Rutas sudamericanas

Por Sergio Job *

Tempranito en la mañana, mientras leía (una vez más) al buen Rodolfo Kusch, volví a una conversación en un escalón de madera cruda, allá en una comunidad del interior de Paraguay, de la pobre y hermosísima provincia de San Pedro, en el centro del país hermano. Rodeado de un verde intenso, con caminitos de tierra roja, ranchos de madera, y un pueblo dignísimo de piel cobre que ganó esas tierras luchando con armas en las manos, y luego decidió no tener policía, ni jueces, ni nada del Estado, excepción hecha a un sueldo para los docentes de la escuela que ellos mismos construyeron y administran. Ahí, en ese paraíso que se llama Tava Guarani, donde cada quien tiene su kokué (quinta) de 10 hectáreas, donde todos te saludan amablemente “M´baetecó”, “M´baiyapá” cuando te ven por ahí, donde los tiempos son otros, la naturaleza grita y te abraza a cada instante; ahí, me enseñaron (entre otras cosas) a entender realmente qué significa eso de que “todos los caminos conducen a Roma”.

Ernesto se sentó a mi lado cuando el sol caía, y mientras yo cebaba un tereré tras otro, él hablaba. ¿En serio nunca te fijaste en el mapa de las rutas de américa del sur? Y yo la verdad que no, apenas si lo usaba cuando andaba de mochila, pero nunca el mapa entero, nunca desbordé esos cuadrantes en que uno dobla el mapa cuando anda viajando, para ver hasta dónde es posible que el próximo camión que frene, te pueda acercar. Esa costumbre tan nuestra, tan citadina, de no ver más allá de nuestro siguiente destino, de no ver nunca la totalidad. Entonces Ernesto, actuando una leve sorpresa, agarró un palito y se puso a dibujar en la tierra.

Mirá, todas las rutas del Paraguay van desde los pueblos a la capitales de cada provincia, y desde estas hacia Asunción, y de ahí por una ruta o por río, se va a Buenos Aires. Ahora también algunas rutas salen directamente hacia San Pablo, pero la cosa es igual. Y desde ahí, sea Buenos Aires o sea San Pablo, derechito al norte, a Europa o Estados Unidos ¿Por qué? Por la sencilla razón que no existe ninguna ruta que haya sido hecha para las personas, sino para las cosas, para poder llevarse lo más rápido posible todo de nuestra tierra.

Y mientras Ernesto hablaba, y mientras con la ramita dibujaba en el suelo los mapas de las rutas, en mi cabeza se iban reconstruyendo los caminos que había recorrido, se iban ensamblando los fragmentos que nunca había unido, se iban dibujando una tras otras esas rutas que, ahora veía con claridad, eran las venas por las que Nuestra América se desangraba. Y Ahí estaba Buenos Aires, ese pulpo con los tentáculos de rutas que llegaban, siempre llegaban al puerto, por donde todo se iba, una y otra vez, gota a gota, a borbotones, y por ahí se iba la sangre, el sudor, el esfuerzo de un país, de un subcontinente. Me sentí tan pero tan estúpido. Años de estudio, de lectura, de “pensar” la historia, de enfrentar un sistema que nos mata, de recorrer una y otra vez estas rutas de esta tierra tan mía, y nunca me había dado cuenta de algo tan obvio y fundamental. Ese día algo importante cambió dentro mío, esa revelación (quizás obvia para muchos), fue uno de esos momentos bisagra en la forma de ver y entender el mundo, en la forma de estar en él.

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* Sergio Job es integrante del Colectivo de investigación “El llano” y militante del Colectivo Güemes en el Encuentro de Organizaciones de Córdoba.

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