Silencio, ha muerto un poeta: Mario Benedetti

 

 

Busquemos a Benedetti– me dijo Jacinto. Fue fantástico encontrar al cuate Rodríguez Munguía en Montevideo, tener algo loco que hacer en medio de un congreso formal con muchas seriedades.

 

–Come en un bar de aquí a dos cuadras– me dijo (sobre Benedetti) Manuel Méndez, periodista uruguayo, sindicalista con demasiadas preocupaciones, dos horas después.

 

Estábamos en el centro de la ciudad con un tiempo en el almuerzo para buscar una entrevista. Decidimos correr por las veredas estrechas, entre el caos del tránsito del centro en espera de encontrar a Mario almorzando tranquilo, acercarnos despacio a su sitio junto a la ventana, mil cosas.

 

Corrimos hasta que entramos al bar equivocado. Allí supimos del cariño con que la gente hablaba de Mario, con tanto afecto, que sentimos por un momento que es todo lo que quisiera dejar uno cuando se va.

 

Corrimos al otro bar, una cuadra más arriba. Encontramos al mozo que lo atendía siempre, que tomó el teléfono y lo llamó, le preguntó si venía, y no venía, se quedaba en casa, el frío, la llovizna, la mala salud.

 

–Vive aquí en la esquina– nos dijo. No quisimos joder.

 

Por la tarde recorríamos diarios. En La Diaria conocí a El Negro Maidana que me dio el correo electrónico de Ariel Silva, el noble secretario de Mario, un tipazo, macanudo, –Tomate otro mate.– me dice El Negro, me quedo charlando, pierdo el bondi de la delegación, nada, gané un amigo.

 

Le escribimos y la respuesta pronta de Ariel. El poeta no podría dar en ese momento la entrevista, por prescripción médica no debía hacer esfuerzos, ni siquiera hablar tanto. La salud estaba quebrada. Pero nos podía recibir, saludarnos, quizá firmar un libro. Escucharnos

un poco.

 

Camino a su departamento nos sumimos en las librerías de viejo, cada quien con un libro de Benedetti. Buscamos el último, pero elegí uno de los Inventarios:

 

No te salves

No te salves

No te quedes inmóvil al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca.

 

Jacinto se fue con El amor, las mujeres y la

vida:

 

Viceversa

Tengo miedo de verte

necesidad de verte

esperanza de verte

desazones de verte

Tengo ganas de hallarte

preocupación de hallarte

certidumbre de hallarte

pobres dudas de hallarte.

 

Después de nuevo a correr, esta vez al edificio de Michelini y 18 de Julio, hacia el departamento de Benedetti. Con el gris, con el frío, la llovizna de taladro, con el ruido de Montevideo alentándonos a todo.

 

Cuando frenamos ante el portal buscamos urgente el 702. Decía «Luz López». El dolor tenía el tamaño y el color del asfalto negro y brillante.

 

El hombre estaba sin su mujer de toda la vida, el poeta sin la musa. Algo intuimos. Mientras Jacinto preparaba la cámara en el ascensor pensábamos que iban a ser posibles unas preguntas, quitarle unas palabras, pedirle permiso. Ariel, amable, nos abrió la puerta del departamento.

Nos pidió los libros. Benedetti miraba fijo la calle Michelini, los firmó con cariño, nos miró con profunda tristeza, la más profunda que vi nunca.

 

Lloviznaron los ojos

Termino este texto y llegan más detalles. Alguna idea suelta de cómo estaba México, un comentario de nosotros de cómo sus versos habían dado tantos sueños y utopías, cuántos amores se habían construido con sus versos. Nos miraba despacio, con la calma de quien ya no espera nada más de la vida, de quien está en paz con su silencio de ese breve departamento, habitaciones de libros y recuerdos, de la tristeza, por la ausencia de Luz, mujer, cómplice y todo que murió el 13 de abril de 2006 y que dejaría un dolor tan hondo del que no se levantaría nunca.

 

El tiempo es tan raudo cuando más uno desea que se prolongue, es como saber que uno nunca está donde tiene que estar. Y nos tuvimos que ir de su espacio, y se quedó el poeta en su sillón, con su ventana, con sus visitas a deshoras, con sus recuerdos y sus dolencias. Nos fuimos con el alma llena, con esa alegría de niños. Recuerdo que apenas hablamos, que apenas dijimos nada. Volvimos al bar/café, leímos sus versos, hablamos de nuestra adolescencia, de cuando leí por primera vez Pedro y el capitán, de los amores que sucumbieron con los versos de Benedetti.

 

Las preguntas de nuestro cuestionario ya no tendrían respuesta. Todavía, meses después, llegaría otro mail pidiendo comprensión por el silencio del poeta, porque las dolencias habían vuelto y él al hospital, pero con la promesa de que en la primera oportunidad nos respondería. Pero este domingo 17 de mayo lo que llegó fue un mensaje anunciando la muerte del poeta.

 

Por Jacinto Rodríguez Munguía y Jorge Zárate

 

 

Comentarios

Publicá tu comentario