Sólo la solidaridad nos hará libres

El intelectual argentino Néstor Kohan realizó una crónica sobre su visita en Tacumbú a los presos paraguayos que fueron extraditados de la Argentina. “Se necesitaba crear un chivo expiatorio”, dijo. “A contramano de tanta retórica humanitaria, en lugar de disminuir la cantidad de presos políticos, va en aumento”, dice una parte de su texto. Aquí la crónica.

  POR NÉSTOR KOHAN.

“Carissima mamma, no querría repetirte lo que ya frecuentemente te he escrito para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Para estar tranquilo yo, querría que tú no te asustaras ni te turbaras demasiado, cualquiera que sea la condena que me pongan. Y que comprendas bien, incluso con el sentimiento, que yo soy un detenido político y seré un condenado político, que no tengo ni tendré nunca que avergonzarme de esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido yo mismo en cierto modo, porque nunca he querido abandonar mis opiniones, por las cuales estaría dispuesto a dar la vida, y no sólo a estar en la cárcel. Y que por eso mismo yo no puedo estar sino tranquilo y contento de mí mismo”.

  

“Yo no hablo nunca del aspecto negativo de mi vida,

en primer lugar porque no quiero ser compadecido:

era un combatiente que no ha tenido suerte en la lucha inmediata

y los combatientes no pueden ni deben ser compadecidos

cuando han luchado no por obligación sino

porque lo han querido conscientemente”.

 

Antonio Gramsci: Cartas desde la cárcel a su mamá

 

¡Cómo me cuesta escribir estás líneas! A pesar de que la escritura siempre me alivia y me hace sentir bien, esta vez siento una sensación de ahogo en la garganta y de angustia en los ojos que no puedo terminar de entender. Hace más de una semana y media que doy vueltas con los libros subrayados y los materiales en la mano, los llevo, los traigo, los vuelvo a llevar y no puedo escribir. Les había prometido a los familiares de los presos paraguayos publicar sobre el reciente encuentro que tuvimos en la cárcel de Asunción, pero hay algo que me traba. Y encima ayer, mientras intento escribir en solidaridad con mis amigos y compañeros prisioneros en Paraguay, veo a medio metro cómo se lo llevan preso a Fernando Esteche, ante la bronca de su esposa que desesperada golpea el auto policial con los ojos enrojecidos por las lágrimas, rodeados ambos de centenares de militantes argentinos y argentinas de las tribus populares y tendencias políticas más variadas, desde las más institucionales hasta las más radicalizadas.

Acá y allá, en Argentina y Paraguay (con todas las diferencias del caso), la militancia popular encarcelada, los ricachones en sus barrios fastuosos y privados ostentando lujos y derrochando impunidad. Familias enteras, hijos e hijas, amigos, novias y madres del pueblo sufriendo mientras la burguesía está muy preocupada y estresada por… sus dólares mugrientos y el porvenir de sus cuentas bancarias. Cuánta mediocridad. Qué mundo cruel que nos tocó vivir.

Otra vez en la cárcel

Conocimos personalmente a nuestros amigos y compañeros paraguayos en la cárcel de Marcos Paz (provincia de Buenos Aires, Argentina) durante junio del año 2007. Sus nombres: Arístides Vera, Agustín Acosta, Gustavo Lezcano, Basiliano Cardozo, Simeón Bordón y Roque Rodríguez. Todos campesinos.

En aquella oportunidad, habíamos ido a visitar al penal de Marcos Paz a Fernando Esteche y Raúl Boli Lescano, hoy nuevamente encarcelados por el terrible “pecado” de repudiar el asesinato de un maestro. Más tarde fuimos a visitar a Roberto Martino, otro dirigente piquetero. Cada vez que vamos, a los compañeros argentinos les llevamos material de lectura. Aquella vez que los conocimos, cuando en la cárcel nos cruzamos con estos seis entrañables campesinos paraguayos, también a ellos les regalamos libros que recibieron como el tesoro más preciado.

Pasan los años… y parece que volvemos a ver la misma película, una y otra vez, en un eterno retorno de la injusticia y la irracionalidad del poder. Los mismos jueces, los mismos presos, la misma perversión de las instituciones.

Luego de aquella primera visita a Esteche y Lescano del 2007, el 30 de marzo de 2008, los compañeros paraguayos nos enviaron una hermosa carta de puño y letra. Entonces con la compañera María Victoria Prigione Greco (integrante de HIJOS-La Plata y del Colectivo Amauta) decidimos ir a visitarlos. Hubo que esperar. Había mucha solidaridad del pueblo argentino acumulada. Semana a semana distintas organizaciones  y colectivos populares esperaban su turno para conversar con ellos. Nosotros recién pudimos hacerlo en julio de 2008, cuando les realizamos una entrevista (que adjuntamos en los apéndices). Aunque organizamos mil movidas en solidaridad (incluyendo cortes de las avenidas céntricas Callao y Corrientes y clases públicas que salieron en seis canales de televisión, jornadas culturales, exposición de videos y películas, notas periodísticas que le pedimos a Osvaldo Bayer y otros intelectuales solidarios, que también adjuntamos), no hubo caso. Sin piedad los extraditaron a Paraguay, importándoles un comino su pedido de asilo político.

Paraguay, esa herida abierta

Como argentino no puedo ocultar mi vergüenza ante estos compañeros humildes y pobres que vinieron a mi patria a pedir asilo político y de manera cruel fueron ilegalmente apresados, mantenidos en cautiverio durante años y luego extraditados, como si fueran delincuentes, a las cárceles paraguayas. Otra vez la injusticia contra el pueblo pobre paraguayo. Como si no hubiera alcanzado la bochornosa guerra de la triple infamia contra ese heroico pueblo (1865-1870, ejecutada sumisamente en el siglo XIX por los ejércitos de Argentina, Uruguay y Brasil, impulsados por la mano pérfida del imperio británico que no toleraba que hubiera ríos, comercios y aduanas que ellos no controlaran). Como si no hubiera sido suficiente esa otra guerra artificial y delirante que entre 1932 y 1935 desangró y enfrentó al pueblo pobre de Paraguay contra el pueblo pobre de Bolivia por los intereses petroleros de las grandes multinacionales. Como si no hubiera sobrepasado todos los límites de lo imaginable esa mugrienta dictadura militar que aplastó y torturó a ese pueblo noble durante más de tres décadas  (1954-1989) con abierto e indisimulado apoyo norteamericano.

Si acaso todo eso no hubiera sido suficiente castigo para esta gente humilde heredera de la riquísima cultura guaraní, nuestro país, mejor dicho, las autoridades estatales de Argentina, se hicieron cómplices —traicionando el discurso de los derechos humanos que dicen defender— al haber apresado, primero, y al haber extraditado después, a estos seis compañeros que legalmente habían intentado pedir asilo político en Argentina. ¡Qué vergüenza! Y fue el mismo Aníbal Fernández que ahora recibe inexplicablemente como galardón el pañuelo de las madres de plaza de mayo quien más se movió y quien más energía puso para extraditarlos y entregarlos a la mafiosa “justicia” paraguaya. ¡Qué vergüenza! Alguna vez, cuando de verdad se de vuelta la tortilla en Argentina, y el pueblo deje de ser simple base de maniobra para convertirse en auténtico sujeto y dueño de su propia historia, no sólo habrá justicia. Tendrá que haber una reparación histórica frente a tantos atropellos, bochornos e inmundicias que se han cometido en nombre de “la libertad”, “la legalidad”, “el respeto de las instituciones” y “la democracia”. ¡Qué vergüenza que siento al verlos presos cuando tanto mediocre ricachón, tanto corrupto y tanto represor se pasea con impunidad haciendo compras suntuarias en los pasillos de los shoppings!

Pero bueno, tercos y obcecados, los fuimos a visitar nuevamente, ahora en la penintenciaría de Tacumbú, Asunción. Nos hemos reencontrado en Paraguay. Tuve que reprimir la emoción y las lágrimas al volver a verlos. A pesar de tantos años prisioneros, nuestros queridos compañeros y amigos siguen como siempre. Dignos. Altivos. Serenos. Firmes. Con la moral intacta, la mirada transparente y la frente limpia. Convencidos de la absoluta justicia de su causa, la del movimiento campesino y popular paraguayo. Uno de los pueblos más castigados, más pobres y más abnegados de este continente.

Más rejas, menos libertad

A contramano de tanta retórica humanitaria, en lugar de disminuir la cantidad de presos políticos, va en aumento. En nombre de “la libertad” y “el pluralismo”, las rejas no dejan de generalizarse. Si en el penal de Marcos Paz conocimos a los seis militantes paraguayos detenidos por defender la causa popular, hoy en la cárcel de Tacumbú nos encontramos con una nueva camada de presos políticos: las víctimas de la masacre de Curuguaty (ocurrida el 15 de junio de 2012 en Marina Kue), orquestada por la extrema derecha paraguaya y el imperialismo yanqui para avanzar sobre el movimiento campesino y popular mientras ejecutaban el golpe de estado “constitucional” contra el presidente Lugo.

Nuestro encuentro de Asunción se dio entonces con dos núcleos distintos de presos, los de antes, los que venían de Argentina, nuestros viejos amigos y compañeros ya conocidos, y los jóvenes de ahora, los de Curuguaty. Y había más presos políticos que no pudimos ver, acusados de pertenecer al EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo). Como sea y por las razones que sean, cada vez hay más presos políticos. No disminuyen, aumentan. Todos del campo popular. Mientras los yanquis tienen cada día más poder e impunidad (incluso en Asunción vimos, por primera vez, un local abierto de la USAID —una de las tantas fachada “legales” de la CIA, tristemente famosa en los últimos años en Venezuela y Bolivia— de la que tanto habíamos escuchado hablar). Ni siquiera disimulan o esconden su presencia como hacen en otros países.

Los nuevos presos políticos paraguayos, sobrevivientes de la masacre de Curuguaty, llevan la marca de la represión en sus cuerpos. Uno de ellos, tremendamente joven, tiene destrozada la boca y la mandíbula por una bala de fusil. ¿Qué campesino paraguayo maneja esa especie sofisticada de armas que deja semejante tipo de marca? Otro tiene pelada media cabeza, pero no por la moda urbana de una nueva tribu punk, sino por una herida de bala de fusil de la policía militarizada. Así marca la represión de los grandes capitales sojeros y el agronegocio a los cuerpos del campo popular: a sangre y fuego. No es metáfora. El que no sale muerto, termina marcado, herido y físicamente destrozado. Para ellos no hay estética, de esa que promueve la televisión siguiendo un patrón yanqui de belleza. Nada de “tolerancia” con los rebeldes. Palo, garrote y pólvora. Disciplina. Mano de hierro y crueldad extrema con los de abajo; sumisión, servilismo y obediencia con los de arriba. La zorra y el león de los que hablaban Maquiavelo y Gramsci, pero siempre contra los de abajo. Esa es la fórmula de la dominación a escala continental, no sólo en Paraguay.

¿De qué se acusó a los seis campesinos (la primera tanda de presos que conocimos en Argentina) pertenecientes al partido Patria Libre y al Movimiento Agrario y Popular? De haber secuestrado y asesinado a una joven, Cecilia Cubas, hija de un ex presidente de Paraguay.

La bota imperial

Estados Unidos necesitaba y necesita instalarse definitivamente en la triple frontera (Argentina, Paraguay, Brasil), mantener la base de operaciones de la CIA que de la mano de la dictadura de Stroessner dirigió el Plan Cóndor y ampliarla como base operacional del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en la región, apuntando al control de los recursos naturales (el Amazonas, el acuífero guaraní, la biodiversidad, etc).

A su vez, la clase dominante criolla, enriquecida al calor de la sumisión ante Estados Unidos y el gran capital brasileño y argentino, también necesitaba y necesita “pacificar” y domesticar el campo paraguayo para continuar acumulando capital con los agronegocios.

La conjunción de esos intereses imperiales y criollos, entremezclados con los periódicos ajustes de cuentas mafiosos, corruptos y narcos (así funcionó y funciona Paraguay durante todo el siglo XX) le costaron la vida a esta pobre joven llamada Cecilia y a muchos otros. Se necesitaba crear un chivo expiatorio. El antiguo fantasma comunista ya no está de moda. Ahora el nuevo espantapájaros es conocido como “narco-terrorismo”. Entonces la clase dominante paraguaya, con asesoramiento gringo y colombiano, inventó un supuesto vínculo entre la insurgencia bolivariana de las FARC-EP y el campesinado paraguayo. El Plan Colombia del imperio se extiende de esta manera como Plan Colombia-Paraguay. Ese libreto inventado por la inteligencia yanqui, colombiana y paraguaya no resiste el menor análisis serio y riguroso. Ni jurídico, ni político ni siquiera… literario. Esa historia parece extraída del guión de una película mala de clase B de Hollywood, de esas que se venden de oferta en la calle y suelen pasarse como relleno y para ocupar el tiempo en los autobuses de larga distancia mientras los pasajeros bostezan aburridos o dormitan. Pero bueno, con esa pantalla ridícula en enero de 2002 comenzó la persecución feroz contra los principales referentes del partido Patria Libre de Paraguay y el encarcelamiento de su dirigencia campesina (en esa fecha fueron torturados Juan Arrom y Anuncio Martí). Más tarde, en 2005, la persecución y represión contra esta organización popular se profundizó. Los jueces corruptos del partido Colorado, cómplices activos durante décadas de la sangrienta dictadura del general Stroessner, convalidaron aquel libreto de inteligencia militar y no descansaron hasta encontrar un chivo expiatorio, izquierdista y popular, de ese ajuste de cuentas mafioso.

¿En realidad qué había sucedido? Lo que realmente pasó tiene que ver con los ajustes de cuentas internos a la mafia burguesa y oligárquica de Paraguay. ¿Se acuerdan de la extraña muerte del hijo de Carlos Menem? Fue vox populi que su fallecimiento era una “muerte rara”. En Paraguay sucedió algo similar. Pagaron los platos rotos seis campesinos humildes, seis militantes populares, seis revolucionarios, nacidos del noviazgo y el enamoramiento entre la teología de la liberación y el marxismo latinoamericano. Pero era y es un secreto a voces que ese crimen horrendo de Cecilia Cubas tiene que ver con los golpes entre las mafias políticas de las altas esferas del poder.

Fue “la embajada” (la de Estados Unidos, ¿o hay otra?) la que inventó una supuesta conexión entre el movimiento popular paraguayo y movimiento popular insurgente de Colombia. Antes era el “monstruo” de la nieve rusa, ese fantasma tragicómico que supuestamente devoraba niños crudos. En los últimos años aquel “monstruo” de la blanca nieve soviética ha sido reemplazado por la más tropical y verde insurgencia colombiana. Cualquier muchacho, cualquier muchacha que se rebele, que levante su voz reclamando lo que le corresponde o que simplemente se niegue a arrodillarse ante una orden de un burócrata será acusado de ser “agente de las FARC”. Si no fuera trágico daría risa, por lo pueril, por lo infantil, incluso por lo bizarro.

Como bien señala uno de los campesinos presos, Agustín Acosta, en su libro Reflexiones políticas desde la cárcel: “Estamos presos por denunciar esta realidad, presos por querer ser libres, por educar a los humildes. Estamos presos porque somos del pueblo, somos la voz del pueblo pobre. Estamos presos porque somos coherentes con nuestro discurso, somos patriotas y pensamos días mejores para las nuevas generaciones […] Somos prisioneros de la guerra preventiva”. (Agustín Acosta: Reflexiones políticas desde la cárcel. Bs.As., El Colectivo-América Libre, 2008. páginas 64-65). Su conclusión es extensiva a todos sus compañeros, presos políticos. Están presos por luchar. Ni más, ni menos. Es sencillo, aunque duela, es sencillo.

La cárcel como escuela

Al reencontrarnos con ellos constatamos que los seis compañeros que habíamos conocido en Argentina, curtidos en la lucha contra la crueldad del sistema, ahora son como los “hermanos mayores” de los nuevos jóvenes presos. Los presentan ante las visitas, los aconsejan, los abrazan y acompañan. La fraternidad revolucionaria a flor de piel, en medio de un régimen carcelario donde sobreviven como si fueran linyeras o mendigos casi 4.000 prisioneros (en un edificio que tiene capacidad física y espacial para no más de 1.400). Miles de muchachos hacinados, descalzos, en patas, durmiendo en el cemento, sin colchón o con sólo una manta, mendigando a las visitas una moneda para poder comprar una comida escasamente digerible (en la prensa paraguaya hubo denuncias públicas de que les daban para comer carne de perros). Una gigantesca favela enrejada, una monumental villa miseria enjaulada y con barrotes.

Una imagen dantesca e infernal que es la contracara oculta de un mundo mercantil de mugre, vigilancia y control permanente, donde todo se compra y se vende, donde todo tiene un precio, donde la frivolidad de las vidrieras y el espacio plano de la imagen (fragmentada y acelerada como si fuera un video clip) pretende aplastar el tiempo profundo de la historia y la identidad colectiva de los pueblos en lucha.

En ese “paisaje” trágico de pobreza extrema, abandono y mendicidad, estos entrañables compañeros, hoy prisioneros del régimen capitalista, nos esperan sonrientes con la joya más codiciada en la mano: un libro sobre la historia del Paraguay.

La lectura y el estudio, la formación política ante todo. Entramos a la cárcel llevando de regalo bajo el brazo nuestros libros y nos retiramos… ¡con otros libros! Llevamos lo poco que sabemos y nos vamos sabiendo que sabemos muy poco. Nos retiramos con la tarea de continuar aprendiendo, seguir leyendo y estudiando los materiales que nos regalaron, tratando de seguir reconstruyendo la historia de las luchas de Nuestra América indómita y rebelde. Y dentro de Nuestra América, en particular la historia de Paraguay, un pueblo que no se resigna, heredero de una historia riquísima (mayormente desconocida) para la tradición revolucionaria.

Curiosos “terroristas” estos presos políticos que hacen un culto casi religioso y sagrado de la lectura, el estudio y los libros (uno de los compañeros presos nos confiesa que en la cárcel de Marcos Paz leyó y estudió nuestros escritos, un honor que nos llena de orgullo y emoción, eternamente agradecido).

¿Quiénes son los verdaderos terroristas, señores fiscales a sueldo de los poderosos? ¿Quiénes son los violentos, señores periodistas? ¿Quiénes son los incivilizados y los salvajes, señores empresarios, señores policías, señores militares?

Porque lo que nosotros vemos y constatamos en la cárcel, en el sótano de la prisión donde nos encontramos con los campesinos paraguayos encarcelados, es gente fraterna, solidaria, altruista, amante de los libros, el estudio y la cultura. ¿No será que los delincuentes, las salvajes y los violentos irracionales están del otro lado, fuera de las rejas de la cárcel?

Reitero la pregunta: ¿Quiénes son los terroristas, señores embajadores de Estados Unidos en los distintos países del cono sur?

Sobre Néstor Kohan

Néstor Kohan, intelectual revolucionario y militante argentino, pertenece a la nueva generación de marxistas latinoamericanos. Como parte de esta tradición de pensamiento político y cultural publicó 25 libros de teoría social, historia y filosofía. Estudió esta última disciplina y se doctoró en ciencias sociales en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde es profesor e investigador del CONICET. Milita en organizaciones marxistas desde la adolescencia. (Wikipedia)

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