Sindulfo Agüero: una clara evidencia del stronismo sin Stroessner

Por Elisa Marecos, Julio Benegas Vidallet y Sandino Flecha

Serie: Víctimas de Terrorismo de Estado, primera entrega

La gente en el norte del país vive con miedo, al decir de Sindulfo Agüero. Foto: Sandino Flecha.

Esa mañana Sindulfo Agüero se levantó sin recordar aquella vez que, por primera vez, con su única hija, niña aún, lo habían alzado a una patrullera policial a punta de fusiles. No se acordó de los puntapiés en la espalda ni de la vez que un golpe de culatas lo dejó ciego del ojo izquierdo.

No recordó, en fin, las seis oportunidades en que lo metieron preso, en Concepción, porque lideraba la lucha por un campo comunal, el Cerrito Totora.

Una y otra vez

Aquel día de diciembre de 2010, al alba, luego de tomar el mate con su doña, abrió el granero de la organización, miró los silos, conversó con los encargados del almacén de consumo y se dirigía a su chacra cuando un gigantesco comando policial allanó la casa en busca de supuestas evidencias de que él, Sindulfo Agüero, al igual que varios integrantes de la Organización Campesina del Norte (OCN), eran el “apoyo logístico del Ejército Paraguayo del Pueblo” durante el secuestro de Lindstron.

A punto de romper la puerta, Sindulfo les dijo que tal cosa no era necesaria y se adelantó para abrir la puerta principal de la casa. Recogieron sus papeles, sus libros y, a empellones, junto otra vez con su hija, a sus 68 años, lo alzaron de nuevo a la camioneta.

“Eguapy pepe”, le ordenó recio un efectivo encapuchado, indicándole el plan barroso de la camioneta.

“Naguapymo’ái” respondió al señalar el barro rojo pegado a la cubierta.

Más tarde, ya él preso, otro comando policial y militar volvería a buscar más “evidencias” en el granero de la organización. Llevaron unas bolsas de maíz, otro indicio más de que Sindulfo Agüero y su hija, y varias personas de la OCN, eran “efectivamente apoyo logístico del EPP”.

Ahora Sindulfo usa bastón y el granero fue alquilado para taller de motos y autorrepuestos. El almacén de consumo funciona apenas para unas escasas siete familias campesinas.

“Opyta okyjyjepa lo mitã. Che katu nakyhyjéi mavavéva gui” (La gente quedó con miedo, yo, sin embargo, ya no tengo miedo de nadie), sentencia con la voz firme, haciendo garabatos en el suelo con su bastón de tacuara para explicar, entre otras cosas, como habían sobrevivido a la dictadura: aferrándose a esas tierras donde el plantó sus pies, por primera vez, en 1961, con esas idas y vueltas de la prisión, con minga entre las familias, con karu guasu, con torneos de futbol y cajas comunes para solventar gastos de enfermedad y apoyar a gentes de la comunidad que querían estudiar.

Desde sus 68 lo mantuvieron preso un año seis meses en la cárcel de Tacumbu, lejos de sus tierras, del granero de la organización instalado en un terreno que él había donado, lejos del almacén de consumo de las familias de la comunidad. Lejos de la chacra, de esas enormes plantas de mango, jacaranda y las flores del jardín. Lejos de su existencia.

Estuvo en prisión hasta ese día en que el juez Osvaldo Bonzi, el 27 de junio de 2011, resolvió que no había pruebas para llevarlo a él y otras 13 personas a juicio oral y que por lo tanto se imponía la liberación de esa gente

De urgencia, se reunió e Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados para suspender a aquel juez que había osado cuestionar las “evidencias” presentadas por la fiscalía, hoy encabezada por la señora Sandra Quiñónez.

Al salir de la prisión, Sindulfo ya se encontró con el terror instalado en la comunidad, pero remó y sigue remando para defender lo poco que ha quedado de la OCN, en su momento la más importante organización campesina del departamento de Concepción.

Pero antes de salir de la cárcel, Sindulfo Agüero había ido a una huelga de hambre de más de sesenta días, con problema de hernia y próstata encima.

Sindulfo es un hombre de profunda fe cristiana, una fe fundada en la solidaridad, en la ayuda mutua, y en el crecimiento colectivo. Se forjó en las comunidades eclesiales de base que el obispo de Concepción Aníbal Maricevich (Maricewisqui le decían los voceros del stronismo para desacreditarlo) y otros pastores habían liderado y patrocinado, en ese mismo período en que la dictadura stronista perseguía con torturas, prisiones y desapariciones a las ligas agrarias cristianas.

A sus 78 años, Sindulfo Agüero sigue escribiendo sus memorias y un pequeño tratado que él llama La fe evolucionada.

Sindulfo Agüero fue una de las tantas víctimas de la FTC, acusado de ser apoyo logístico del EPP, según relató. Foto: Sandino Flecha

“Lo que hoy vivimos es la dictadura del capital”, sentencia firme y agrega: “La fe debe evolucionar. koʼág̃a ndaha´evéima yma guaréicha” (Ahora ya no es como antes).

Al salir por última vez de la cárcel, un joven en moto lo atropelló cuando intentaba cruzar la ruta 5. Se rompió la pierna. Así, rengueando, apoyándose en el bastón, va a la casa de su hija, conversa con un miembro de la organización que ha quedado ciego por trabajos forzados con alambres, intenta limpiar el patio y ayudar en todo lo que pueda a su doña para sostener el rancho.

“Necesitamos nuevos tiempos para que broten de nuevo nuestras organizaciones. Upéva ñaikotevẽ ha upévare ñamba’apo va’erã”(Eso necesitamos y por ello debemos trabajar), remata este señor que, junto con familias de Alfonso Cue, Calle 9, Calle 10 y 25 de abril, habían protagonizado la lucha de la tierra colectiva, al consagrar, finalmente, el  Campo Comunal Cerrito Totora, que recién fue legalizado en el año 2000 por el INDERT.

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