El poder de los granos

Argentina produce alimentos para más de 300 millones de personas. Tiene poco más de 40 millones de habitantes de los que 12 millones son pobres. Tiene las tierras concentradas en pocas manos y la injusticia asomándole a minutos del obelisco. Sólo 936 propietarios controlan 35 millones de hectáreas, a razón de 38.000 cada uno, mientras casi 150.000 propietarios tienen 2.200.000 has, a razón de sólo 16 cada uno. Tiene 330 mil productores agropecuarios, 220 mil tienen menos de 100 hectáreas y de esos 110 mil que quedan sólo 80 mil producen soja y son mayoritariamente pampeanos. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner pretendió obtener, a través de unos impuestos llamados retenciones, 15 mil millones de dólares de la renta por las exportaciones de soja y derivados; en mayoría, para destinarlos a la construcción de hospitales, viviendas y para el apoyo a la agricultura familiar campesina a través de las retenciones móviles.

Por una incomprensible torpeza del gobierno, que no supo diferenciar productores medianos de grandes exportadores, consiguió el extraño efecto de aglutinar las protestas de medianos productores, las trasnacionales del agro y los representantes de los más grandes propietarios de tierra en contra de la medida.

Fue un debate social largo, más de 4 meses y medio, donde el afán redistributivo del gobierno capituló en el senado con el insólito voto en contra del vicepresidente Julio Cleto Cobos.

«No nos entendieron», dijo la presidenta, mientras se fracturó el Partido Justicialista de gobierno y se alió un arco de oposición de fuerzas de derecha a izquierda que se cree seguro victorioso para la contienda de la renovación parlamentaria del 2009. Habló para un sector de clase media que hizo la bisagra a favor de las entidades del campo, alentados por la corrupción del gobierno, la conducta de algunos funcionarios y «la prepotencia de la presidenta». Llevará tiempo volver a intentar una medida de este tipo en Argentina, respiran tranquilos los dueños en el país vecino, en la región, en las sedes de las multinacionales del agro. Algo positivo: se volvió a discutir la propiedad de la tierra como no se lo hacía desde 1974. Surgió el Frente Nacional Campesino y se volvió a hablar de reforma agraria. Entre tanto, como decía Atahualpa Yupanqui: «las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas».

Razones

Hay muchos que dicen que el gobierno falló a la hora de las razones. Es posible. También es cierto que el pool sojero es el primer anunciante privado de Argentina. Por ejemplo, no se hizo mucho por reproducir esta voz que llegó desde el Brasil. Luis Carlos Bresser Pereira fue ministro de José Sarney y Fernando Henrique Cardoso y dijo en el Folha de San Pablo, que el gobierno argentino enfrenta «una batalla decisiva, no solamente para su propio desarrollo económico, sino para el de todos los países latinoamericanos que todavía no comprendieron que la enfermedad holandesa no neutralizada es el mayor obstáculo económico que enfrentan». Se le llama «enfermedad holandesa» a una valorización rápida de la moneda nacional. El florín se fue a las nubes cuando se descubrió gas en el Mar del Norte, cuestión que hizo posible que Holanda sólo pudiera exportar hidrocarburos ya que el resto de su producción perdió competitividad. Para Bresser Pereira, con las retenciones, se evita dicha sobrevaluación y se garantiza la rentabilidad de los hombres de campo: «Los agricultores argentinos, víctimas de una ilusión, rechazan el aumento de las retenciones para la soja al 44 por ciento pensando que ellos la pagan. No es así». Sin ellas, el mercado «provocaría la apreciación del tipo de cambio en la exacta proporción de la retención que se disminuyera, y el agricultor no ganaría nada: sus resultados serían los mismos que con las retenciones». Pero en tal caso «perdería toda la economía argentina, que volvería a crecer a tasas modestas y quedaría sujeta a crisis de balance de pagos».

Termina concluyendo que «si el gobierno de Cristina Kirchner gana esta batalla, no sólo estará defendiendo el interés nacional de la Argentina. También abrirá un camino para que los países latinoamericanos y africanos comiencen a reconocer en forma racional y a neutralizar esa terrible falla del mercado que es la enfermedad holandesa», cuyas consecuencias para la Argentina y Brasil serían «un proceso gradual de desindustrialización».

A buen entendedor…

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