladores y que la levantaron gracias a las horas y horas de lucha y manifestaciones, muertes y torturas. Pues, como dicen tanto los dirigentes como cualquier persona que se nos cruce por el camino, «todo lo que se tiene es fruto de nuestra lucha y no de la voluntad del los gobiernos».

En la escuela enseñan diez profesores. Algunos son habitantes de Tava Guaraní; otros vienen de los asentamientos cercanos o de Santa Rosa del Aguaraÿ. Del primer grado al tercer año de la media a los niños y jóvenes se les enseña lo que a cualquier otro de cualquier parte del país. Pero en Tava la enseñanza va también por otros rumbos. Adaptan el contenido a su propia realidad y a sus necesidades.

Elvio Benítez encabeza el equipo de Tava en un torneo entre asentamientos.

El equipo de fútbol de Tava Guaraní.

En el cuaderno del pequeño Guzmán, de segundo grado, hijo de Ursulina Díaz, conocida por todos como Loli, y de Samuel Mallorquín, se puede leer a modo de lección de caligrafía la palabra «luchar» repetida varias veces, como se hace desde siempre. Tres columnas con la misma palabra parecieran evocar el espíritu que hizo que este asentamiento prospere en medio de las más variopintas adversidades. Pues «acá la tierra no es el único problema que tenemos, heta mbaœe ko ñaikotevæ», nos cuenta Loli.

La concentración de la tierra en el país en pocas manos, el horroroso legado de la dictadura, las formas de gobiernos posibles, la historia social y política del Paraguay enfocada desde el punto de vista campesino es algo común en las aulas de la Escuela de la Libertad. Los profesores, los jóvenes y los niños se saben de memoria los problemas de la comunidad y saben también que para combatir las adversidades es importantísima la organización. Para reforzar esta certeza cada tanto se hacen talleres de liderazgo y de dirigencia de base. El mismo Ernesto Benítez, también docente, imparte estos talleres ayudado por compañeros de otras organizaciones sociales.

Temprano en el kokue

Los hombres de Tava Guaraní están curtidos en la tierra. Son fornidos y tienen un semblante severo pero amable. Las mujeres están hechas del mismo material que los hombres, cordiales y hospitalarias. Todos tienen sus tareas definidas sin ser demasiado estrictos. Como a las cinco y media, todos y todas se levantan a preparar el mate y la tortilla. Luego del desayuno, casi la totalidad de los hombres, junto con unas pocas mujeres, van al kokue que rodea el espacio urbano. Van en sus motos para preparar la tierra en donde cosechan diferentes tipos de granos, mandioca o piña según la estación. Los que quedan en el asentamiento, de diez mil metros cuadrados, se encargan de los niños, de las labores de la casa, de cuidar la huerta de autoconsumo y de los animales para luego llevar el almuerzo a los que están en el kokue. Toda la vida gira apaciblemente alrededor de la agricultura.
Al volver del trabajo se dispersan jugando al fútbol, volviendo simplemente a sus familias o, si la ocasión lo amerita, haciendo reuniones en donde discuten sobre los problemas que aquejan a la comunidad.

El asentamiento Tava Guaraní descansa bajo el inmenso cielo estrellado después de una larga jornada que se repetirá el día siguiente y el siguiente. Sin embargo, el curso que parece más que natural en la vida cotidiana puede verse interrumpido si sienten que se les está robando o violentando. Y no tendrán dudas de volver a las rutas.

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