Santo guerrillero: el zapatero muerto que hace milagros

Pitillos (fotos Gentileza de Expedicion Tv)

Rubén Macedo, de tez blanca, estatura media, de mucho hablar, nervioso, fácilmente iracundo, nació en Santa Clara, compañía de General Elizardo Aquino, departamento de San Pedro.

Era zapatero. Es uno de los 7 hijos del segundo matrimonio de Don Mauricio Macedo, agricultor y ganadero de origen brasileño que llegó a cultivar 17 herederos. Tras terminar la primaria, Rubén fue a estudiar a Asunción e hizo el cuartel, donde llegó a cabo primero de marina. De allí, se fue con una hermana a trabajar al Brasil, donde ejercía su oficio.

La navidad de 1959 no llegó a su casa como había prometido, dejó sus documentos en lo de su hermana en el Brasil, y nunca más se supo de él. Sólo rumores.

Cosas milagrosas

Se hablaba de la guerrilla del 14 de mayo, «amenazaron a papá, le dijeron que si no se entregaba lo llevarían a él», afirma Darío Macedo, quien encontró a su hermano luego de 47 años de búsqueda, en el 2006. Darío sigue viviendo en Santa Clara.

Amado, Darío, Isidro, Marina, Lidia, Leonor (hermanos)

Un día llegó un amigo de la familia que trabajaba en la zona del Alto Paraná, y les contó que la cruz de Rubén, su tumba, estaba por allá en Paranambú, que curaba enfermedades, dolores de muela…

El primero en viajar fue Darío, luego un colectivo alquilado llevaría a 36 familiares hasta el lugar. Hoy sus 6 hermanos siguen vivos. «No me pidas (que recuerde) porque voy a llorar, fue una impresión muy fuerte, habré tenido 13, 14 años cuando se fue».

«Costó mucho porque no se puede creer lo ocurrido, y la forma, uno nunca está seguro, quiere verle al pariente», recuerda Amado Macedo, otro de los hermanos que actualmente vive en General Elizardo Aquino, San Pedro.

Los hermanos encontraron en la tumba papeles pegados a la cruz con expresiones de agradecimiento, muchos de estudiantes, por cuestiones de salud, por las notas escolares, por el trabajo. «Trajimos la primera cruz, la del 60, por lo visto ese año lo mataron», dice Darío. «La gente le quería, todos decían la misma cosa, contaban cosas milagrosas (…) Ese consuelo nos queda».

La gente decía que les pertenecía a ellos, los familiares plantearon llevarse las cenizas, pero se opusieron los pobladores. «Acá va a haber una guerra si le quieren llevar, él es nuestro», les dijo un poblador según Amado Macedo.

Cigarrillos en candelabros (Gentileza de Expedicion Tv)

Reconstruyendo la historia

Nos pintaron que fue un martirio feroz, que inclusive le dieron oportunidad de escaparse, pero que no quería traicionar su ideología, que no podía, dice Darío.

Amado por su parte recogió la versión que un paisano de Rosario que se hizo comisario en la zona fue el que lo tomó prisionero, un conocido de la familia de apellido Shellman. Según le contaron, Rubén habría estado con documentos brasileros (había dejado los suyos en Brasil), y que lo iban a dejar escapar, pero cuando se iba, Shellman le preguntó si no conocía a Mauricio Macedo, «fue un anzuelo» dice el hermano.

Amado Macedo, quien llegó a ser suboficial mayor principal de marina, también fue fichado como rebelde por el régimen de Stroessner desde antes de la historia de su hermano. Estuvo más de un año y medio preso en Peña Hermosa, aquella pequeña isla del rio Paraguay que se hizo pesadilla para muchos presos político. Lo involucraron en una rebelión, y aparentemente con el movimiento 14 de mayo. Dice que no era cierto, que lo acusaron por liberal. Lo llevaron a investigaciones donde conoció la «pileta», técnica habitual de tortura mediante descargas eléctricas de la policía de entonces. Allí dice haber llegado a ver al tal Shellman, quien habría matado a Ramón.

Amado deduce que su apresamiento fue el motivo que llevó a su hermano a involucrarse en la guerrilla, que fue justamente en el periodo de su apresamiento: 58-59-60. Le llegaron a relatar que su hermano, en Brasil, invitó a un amigo para ir a la lucha. El amigo le preguntó «¿Por qué si estamos bien?», y Ramón le habría contestado, «mi hermano está preso, algo tengo que hacer».

«Siempre decía que estaba luchando por la Patria», dice Darío, desde el otro lado del teléfono.

Mientras los cigarrillos se deshacen en cenizas, Rubén Macedo, ajetreado en tareas milagreras, sigue guardando su secreto en tierras del Paranambú, allí donde el Paraná resuena.

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