«Si sólo se trata de putas»

Acerca de la trata de mujeres y la esclavitud sexual durante la postguerra en Bosnia, denunciadas por Kathryn Bolkovac y llevadas a un libro y el cine, con el título The whistleblower.

Afiche de la película.

@SebasOcampos

«Si la policía controla a la gente, quién controla a las corporaciones», se pregunta Kiera Cameron en la serie futurista Continuum, donde el corporacionismo domina el mundo ya sin gobiernos democráticos de fachada. Kathryn Bolkovac se preguntó lo mismo hace más de una década, cuando, como policía internacional de la Organización de las Naciones Unidas, en la ciudad de Sarajevo de Bosnia-Herzegovina, se encontró con una de las más aberrantes trata de mujeres de la historia contemporánea.

Un año antes, en 1999, Kathryn sólo precisaba dinero para mejorar su nivel de vida y recuperar la custodia de su hija, quien se hallaba con su padre. Entonces su superior en la policía le planteó que se postulase para ser parte de la policía internacional de la ONU, que estaba bajo la administración de Dyncorp, una empresa multinacional dependiente de los contratos con el gobierno de los EE.UU. Si la contrataban le pagarían cien mil dólares, libres de impuestos, por seis meses de trabajo. Kathryn lo hizo. Dyncorp la contrató, al igual que a otros miles de postulantes, y al poco tiempo ella estuvo en Sarajevo, sin tener la menor idea de cómo era la realidad de esa región tras la postguerra.

Kathryn, como policía estadounidense, pensó ingenuamente que estaba formando parte de una organización que ayudaba a la gente, a mantener la paz y a fomentar la democracia para el renacimiento de Bosnia-Herzegovina. Apenas le tocó un caso de violencia familiar supo que la policía internacional no estaba ahí para eso. «Sólo monitoreamos», le dijo uno de sus compañeros. Gracias al interés de ella de hacer algo al respecto, se le nombró responsable del departamento de género. Y no tardó en enterarse de lo que en verdad sucedía en ese país. «Cuando empecé a reunir pruebas de las víctimas de la trata de mujeres con fines sexuales, era evidente que los funcionarios de la ONU de varios países, entre ellos un buen número de Gran Bretaña, habían participado de la misma. Yo estaba sorprendida, horrorizada y asqueada. Se suponía que estaban allí para ayudar, pero estaban cometiendo crímenes… Cuando les dije eso a los supervisores, ellos no querían saber nada.» De hecho, uno de ellos le dijo en una ocasión: «No entiendo por qué te empeñas tanto en estos casos… si sólo se trata de putas».

Casi todas las mujeres esclavizadas en la industria sexual de Bosnia eran traídas de Rumania, Ucrania, Croacia y Albania, entre otros países del Este de Europa, con promesas de trabajos como camareras. Pero al llegar eran entregadas a los propietarios de burdeles que confiscaban sus pasaportes. Kathryn afirmó que los oficiales de Dyncorp falsificaban los documentos para que las víctimas de la trata, con la ayuda de un transporte ilegal, pasaran a través de los puestos de control fronterizos en Bosnia. Los oficiales de Dyncorp también avisaban a los dueños de los clubes de sexo sobre las redadas.

Kathryn Bolkovac contó, cuando hizo la denuncia pública, que «las jóvenes recibían trajes exóticos de baile de los propietarios de los clubes, quienes les decían que debían realizar actos sexuales a los clientes, incluyendo al personal de la ONU, para pagar esos trajes». «Las mujeres que se negaban a realizar actos sexuales eran encerradas en habitaciones, y la comida y el contacto con el exterior eran retenidos durante días o semanas. Después de este tiempo se les decía que debían bailar desnudas sobre las mesas y sentarse con los clientes, a quienes debían recomendar la compra de una botella de champán, entre otras cosas. Si las mujeres seguían negándose a realizar actos sexuales con los clientes, eran golpeadas y violadas en las habitaciones de los dueños de los bares y sus socios. Se les decía que si acudían a la policía serían arrestadas por prostitución y ser inmigrantes ilegales».

Indignada e impotente ante esa barbarie imposible de procesar a causa de la inmunidad de todo el personal internacional, Kathryn recurrió a  Madeleine Rees, jefa de la oficina de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Sarajevo, quien no tenía dudas de que la trata de mujeres se había iniciado con la llegada de las fuerzas internacionales de la paz en 1992. «Cuando la guerra civil terminó en 1992 había toque de queda y la gente común no tenía coches o dinero», comentó Rees en una entrevista. «Sólo la comunidad internacional era capaz de llegar a los departamentos y bares, donde estaban las mujeres extranjeras a disposición.» Madeleine Ress estimó a inicios de la década pasada que había más de 900 locales sexuales en Bosnia.

Madeleine Ress presentó luego a Peter Ward, de Asuntos Internos, a Kathryn, para que su investigación siguiera con un poco ayuda. Las cosas avanzaron de una complicación a otra, de unos casos a cientos de víctimas, de unos culpables a cientos de involucrados, sin posibilidad alguna de hacer una denuncia legal al respecto.

Debido a los obstáculos puestos por sus compañeros de trabajo y superiores, en octubre del año 2000 Kathryn Bolkovac envió un correo electrónico a más de 50 personas (entre ellas a Jacques Klein, entonces representante especial del Secretario de las Naciones Unidas en Bosnia), describiendo los alcances del tráfico sexual en la región, denunciando la complicidad del personal del DPI, la OTAN, la ONU y la policía local, y solicitando a los destinatarios que hicieran conciencia o algo para no dejar impune ese crímen organizado.

Pocos días después, por supuesto, Kathryn fue depuesta y seis meses más tarde despedida por Dyncorp, con el argumento de irregularidades administrativas. En 2001, ella demandó a la empresa multinacional por despido injustificado. En 2003, cuando la denuncia ya era un escándalo internacional, el Tribunal de lo Laboral en Southampton, Inglaterra, falló a su favor y obligó a Dyncorp a pagar daños y perjuicios (con unos montos modestos). Charles Twiss, el presidente de Tribunal, dijo en esa ocasión: «Hemos considerado la explicación de Dyncorp de por qué la despidió y nos resulta completamente increíble. No hay duda de que la razón de su despido fue que ella hizo una revelación y fue despedida injustamente.»

«Después de que gané mi caso contra Dyncorp –contó Kathryn en una entrevista–, que se rige por las leyes de Inglaterra, Dyncorp comenzó a suscribir sus contratos de empleados en Estados Unidos según las leyes de Dubai, en algunos casos», pues la empresa multinacional también cuenta con una oficina ejecutiva de administración y finanzas en la famosa ciudad de los Emiratos Árabes Unidos.

De acuerdo con un informe proporcionado más tarde por Human Rights Watch, la clientela en Bosnia consistió en los miembros de la Policía Internacional de la ONU, el personal de la Fuerza de Estabilización en Bosnia y Herzegovina, los agentes de la OTAN, la policía local, los funcionarios internacionales y los ciudadanos locales.

Rachel Weisz y Kathryn Bolkovac en el estreno de la película The whistleblower. Imagen: www.zimbio.com.

Dyncorp y los contratos con EE.UU.

Gabriela Nava explica en su artículo sobre el caso de las denuncias de Kathryn Bolkovac la forma del reclutamiento establecido por la corporación contratada por el gobierno de los EE.UU. «(…) mientras en otros países dicho reclutamiento corre a cargo de los cuerpos de seguridad nacional (los Carabinieri de Italia, la Bundespolizei de Alemania, la Guardia Civil de España y la Gendarmerie National de Francia, por ejemplo), en los Estados Unidos, al no existir un equivalente, son contratistas (empresas privadas) los que, tras haber ganado la respectiva licitación, asumen esta responsabilidad. A cambio de un año (o menos) de sus vidas en un lugar sumamente peligroso, los efectivos contratados reciben un salario muy atractivo (en ocasiones varias veces su ganancia anual en casa) y algunas otras prestaciones.» Los requisitos para ser contratado por Dyncorp eran el diploma de la secundaria y tener 21 años de edad.

Dyncorp es una de las más exitosas corporaciones de su tipo (otras famosas son Blackwater, KBR-Halliburton, Pinkerton and Fluor). Dyncorp depende casi completamente de los contratos con el gobierno estadounidense, contratos de miles de millones de dólares de dinero público. Pero el éxito inmejorable de estas corporaciones se basa en realidad en la escasa regulación y supervisión bajo la cual operan, que les permite reducir sus costos al máximo sin tener que rendirle cuentas al país que las recibe, a las Naciones Unidas, ni al gobierno de los Estados Unidos.

¿Qué sucedió, por ejemplo, con la corporación Dyncorp tras las denuncias comprobadas de Kathryn Bolkovac? Debió pagar unas multas, sin dejar de ganar multimillonarios contratos con el gobierno estadounidense,  cuando éste invadió Irak y Afganistán y envió tropas a Haití.

A su vez, las denuncias continuaron. En 2008 se habían documentado 29 casos en los que se acusaban a Dyncorp, KBR (Halliburton)  y Fluor de soborno con agravantes, fraude y lavado de dinero, entre otros delitos.

De las denuncias al libro y al cine

Kathryn Bolkovac hizo la denuncia pública en el año 2000. Cuando Dyncorp la despidió, fue a la BBC de Londres a contar su testimonio documentado al mundo. Luego se convirtió en portavoz internacional de los derechos de las víctimas de tráfico sexual y escribió el libro autobiográfico The whistleblower: sex trafficking, military contractors, and one woman’s fight for justice (La informante: tráfico sexual, contratistas militares y la lucha de una mujer en busca de justicia), que en 2010 fue llevado al cine por la directora Larysa Kondracki.

La película –titulada The whistleblower y conocida en España y Latinoamérica como La verdad oculta y Secretos peligrosos– cuenta la historia de Kathryn Bolkovac (interpretada por Rachel Weisz) en Bosnia y la de una de las jóvenes víctimas del tráfico sexual. «Todo lo que se muestra en esta película se produjo, y se sigue produciendo hoy en día», afirmó Kathryn este año.

El filme fue proyectado en las Naciones Unidas y obligó al secretario general Ban Ki-moon a abrir una mesa redonda sobre la explotación sexual y el abuso en situaciones de conflicto y postconflicto. La cineasta Larysa Kondracki y los altos funcionarios de la ONU hablaron de las cuestiones planteadas en la película, incluso del tráfico humano y la prostitución forzosa, así como de los esfuerzos de la Organización para combatir la explotación sexual de mujeres y niños.

El resultado, a pesar de unos tibios cambios de la ONU y los EE.UU., es el mismo (se estima que cerca de 2.5 millones de personas son traficadas en el mundo). La cuestión de Kiera Cameron y Kathryn Bolkovac, en consecuencia, se mantiene intacta: «Si la policía controla a la gente, quién controla a las corporaciones», mientras en varios países en conflicto y postconflicto los peacemakers (los agentes de la paz) aún trafican y esclavizan a las mujeres como putas.

Fuentes:

http://rense.com/

http://www.huffingtonpost.com

http://pogoblog.typepad.com

http://pijamasurf.com

http://en.wikipedia.org

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