Stroessner vive

La herencia del stronismo está profundamente arraigada en nuestra economía actual (oligárquica, mafiosa y excluyente). Opinión

Por Luis Rojas Villagra

Alfredo Stroessner. Foto: El País.

Alfredo Stroessner. Foto: El País.

Luego del golpe que derrocó en febrero de 1989 a Alfredo Stroessner, el dictador, ya en el Brasil, observando una fotografía en la prensa de las nuevas autoridades que le sucedieron, manifestó que el único que allí faltaba era él. Los que quedaron al mando del país, encabezados por su consuegro Andrés Rodríguez, eran sus hasta pocos días antes fieles colaboradores y cómplices. Stroessner se fue del país, pero el stronismo se quedó en varios aspectos fundamentales, hasta nuestros días.

La corrupción descarada, las actividades ilícitas como atajo hacia el enriquecimiento, la impunidad garantizada por el sometido Poder Judicial, la deteriorada calidad de vida de la población mayoritaria, la elevadísima concentración de la tierra fruto de la trampa y la violencia, la entrega de los intereses nacionales y la soberanía a favor de gobiernos y empresas extranjeras, el endeudamiento creciente del Estado, han sido rasgos fuertemente marcados por la dictadura a lo largo de sus 34 años, y que han quedado como una lapidaria herencia que se proyecta hasta el presente, profundamente arraigada en nuestra economía actual (oligárquica, mafiosa y excluyente), en nuestro sistema democrático (que de democrático solo tiene el nombre) y en las conductas sociales devenidas en cultura (autoritarismo, prebendarismo, servilismo, etc). Veamos algunos aspectos del stronismo como proceso histórico.

El régimen stronista representó un largo y complejo periodo de la historia paraguaya, en el que muchos hicieron su acumulación originaria de riquezas (y otros ampliaron su anterior acumulación) bajo el brazo protector del dictador, pero muchos más sufrieron los rigores de un régimen político y económico injusto y represivo.

La larga duración de la dictadura fue posible por varios factores, internos y externos. Uno de los principales fue la inexistencia en el Paraguay de una élite económica de base nacional, que cumpla el papel de clase dirigente, que conduzca el proceso de desarrollo del país. El lugar de ese empresariado ausente fue ocupado por el Estado autoritario en manos de los militares, cuya cabeza fue Stroessner. A esto se agregó la habilidad del dictador de gobernar utilizando discrecionalmente el aparato estatal para beneficiar o emplear a un sector de la población, convirtiéndolos en cómplices del gobierno mediante la corrupción y la permisividad (e incluso protección) con las actividades económicas ilegales. También fue determinante la represión, desproporcionada y ejemplificadora, hacia los sectores que se mantenían críticos con el régimen, sean estos campesinos, obreros, estudiantes, políticos o religiosos.

Esta forma de gestión del poder le granjeó al gobierno el apoyo de los principales cuadros militares, los dirigentes partidarios, la emergente burguesía fraudulenta, viejos y nuevos terratenientes, comerciantes, contrabandistas y traficantes, la mayor parte del funcionariado público, las empresas y los colonos extranjeros, entre otros, al tiempo de cortar de raíz la mayoría de los procesos democráticos y contestatarios en gestación.

Este control interno prácticamente absoluto fue posible gracias a la estratégica subordinación del país a los intereses y las orientaciones de los EE.UU. y el Brasil, para quienes Stroessner fue un leal aliado en la defensa de la democracia sin comunismo y en la apertura incondicional a los capitales internacionales, expresado en parte en el alineamiento del Paraguay a las necesidades de la burguesía industrial brasileña. Esta sumisión externa le garantizó al dictador un abundante torrente de financiamiento externo, que llegó al país desde fines de los años cincuenta hasta el ocaso del stronismo, en los últimos años de la década del ochenta.

Al mismo tiempo, en esos años el endeudamiento de nuestros países era una política geopolítica de los EE.UU., para imponer sus intereses en los países deudores. Un agente financiero norteamericano ya retirado describía esto cuando relataba los detalles de la capacitación que recibía en la década del sesenta, para sus labores en los países a donde iría: “tu trabajo consistirá en estimular a líderes de todos los países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo. En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares”[1].

La deuda externa del Paraguay en los inicios del stronismo era de alrededor de 10 millones de dólares; a la caída de la dictadura, esta deuda había llegado a casi 2.500 millones de dólares, sin contar con las deudas que el país asumió en los entes binacionales de Itaipú y Yacyretá, que superaban entonces los 10.000 millones de dólares, monto que con los años ha seguido incrementándose y que sigue siendo pagado por quienes habitamos este país hasta la actualidad.

La crisis de los enclaves forestales (yerbateros, tanineros y madereros) a partir de la década del cincuenta fue hábilmente aprovechada por el gobierno de Stroessner, en sintonía con los intereses de los latifundistas y los capitales externos, para desarrollar un amplio programa de colonización agraria, que redistribuyó tierras pero sin eliminar la concentración de la estructura fundiaria, utilizando en el proceso las tierras fiscales que el país disponía y partes de los enclaves, en proceso de fragmentación con fines inmobiliarios.

Con la colonización de los años sesenta y setenta se descomprimió la tensión existente entre terratenientes y campesinos de la zona central de la Región Oriental, mediante el traslado de miles de familias minifundiarias hacia territorios vírgenes e inhóspitos del este y norte de dicha región. La colonización stronista también dotó de tierras a militares, dirigentes políticos y empresarios amigos, quienes mediante el régimen pasaron a formar parte de la clase terrateniente, históricamente liberal, desde entonces en gran porcentaje coloradizada.

Fueron más de 6 millones de hectáreas de tierras malhabidas arrebatadas al pueblo paraguayo, al campesinado y a los pueblos indígenas, que permanecen hasta nuestros días en manos de propietarios ilegales e ilegítimos, por el origen espurio de los títulos de miles de propiedades. Según el informe de la Comisión Verdad y Justicia, algunos de los beneficiarios fueron:

 

Gral. Alfredo Stroessner 1.305 hectáreas Alto Paraná
Gral. Andrés Rodríguez 8.055 ha Alto Paraná y Cordillera
Blas N. Riquelme 4.078 ha Curuguaty
Humberto Domínguez Dibb 7.990 ha Ñacunday y Villa Hayes
Conrado Pappalardo 4.000 ha Chaco
Gral. Alcibiades Brítez Borges 10.000 ha Canindeyú
Pastor Coronel 4.476 ha
Fahd Yamil 524 ha Amambay
Gral. Roberto Knopfelmacher 8.244 ha Concepción y Chaco
Gral. Galo Escobar 1.630 ha Alto Paraná

 

El gobierno stronista realizó múltiples obras de infraestructura a lo largo de las tres décadas y media que duró, como rutas asfaltadas, puentes, hospitales y escuelas, represas hidroeléctricas, aeropuertos, fábricas de acero, cemento y alcohol, edificios imponentes como el Palacio Municipal de Asunción, entre muchos otros, pero a un costo muy elevado para el país: el creciente endeudamiento externo y la corrupción generalizada en que se realizaron.

Todas estas obras pudieron haberse hecho con prácticamente la mitad del dinero que el país tomó en préstamo para su realización de no haber sido por las enormes sobrefacturaciones, las comisiones de por medio, el desvío de fondos, el pago de intereses usurarios, las condiciones entreguistas de los tratados binacionales, etc. Las obras públicas del stronismo fueron cargadas financieramente en las espaldas de las generaciones de paraguayos y paraguayas que soportaron y sucedieron al régimen dictatorial y que las vienen pagando con su trabajo, sus impuestos y el pago de los servicios básicos desde hace varias décadas.

A la corrupción se sumó la ilegalidad de diferentes formas de acumulación, como el narcotráfico, el autotráfico, el contrabando, la evasión de divisas, la deforestación y el rollotráfico, el lavado de dinero, que dieron forma a una burguesía corrupta e inescrupulosa, ávida de acrecentar su poder e influencia económica, e insensible y cómplice con las violaciones de los derechos humanos de otras personas. Del robo de los fondos públicos y las actividades ilícitas se alimentó la naciente burguesía fraudulenta (empresaurios, narcos, contratistas, contrabandistas, especuladores, etc.), forjada bajo el stronismo y vigente hasta nuestros días, como parte fundamental de la élite dirigente del país.

 

Algunos negocios durante el stronismoGrupo Stroessner: vinculado a la explotación de juegos (casinos, lotería, apuestas deportivas, etc.). Tuvo el monopolio de dichos juegos desde 1969. Uno de los negocios de la familia fue la construcción del lujoso hotel Itá Enramada en 1974, beneficiado con exenciones de impuestos para importar materiales y equipamientos (desde mármoles hasta automóviles) del hotel. Otras empresas del grupo vinculado a los juegos eran Crown Cork Paraguaya S.A.y la Polla Paraguaya del Fútbol S.A. Stroessner también creó monopolios artificiales para sus empresas familiares, como en el caso de los alambres, prohibiendo su importación por decreto en 1968 favoreciendo a la empresa ICIERSA, o el caso de las pilas, prohibidas por decreto 19.427 de 1975, beneficiando a la empresa vinculada a su familia, Pilas Paraguayas.Grupo Rodríguez: controlaba el tráfico de drogas. Manejaba varias pistas particulares por todo el territorio nacional, desde las cuales proveía a los EE.UU. del 50% de la heroína ingresada a ese país. La ruta de la heroína era la siguiente: la materia prima iba de Turquía a Francia, donde era procesada, y enviada de forma camuflada al Paraguay, a través de alguno de los puertos del Río de la Plata. De Asunción se distribuía a las pistas clandestinas del interior, desde donde mediante pequeños aviones la heroína se dirigía al gran mercado de los EE.UU. (a través de Miami), con escalas en pistas clandestinas en zonas de los Andes y Panamá. Esta ruta había sido creada por empresas norteamericanas para el contrabando de productos de ese país hacia América Latina (cigarros, vestimenta, electrodomésticos, etc.), y con el tiempo fue aprovechada para llevar drogas desde Sudamérica al norte. El grupo de Rodríguez poseía bancos y financieras para lavar el dinero “sucio”.

Recorte periodístico que retrata a Cartes cuando estaba procesado por fraude de divisas.

Recorte periodístico que retrata a Cartes cuando estaba procesado por fraude de divisas.

Horacio Cartes: fue involucrado en el delito de evasión de divisas a través de una denuncia del representante legal del BCP, José Emilio Gorostiaga, por falsificación de instrumentos públicos (montaje de operaciones fantasmas de importación) para obtener divisas preferenciales, que sumaron 34 millones de dólares, depositados en una cuenta en Nueva York, bajo prestanombres que eran empleados de su casa de cambios, cuyos domicilios coincidían con el de Humaitá Cambios, de Estrella y 14 de mayo. En su escrito Gorostiaga señalaba que “Cartes facilitó el N° de sus cuentas a los falsos importadores para que allí fuesen remesados los dólares de tipo preferencial en lugar de ser enviados a las cuentas de los exportadores norteamericanos” y agregaba “a Humaitá Cambios le fue cancelada la autorización para actuar en cambios el 2 de agosto de 1982”, según consta en un informe de la Superintendencia de Bancos.

Fuentes: Julio José Chiavenato, Stroessner: retrato de uma ditadura, São Paulo, Brasiliense Editora, 1980; y Tomás Palau, Félix Lugo y Gloria Estragó, Dictadura, corrupción y transición, BASE Investigaciones Sociales, 1990.

La impunidad garantizada por el régimen para todas esas prácticas permitió que la corrupción y la ilegalidad sean mecanismos rápidos de enriquecimiento e incluso en muchos casos de sobrevivencia, lo que instaló toda una cultura de aceptación y legitimación social de dichas prácticas que ha quedado como herencia maldita en el inconsciente colectivo de la sociedad paraguaya. Esto ha devenido en perjudiciales actitudes sociales de aprobación y reprobación: al que tiene dinero, no importa cómo lo obtuvo, generalmente se le ofrece pleitesía; al honesto, en general, la indiferencia.

Sin embargo, el stronismo no modificó estructuralmente el modelo económico paraguayo. La economía anterior y posterior al régimen fue y es dependiente del capital internacional y la demanda externa, y está vinculada de forma subordinada y dependiente, como proveedora de materias primas para el mercado internacional y el fortalecimiento de los circuitos industriales de otros países: en los cincuenta el país proveía mediante las exportaciones de madera, yerba, tanino, carne, tabaco y algodón; para fines de los ochenta, solo cambiaron algunas materias primas exportadas, ocupando los principales lugares la soja, el algodón, la carne y la electricidad a precio de regalo.

La genuina reforma agraria, la industrialización, entre otros cambios estructurales, siguen siendo tareas pendientes como hace 60 años atrás. El desarrollo de las potencialidades productivas y organizativas de la población paraguaya, fueron postergadas por la primacía de los intereses económicos de los grupos cercanos al poder y de sus aliados situados más allá de nuestras fronteras. Las tres leyes de fomento a la inversión extranjera implementadas por el stronismo en los años 1955, 1970 y 1975, toman en la actualidad renovado impulso hacia la entrega de las riquezas y el patrimonio del Paraguay, a través de la ley de Alianza Público-Privada (APP), impulsada por el gobierno cartista, genuino heredero de la impronta stronista.

[1]    John Perkins, “Confesiones de un gángster económico”, Ediciones Urano, 2005.

Artículo elaborado a partir del libro La economía durante el Stronismo, Luis Rojas Villagra, El Lector, 2014.

Comentarios

1 Comentario

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    6 abril, 2016

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