Sobre el reciente desalojo en Marina Cué

Desalojo del lugar de la masacre sí, de Marina Cué no.

Imagen referencial: Lea Schwarsman

¡Carperos! Grita el encargado de la empresa de transporte. La atención de los pasajeros del colectivo se centra en el flaco de pelo largo que empieza a recoger sus escasas pertenencias.

Horas atrás el chofer y los dos acompañantes se acercaron a confirmar mi destino: ¿Marina Cué? ¿Junto a los carperos? Ahí mismo, respondo. Sus miradas me escudriñan de reojo, de arriba a abajo.

Al bajar de colectivo soy divisado al instante por tres hombres alrededor de una fogata. Oscuridad inescrutable a la distancia, sólo unas pocas luces bajo el cielo estrellado, ladridos de dos perros evidenciando mi acercamiento. Saludo, me presento, ellos hacen lo mismo mientras un joven revuelve el fideo en un brasero, me invitan a sentarme, se suceden algunas bromas seguidas de una pausa silenciosa. Analizan todos mis movimientos, cenamos juntos, comienza a descender la temperatura, entonces planteo una pregunta vital: ¡Eiii che compañero! La tensión cede en el ambiente, comienza la ronda y las historias, una suerte de catarsis e invocación de la memoria, reivindicación y reafirmación de la lucha.

¡Vero ha Pollo la osalvá paité! (Vero y Pollo salvaron la situación) ¡O salvá paité! Confirman los demás. No hace falta indagar ni mucho menos insistir, el hecho es reciente, el tema casi obligatorio.

La comitiva fiscal y la policía ingresaron sin orden de desalojo, como nos tienen acostumbrados. Llegaron hasta el frente del campamento pero siguieron de largo, alrededor de 200 caquis y cascos azules ingresaron por atrás, prendieron fuego al monte por un costado, el fuego se expandió rápidamente, varias carpas, colchones y otras pertenencias se perdieron. Muchos en su desesperación huyeron espantados, otros permanecieron en el lugar, entre éstos los dos jóvenes de Asunción que exigían en voz alta ver la orden de desalojo. Yo no necesito eso, dijo el fiscal, acá se hace lo que yo quiero, y si yo quiero se van todos presos o se mueren. Ninguna cámara pudo registrar esta fúnebre declaración. Otro hecho que quedará impune en la historia de la lucha por la tierra, por el momento, pues existen testigos. ¡Existen! Respiran, sudan, sueñan, luchan, resisten dignamente, están a mi lado al momento de escribir este relato.

Intentaron llevarse detenidos a tres campesinos, los dos jóvenes forcejean con los policías, sin orden de desalojo no pueden, vociferan. Los suben a la carrocería de una patrullera propinándoles golpes. A este también, ordena un policía de alto rango de Asunción, yo les conozco a estos dos, llévenle preso ¿Un policía de Asunción? Pues sí, un enviado especial para el caso. Para colmo, el fiscal toma sus primeros datos a una supuesta ocupante ¿A quién? A la joven, también de Asunción. Posteriormente el diario ABC se encargaría de acusarla como líder de la ocupación. Para quien todavía le quepa dudas, con este hecho queda confirmado una vez más que éste perverso diario articula su trabajo en función de precautelar los intereses de latifundistas ganaderos, narcotraficantes, pseudoempresarios y los sojeros auspiciados por el capital transnacional. Los cuatro grupos de poder, el poder real en Paraguay según el maestro Tomás Palau.

Sigue el forcejeo, los golpes, las amenazas y los gritos. Los niños lloran en los brazos de sus madres. Logra hacer descender de la patrullera a los tres campesinos. ¡No tienen orden de desalojo, no pueden llevarles detenidos, bájense compañeros! El nerviosismo escala en ambos bandos, la tensión crece en el lugar, algunos tiritan de miedo o de rabia, los policías apuntan sus armas al cuerpo de los labriegos, los campesinos aprietan con más fuerza el machete, el fuego sigue consumiendo el monte.

Con los tres compañeros liberados alzan la mirada y el instinto de sobrevivencia, evalúa sin falsas pretensiones. Contra las automáticas no se puede, como tampoco pudieron las primeras víctimas de la masacre; si no fue así que aparezcan las filmaciones que realizó la cámara del helicóptero de la policía, que hagan público el análisis forense de los policías asesinados.

De modo que van levantando el campamento, mejor dicho, recogen lo que pueden apresuradamente en medio de insultos y otros amedrentamientos, escoltados por las armas. Varios uniformados se internan en el monte con perros, el desalojo consigue el repliegue de los campesinos hacia el frente, hacia atrás la cacería recién comienza y duraría un tiempo más. Muchos lograrán escapar, algunos permanecerán en lo alto de los árboles hasta la noche sin ser detectados por el olfato canino, otros caerán presa de los agentes del Estado que actúan por fuera de la ley, que no pierden tiempo y ya los empiezan a torturar. Luego de varias horas los soltarán pero no hacia su libertad, semejante palabra implica la posesión de la tierra y estas tierras están usurpadas por  aquellos que gozan de total impunidad, aquellos que imputan sin pruebas, los mismos que encarcelan pobres y asesinan dirigentes sociales, los mismos que desde el poder real y el nuevo rumbo encarcelan al país entero y lo timonean según los designios del imperio del norte. Sobre éstos últimos mejor no explayarse. Sería en extremo redundante. Bien conocido es el genocidio y ecocidio que cometen en nuestro planeta. Bien conocida es la actual cacería que llevan adelante para capturar a sus desertores.

Pero nuestros campesinos no recibirán el asilo de ninguna embajada puesto que no piensan en huir, y si van a otro país es para trabajar, para juntar algo de dinero y volver a la lucha por la tierra.

Si el infortunio se ha enamorado del Paraguay debemos hacer justicia, y decir a su vez, que el heroísmo se hizo carne en nuestra gente, se hizo cultura en el campesinado. Así lo demuestran los hechos históricos, aquellos que hicieron frente y sobrevivieron al exterminio de la cuádruple alianza, aquellos que combatieron en la guerra del chaco, los mensús esclavizados en los yerbales, los que sobrevivieron a una de las peores dictaduras militares del cono sur. Así lo demuestran también las organizaciones campesinas que conquistaron tierras en plena dictadura de facto durante la supuesta transición democrática, así lo demuestran los protagonistas de la insurrección popular del 2002 en contra de las privatizaciones, donde cayó el dirigente campesino Calixto Cabral. Así lo demuestran hoy los familiares de los caídos en la masacre de Curuguaty, los encarcelados, los que continúan en la carpa en Marina Cué, los imputados que no se entregarán a la farsa de un juicio tosco y perverso.

Al llegar al campamento al costado de la ruta miran a los cascos azules instalarse cruzando el asfalto. Permanecen allí expectantes, frustrados en su sed de violencia. Los desalojados lanzan insultos, más que insultos verdades. Al retirarse la comitiva fiscal los policías aguardan cierto tiempo y luego se retiran. Los campesinos aplauden, se miran, se abrazan, lloran, festejan. Pero no todo es algarabía, quedan compañeros en el monte, hay que ubicarlos, contenerlos, recomponer fuerzas, analizar errores.

Vero ha Pollo osalvapaite, repiten ellos. En Brítez Cué las madres de varios jóvenes piensan lo mismo. El accionar de éstos jóvenes y el hecho de ser corresponsales de prensa sirvieron de contención para frenar un desalojo que podría haber sido extremadamente más violento. Al día siguiente de mi llegada ingresamos hasta el lugar de la masacre y el reciente desalojo, las llamas continuaban expandiéndose monte adentro. Al volver hice entrega de los materiales que fueron donados por la CONADEH-Paraguay (Comisión Nacional de Derechos Humanos), la Constitución Nacional en formato de bolsillo y manual de auxilio en derechos humanos. En ellos se especifican los requisitos y documentos que deben ser exhibidos por la fiscalía para un desalojo. Al leerlos a los compañeros la reacción es contradictoria, la ley está de nuestro lado, entienden, pero la transgresión de las mismas y la impunidad es espantosa. Durante la evaluación de la lucha por las tierras de Marina Cué salieron a relucir varias consignas. En boca de todos, entre la diversidad de las mismas una subyacía silenciosa y agazapada. Se hacía evidente con el trascurrir de sus explicaciones, irrumpía y se imponía desde la profundidad de esta tierra, de su gente, de sus mártires. Moldeaba y direccionaba la totalidad de esta lucha Una consigna, más bien, un dilema que los arrastra e incrusta a su realidad atroz como en una cruz. ¡Soberanía o muerte!

 

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