Semanas santas eran las de antes

Estos días disparan en la memoria de la gente mayor los chipa’apo, los kaay he’ê, el silencio sepulcral de los Viernes Santo, el karu guasu, la visita a las madrinas. En los “recontra asuncenos” el recuerdo de los campamentos, la exploración de bosques encantados, las obritas de teatro…A los completamente desterrados, la angustia de cómo pasar el arete puku.

 

Pakova rogue ári oike la chipa tatacuape. Foto de Dani Gómez.
Pakova rogue ári oike la chipa tatacuape. Foto de Dani Gómez.

-Areko Ben Hur puahuete-, dice Julio González. Sonríe y mueve una de las piezas de la dama.

Bueno, egueru chéve-, parece escucharse del otro lado del teléfono.

-Ha peteî de karate avei. Aguerahata ndeve 100 mil repy por lo menos- aprieta Julio, con un cigarrillo que remoja entre los dientes.

-Hetáma upéa, pero reguerúkatu jahecha.

Julio González (Kambela, para sus muy conocidos y Rubio, para el resto) aprieta los números antes de que lo allane Miércoles Santos. La mayoría de sus clientes (funcionarios públicos) irá a los pueblos del interior o se recluirán en sus casas a partir del Miércoles Santo.

-Hendýta hína ko arete puku-, murmura, acomodando otra pieza de la dama, en la Plaza de la Libertad, adonde transcurre sus siestas de descanso luego de vagar por el microcentro asunceno y alrededores ofreciendo cedés.

-Chakeko ne’íra apagapa préstamo mitai útilekuérare-, remata este hombre de 38 años, robusto, de cabellos castaños. Pero luego, orgulloso, cuenta que a su hija, del cuarto grado, nadie le supera en Castellano y Matemáticas y “que todo cinco luego” trae en su libreta.

-Upéicharo igusto ñamba’apo-, interviene Ramón, apurando el mazo sobre los yuyos del terere.

Es Lunes Santo. Un día fresco, de sol cálido. Algo de humedad en las ropas, en las paredes y restos de aguadas por la extendida lluvia de fin de semana. Es Lunes Santo, un lunes de apetencia para los huelguistas de Curuguaty, ya con prisión domiliciaria;  lunes de imaginarse qué hacer y dónde ir para la gente colgada de los días sin sentido. También lunes de apurar el trabajo para no dejar nada que perturbe el descanso desde el Miércoles Santo, tarde. Es decir, un lunes para apurar –también- este reportaje.

Ya sin los chanchos, las vacas, las gallinas y los cultivos de su niñez en Villa del Rosario. Ya sin sus miércoles Santo de amasar el almidón y el avati con sus hermanas. Ya en el recuerdo muy vago la imagen de su padre apurando el tatacua. Ya sin más gente a la que visitar en el campo, ahora, la Semana Santa para Kambela es un arete puku de resignada angustia, aunque “ñamba’apóramo siempre oî la ja’u vaerâ”.

La memoria

“Pero mirá dónde vengo a recordar estas cosas”, suelta, por su parte, Natalia Ferreira, al atropellarse en la memoria casas embrujadas (deshabitadas), conejos, islas escondidas, exploración de bosques. En la Semana Santa andaban en manada de niños y adolescentes, de seis a catorce años. Ella, “recontra asuncena”, así recuerda su infancia durante los días de Semana Santa, en Patiño, Aregua, cerquita del Lago Ypacaray adonde iban con sus primos de campamento. “Hacíamos obritas de teatro, ja. Mirá dónde vengo a recordarlo. En mi niñez quería contar historias, quería ser escritora. Bue, por lo menos, soy comunicadora”.  Ahora, la Semana Santa es “descanso, estar con la familia, primer fresquito, comer rico, encuentro”.

 

Un viaje a la infancia montaraz

Laura Viveros, a la izquierda, compartiendo con una amiga sus 33 años.

Laura Viveros, a la izquierda, compartiendo con una amiga sus 33 años.

Laura Viveros, también comunicadora, ha intentado cerrar todas las cosas pendientes para tomarse su descanso ineludible y su retorno al recuerdo infatigable de Semana Santa, con su familia, en el pueblo de Curuguaty. Los días previos de la Semana Santa, su vida, con una hija de cinco años, es un ayer permanente. “La Semana Santa, para mí, tiene un significado muy emocional. Es el momento donde se reúne la familia. Los que viven lejos vuelven. Se comparten tiempo, comida, conversaciones, debates, discusiones. ..Durante el año estos encuentros familiares no son frecuentes “porque todos estamos lejos”.

Se le encienden la memoria y los ojos al recordar su niñez de chipa apo de los Miércoles Santo, el intercambio de chipas con los vecinos y los tatacua encendidos. “Como cinco en una sola cuadra. Espectacular”. Y el estrés de mamá “porque papá hizo mucho fuego y se va a quemar su chipa…”

Otro poderoso recuerdo de infancia es el silencio sepulcral de los Viernes Santo. “Ni ruido había que hacer, total silencio. Se respetaba. Cosa que con los años desapareció”.

Ahora, Victoria, su hija, también está haciendo “sus chipas de palomita y jakare”.

En su vida de niñez, la pascua no tenía el signo del consumo, de los regalos, de los huevos de chocolate, pero recuerda que sus amigas y vecinas visitaban con un presente a sus madrinas. “Es simpático, pueden no verse un año. Pero ese domingo todos bañaditos –los ahijados- aparecen con sus regalos”.

-Qué hermoso gesto

Sí, mi tía tiene un montón de ahijados y se re prepara. Van cayendo a pasar el día.

Aun con 33 años, su niñez la pasó en Curuguaty que ahora “no es ni sombra de lo que era. Cuando mi mamá fue por primera vez en los ‘80 había jaguaretes de noche. Se escuchaba en mi casa. Y los guajaki eran jodidos. Estaban los mbya y los ache que son gente pacífica. Pero dicen que los guajaki mataban a quien les jodía. Eran sanguinarios. Violaban mujeres. Eso decían. Decían que robaban a la gente que venía a caballo de hacia Santani”.

Depurarse en aguas del río

Adrián Morínigo, con la guitarra, compartiendo una peña en Concepción.

Adrián Morínigo, con la guitarra, compartiendo una peña en Concepción.

El cantor alberdeño Adrián Morínigo es alguien que conoce de raíces, de memorias, de tradiciones de su ciudad. Amigo de las peñas, del encuentro con sus ex compañeros e imagen infalible de ese río Paraguay que gambetea su pueblo, Alberdi. El nos cuenta que desde la niñez, durante la Semana Santa, siempre hubo una mezcla bárbara entre supersticiones y creencias religiosas como no correr y  no jugar “con el temor de ser castigado por un Dios, “en una confusa comprensión de como lo que es un Dios que ama y castiga”.  Recuerda esos días por la visita de kilómetros entre los amigos. Recuerda los Viernes Santo a los  parientes jugando barajas y a las mujeres tomando mate amargo o ka’ay he’e. Pero acá un dato extraordinario de su experiencia del Ara Santo. En Alberdi, ya jóvenes, la costumbre era bañarse los viernes de madrugada en el río. “Eramos un grupo de 15 personas que nos íbamos al río para darnos el primer baño del Viernes Santo. La creencia era purificarse y gozar de buena salud”. Rememora que generalmente llovía o hacía frío. “De igual modo nos íbamos…”

La profunda raíz campesina

Los estacioneros. Recreación antigua del martirio de Cristo. Fuente: Portal Guarani

Los estacioneros. Recreación antigua del martirio de Cristo. Fuente: Portal Guarani

Los ritos de Semana Santa de nuestro pueblo tienen una matriz profundamente rural. Esa matriz se encuentra en la actualidad en descomposición por la progresiva desaparición de la agricultura familiar frente al avance de la agricultura mecanizada. Para la gente que aún mantiene ese vínculo con sus familias en el campo, la Semana Santa tiene ese aire extraordinario del reencuentro y una dinamita que explota en la memoria. De las antiguas tradiciones religiosas, que en varios pueblos se recrea con particularidades, es bueno destacar que la paulatina desaparición del sentimiento religioso –de lo absoluto e inapelable- no es novedad. Luego de 25 versos con los que recorre las antiguas tradiciones cada día de la Semana Santa, Emilio R. Fernández nos decía: “Peguatána peheka/ áĝa umíva omoporâva/ ko’â mitâ ko’aĝaguáva/ ni bendito-pa oikuaa”.

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