Quieren que dinero para FTC se use en asistencia social

Toda de la diócesis de Concepción cree que se debe eliminar la inconstitucional ley que deja en manos del Ejecutivo el manejo discrecional de las fuerzas militares

La asamblea de la diócesis que aglutina sacerdotes, monjas y laicos, considera que “el exorbitante dinero” que se utiliza en la Fuerza de Tarea Conjunta mejor debe ser utilizado en obras sociales, en una población extendidamente pobre y con “falta de Estado”, al decir del agente de la Pastoral Social, Benjamín Valiente

En su comunicado oficial, la Diócesis dice que les lastima “profundamente la situación de violencia, atropello y muertes que sufren los habitantes de nuestra Diócesis y la de San Pedro, a causa de los grupos criminales, llámese EPP, ACA y traficantes de todo tipo”.

Sostiene que frente a todo esto, la actuación de las Fuerzas de Tarea Conjunta “no siempre es acertada y, mucho menos, eficiente, a pesar de la exorbitante erogación económica que significa para el pueblo su sostenimiento. A esto se suma, la policía nacional, que en ciertos lugares, reprime y extorsiona.”

Por lo expuesto, “solicitamos la derogación de la modificación y ampliación de la Ley N°. 5.036/13 (que modifica y amplia los Artículos 2, 3 y 56 de la ley 1.337/99 “de la Defensa Nacional y de Seguridad Interna”) que permite el manejo arbitrario de las FFAA de la Nación por parte del Ejecutivo, totalmente inconstitucional y antipopular”.

Por otro lado, el dinero utilizado que “consideramos un despilfarro, emplearlo en asistencia real y efectiva a los pobres”.

El comunicado lleva la firma del obispo diocesano, Mons. Miguel Ángel Cabello Almada, el obispo emérito, Mons. Oscar Páez Garcete, los sacerdotes, religiosos, religiosas y animadores laicos de la pastoral de la Diócesis de la Santísima Concepción del Paraguay, reunidos en Asamblea extraordinaria, en Yby Ya’u.

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    La Solano Lopez
    5 octubre, 2015

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    El gran ‘duty free’
    Paraguay es uno de los mayores productores mundiales de cigarrillos de contrabando
    By Marina Walker GuevaraemailMabel RehnfeldtMarcelo Soares 12:00 am, June 29, 2009 Updated: 12:19 pm, May 19, 2014
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    Guaíra descansa a orillas del parsimonioso río Paraná que dibuja una frontera natural entre Brasil y Paraguay. Aquí la tierra es roja, el paisaje llano con amplias plantaciones de soja y yerba mate. A simple vista Guaíra es una prolija ciudad de 30.000 almas en el oeste de Brasil. La gente conversa sentada en plazas y peluquerías. Las calles del centro están limpias, las casas recién pintadas y los teléfonos públicos tienen diseños tropicales — se puede llamar desde el intestino de un pez o desde el pecho de un loro.

    Bajo esta superficie, la ciudad vive una realidad diferente.

    En septiembre pasado Guaíra copó los titulares de los diarios de Brasil cuando 15 personas fueron asesinadas a tiros en una casa cerca de la ribera. Las muertes, producto de una vendetta entre traficantes de droga, no fueron inusuales. Ubicada a 250 kilómetros de la Triple Frontera, donde convergen Brasil, Paraguay y Argentina, Guaíra es hoy un ajetreado y violento corredor regional de drogas y armas. Sin embargo, ningún otro producto se contrabandea más en esta ciudad, y es mejor negocio para los contrabandistas, que los cigarrillos paraguayos.

    Docenas de lanchas atiborradas de cigarrillos cruzan a diario el río Paraná desde la vecina ciudad de Salto del Guairá, en Paraguay. Los contrabandistas inyectan miles de millones de cigarrillos en San Pablo, Río de Janeiro y otras ciudades brasileñas, donde el cigarrillo paraguayo, barato y libre de impuestos, se ha apropiado del 20 por ciento de todo el mercado. Guaíra está en el corazón del negocio, un portal estratégico y un sitio donde muchos de sus habitantes — la mitad de la población, según algunos residentes — depende directa o indirectamente del contrabando para su subsistencia. Algunos ganan millones en el mercado negro. El contrabandista más famoso de Guaíra, Roque Fabiano Silveira, se hizo de fortuna y de nombre contrabandeando cigarrillos paraguayos allende las fronteras.

    Silveira, de 44 años, apodado Zero Um (El Capo), huyó a Paraguay luego de ser acusado de orquestar el asesinato de un empresario de Guaíra, en 1996. En Paraguay su negocio despegó y en 1999 Silveira montó su propia fábrica de cigarrillos, en las afueras de Asunción. La tabacalera pronto se convirtió en la base de operaciones de una red de contrabando que abarcó dos continentes y caló hondo en Estados Unidos. A partir de 2003, Silveira se asoció con comerciantes de cigarrillos de Arizona y de las reservas indígenas del estado de Washington para contrabandear millones de cigarrillos paraguayos a través de los puertos de Miami, Norfolk y Baltimore. Los cartones eran distribuidos en varias ciudades del país y las ganancias se “lavaban” en cuentas bancarias de Paraguay y de Estados Unidos. Silveira no sólo fabricaba cigarrillos, dicen los fiscales estadounidenses del caso, sino que también aceitaba contactos en Sudamérica para garantizar el paso de los cargamentos hacia el norte. Sus ex socios dicen que era astuto y frío, con cierta debilidad por los trajes finos.

    La historia de Roque Silveira es emblemática de la naturaleza y el alcance de la creciente industria tabacalera paraguaya. Expertos, investigadores y funcionarios de aduanas aseguran que se trata de una industria concebida y dedicada, casi en su totalidad, al contrabando internacional. Quince años atrás la producción de cigarrillos era mínima en Paraguay, uno de los países más pobres de Sudamérica, famoso por su corrupción endémica y comercio de productos falsificados. Hoy Paraguay figura entre los principales países productores de cigarrillos de contrabando, responsable del 10 por ciento de todos los cigarrillos que se venden en el mercado negro a nivel mundial, dicen los expertos.

    Los números cuentan la historia. En 2006, las fabricas paraguayas fabricaron 68 mil millones de cigarrillos, mas de 20 veces lo que consume el mercado local, de acuerdo con un estudio del Centro de Investigación de la Epidemia de Tabaquismo (CIET), una ONG en Uruguay que analiza el mercado del tabaco en la región. La gran mayoría de la producción — 90 por ciento de los cigarrillos valuados en 1.000 millones de dólares anuales — desaparece en el mercado negro, dicen las autoridades. Los cigarrillos paraguayos hoy inundan Brasil y Argentina, donde los impuestos al tabaco son mucho más altos que en Paraguay, y han sido confiscados también al otro lado del Atlántico, en países como Irlanda.

    Fidel, Hamlet y Opus Dei
    Si bien en el pasado las tabacaleras multinacionales tuvieron el monopolio del contrabando de cigarrillos en el mundo, hoy el comercio ilegal involucra una gran diversidad de grupos criminales que roba a los gobiernos dinero de impuestos, alimenta el crimen organizado y multiplica la adicción al tabaco. El crecimiento exponencial de la industria tabacalera paraguaya alarma por igual a las autoridades del salud, de aduanas y a la policía, quienes temen que Paraguay se convierta en la próxima pesadilla en el tráfico mundial de cigarrillos. Fuentes de la industria tabacalera internacional dicen que hoy es más barato fabricar cigarrillos en Paraguay que en China –el líder mundial del contrabando de cigarrillos — mientras que la calidad es muy superior.

    “Existe un peligro real de que la situación en Paraguay escale rápidamente,” dice Austin Rowan, director de operaciones anti-contrabando de la oficina anti-fraude de la Unión Europa. Lo distintivo de Paraguay, dicen las autoridades, es la gran cantidad de marcas que producen sus fábricas — mas de 2,600 se han registrado en el Ministerio de Industria y Comercio, incluidas “Dirty”, “Fidel”, “Hamlet” y “Opus Dei” — lo que complica aún más la tarea de quienes investigan el contrabando. En contraste, solo un puñado de marcas se vende en el mercado nacional, donde los fumadores pagan unos de los impuestos al tabaco más bajos del mundo.

    “El negocio principal de estas empresas es el ilegal. Punto,” dice Alejandro Ramos de CIET. “Es un problema regional no sólo paraguayo”.

    Las compañías tabacaleras multinacionales observan con no poca ansiedad la velocidad con que los paraguayos han creado una industria en los márgenes de la legalidad. Investigadores de las multinacionales dicen que los cigarrillos paraguayos son enviados a conocidos destinos de triangulación, como Aruba y Panamá, donde los cargamentos presuntamente entran en el mercado negro. En 2006, la aduana de Irlanda incautó un contenedor cargado con 5 millones de cigarrillos paraguayos escondidos entre madera. Mientras David Godwin, funcionario de aduanas, investigaba el caso, uno de sus colegas de la Unión Europa le dijo: “Si usted piensa que tiene problemas con China, el Medio Oriente y el resto, atájese porque no ha visto nada… la capacidad de producción en Sudamérica es infinita”.

    Las tabacaleras en Paraguay van desde modernas plantas industriales con tecnología de punta alemana a ocasionales fábricas miniatura — también llamadas submarinos — que se montan dentro de camiones. Funcionarios del gobierno paraguayo dicen que si todas las maquinas del país trabajaran a máximo rendimiento, el país podría producir unos 100 mil millones de cigarrillos anuales — suficiente para abastecer casi dos tercios del mercado brasileño.

    El contrabando fluye fácilmente en Paraguay, admiten los funcionarios. La industria tabacalera prácticamente no tiene controles y los fabricantes ilegales y los contrabandistas a menudo son protegidos por el poder de turno. Banqueros, políticos y hasta dueños de clubes de fútbol están involucrados en el negocio y hacen generosas contribuciones en tiempo de campaña. Y aunque la administración de Fernando Lugo — un ex Obispo Católico que el año pasado derrotó al Partido Colorado después de más de 60 años en el poder — ha prometido cambiar la reputación del país, ya han ocurrido algunos traspiés. En febrero el presidente nombró jefe de inteligencia de la Fuerza Aérea a un militar condenado por contrabandear cigarrillos a Argentina (en medio de intensas criticas Lugo dio marcha atrás con el nombramiento).

    Paraíso de Contrabandistas
    El cigarrillo es un producto más que se compra y se vende en la economía informal de Paraguay, que floreció durante los 35 años de dictadura de Alfredo Stroessner. Hasta su caída en un golpe de estado en 1989, Stroessner hizo del país un refugio para criminales de guerra Nazi, dictadores depuestos y contrabandistas.

    La Triple Frontera de Paraguay, Brasil y Argentina es el epicentro de esta cultura de contrabando. Un corredor de drogas, armas, vehículos robados, y cualquier falsificación que uno se pueda imaginar — desde CDs hasta Viagra — esta región de espesa vegetación y espectaculares saltos de agua se ha convertido en el perfecto escenario para el comercio ilícito de cigarrillos paraguayos.

    Lo único que florece aquí es la ilegalidad”, dice Humberto Rosetti, fiscal de Ciudad del Este, el nudo comercial de la Triple Frontera. El centro de la ciudad es un animado laberinto de calles estrechas atestadas de puestos callejeros, casas de cambio y tiendas, donde todo, desde mascotas exóticas hasta fusiles AK-47, se puede obtener con casi igual facilidad. Autos Mercedes Benz y BMW último modelo con vidrios polarizados cruzan la ciudad a gran velocidad y docenas de motos, algunas de ellas transportando familias enteras, serpentean a través de los embotellamientos del tráfico. En la “Calle de los Cigarrilleros”, como algunos han bautizado una de las arterias de la ciudad, cajas de “Eight”, “TE”, “Rodeo” y “Calvert”, las marcas favoritas de los contrabandistas, se apilan a lo largo de la acera. “Nuestras manos están atadas”, dice Rosetti, quien ha dirigido varios decomisos de cigarrillos en los últimos meses, sólo para ver cómo rápidamente jueces y funcionarios de aduanas devuelven las cargas a los traficantes.

    Funcionarios del gobierno norteamericano califican a Paraguay como un “centro principal” de lavado de dinero proveniente del tráfico de drogas, armas y cigarrillos en América del Sur. Ciudad del Este es el corazón de este negocio. Las tabacaleras a menudo están vinculadas a casas de cambio donde se blanquea el dinero del contrabando, según ex empresarios tabacaleros y expedientes judiciales. Tan impenetrable es el sistema financiero de Ciudad del Este que agentes norteamericanos que infiltraron la organización de Roque Silveira no pudieron encontrar el dinero que ellos mismos ayudaron a lavar. “Tratamos de hacer el seguimiento del dinero”, dice el fiscal James Warwick quien trabajó en el caso. “¿Lo logramos? No”.

    Varias tabacaleras paraguayas han levantado fábricas en Ciudad del Este y en la cercana Hernandarias. Desde allí, durante años, los cigarrillos se contrabandeaban al Brasil en furgonetas, camiones y hasta autobuses a través del Puente de la Amistad que une Ciudad del Este con su homólogo brasileño, la ciudad de Foz do Iguaçu. Brasil intensificó los controles en la frontera en 2005 de manera que los contrabandistas mutaron de las carreteras al agua. A partir del atardecer, lanchas de motor parten de cualquiera de los 300 muelles improvisados a lo largo de la periferia del lago Itaipú, formado por una de las represas más grandes del mundo construida sobre el río Paraná. Para llegar a algunos de estos puertos clandestinos se debe transitar por estrechos y tortuosos caminos de tierra a través de densos bosques. Una tarde de Marzo, reporteros de ICIJ que visitaron Puerto Codorso encontraron maquinarias del gobierno paraguayo arreglando el camino de los contrabandistas. El puerto parecía abandonado. Según contaron personas del lugar, los contrabandistas se habían tomado el día libre para velar a uno de los suyos, un ex policía, que había fallecido en un accidente de auto el día anterior.

    “Cerramos un puerto y abren dos más al día siguiente”, dice Gilberto Tragancin, jefe de Aduanas de Brasil en Foz do Iguaçu. Con un litoral de más de 1.500 kilómetros, el Lago Itaipú es casi imposible de patrullar en su totalidad, explica Tragancin. A pocos metros de la oficina del jefe de Aduanas, una máquina de triturar cigarrillos está en plena acción. La máquina pulveriza cada día cerca de 500.000 paquetes de cigarrillos incautados: los restos son utilizados como fertilizantes y en la construcción de carreteras.

    El flujo de contrabando de Paraguay a Brasil es de 20 a 30 mil millones de cigarrillos anuales, estiman los expertos. En contraste, dice Tragancin, las exportaciones legales de cigarrillos paraguayos a Brasil son nulas.

    Además de la amenaza que significa para la salud pública, el contrabando de cigarrillos fortalece a grupos de crimen organizado que operan a lo largo de la frontera con Brasil. Tragancin dice que estos grupos están utilizando los canales del contrabando de cigarrillos para abastecer de armas y municiones a algunas de las facciones criminales más violentas de ese país, como el Primer Comando Capital (PCC), la principal banda delictiva de las prisiones de San Pablo.

    De Paraguay al Mundo
    Los traficantes internacionales rápidamente detectaron una oportunidad en el floreciente comercio ilícito de cigarrillos de Paraguay. El mayorista Stormmy Paul, un indio de la tribu Tulalip del estado de Washington, en Estados Unidos, viajó a Paraguay en el 2003 para hacer negocios. Paul había estado comprando cigarrillos chinos, incluso Marlboros falsificados, y revendiéndolos libres de impuestos a tiendas de tabaco en su estado, pero quería una mejor combinación de precio y calidad. Un socio de Brasil le ofreció contactos al sur de la frontera.

    En Paraguay, Paul visitó un puñado de tabacaleras, pero una fábrica se destacó de inmediato: la fuertemente custodiada Tabacalera Central, en las afueras de Asunción. Los visitantes fueron recibidos por el dueño, Roque Silveira, quien los agasajó con un asado. Al término de la cena, el trato quedó sellado. Paul pagaría 2 dólares por cada cartón de cigarrillos fabricado por Silveira más un adicional de 2 dólares por cartón para un intermediario en Maryland que adulteraría los formularios de aduanas para sortear controles e impuestos en Estados Unidos. El acuerdo le dejaba a Paul una ganancia de 2 dólares por cartón.

    “Me encantó Paraguay”, dice Paul, un locuaz hombre de negocios que cada semana dirige una ceremonia de antiguos rituales indígenas en su tribu ubicada al norte de la ciudad de Seattle. Paul recuerda a Silveira como “un empresario muy astuto…con cierta clase”. “Roque luce exitoso”, agrega.

    A partir de fines de 2003 una banda de 11 personas, en su mayoría comerciantes norteamericanos de tabaco, contrabandearon a Estados Unidos más de 120 millones de cigarrillos paraguayos. El grupo luego los distribuía en varias ciudades del país, desde California a Carolina del Norte, de acuerdo con documentos judiciales. La banda cayó en abril del 2005 mientras los contrabandistas se reunían en Las Vegas. La justicia norteamericana los acusó de conspiración, contrabando, tráfico y lavado de dinero, entre otros cargos. Silveira pasó dos meses en la cárcel después de su arresto en el aeropuerto de Miami, pero el brasileño se ofreció a cooperar con las autoridades y finalmente fue condenado a sentencia probatoria.

    Silveira pagó una multa y, para sorpresa de los paraguayos, quedó en libertad.

    Río de la Muerte
    Casi al mismo tiempo que los norteamericanos dieron a Silveira una palmada en la mano por sus crímenes, la justicia brasileña lo procesó en uno de las operativos anti-contrabando más grandes de la historia del país. La llamada Operación Bola de Fuego terminó con el arresto de más de 90 personas en 11 estados brasileños. De acuerdo con documentos judiciales, Silveira supuestamente controlaba tres diferentes redes criminales que contrabandeaban cigarrillos al populoso estado de Rio Grande do Sul.

    En este caso, Silveira logró evadir la ley simplemente quedándose en Paraguay donde, según los fiscales brasileños, tiene “una vasta red de contactos y la suficiente capacidad financiera para vivir en la clandestinidad”.

    Silveira se habría transformado en la cabeza del tráfico de cigarrillos de Paraguay a Brasil después del arresto en 2003 del legendario contrabandista Roberto Eleuterio “Lobao” Da Silva, según la policía brasileña. A partir de ese momento, en el lenguaje del contrabando, Silveira se “adueñó” de las rutas que conducen a millones de fumadores en las ciudades más grandes de Brasil.

    Dos semanas después de la Operación Bola de Fuego, un aduanero brasileño fue asesinado en una desolada región de la frontera llamada Rio do Morte (Río de la Muerte). Una llamada anónima a la policía local reportó una camioneta quemada en la ruta. El cadáver carbonizado en el asiento del acompañante no pudo ser inmediatamente identificado por la policía: al hombre lo habían quemado vivo. Los expertos forenses finalmente dijeron que se trataba de Carlos Renato Zamo, un residente de Mundo Novo, al norte de Guaíra. Zamo era uno de los miles de agentes de aduanas que trabajan en las fronteras porosas de Brasil. Pero a través de los años, Zamo había acumulado una fortuna inusual para un empleado de gobierno. El agente tenía inversiones en San Pablo y Mato Grosso do Sul. Era dueño hasta de un avión.

    La policía brasileña descubrió que Zamo trabajaba para Silveira y otros contrabandistas que supuestamente le pagaban 8,000 dólares mensuales para que sus cargas pasaran los controles de la frontera sin problemas. Pero Zamo había empezado a temer que lo descubrieran y decidió retirarse del negocio, según la policía. En una reunión, los contrabandistas supuestamente le habrían ofrecido incrementar los pagos, pero Zamo rechazó la oferta y dio aviso a sus colegas sobre los cargamentos del grupo.

    Eventualmente cuatro personas fueron arrestadas en conexión con el asesinato de Zamo, pero no Silveira, que estaba prófugo en Paraguay. El día en que se anunciaron los arrestos, la policía brasileña describió a Silveira como “la gran cabeza” del contrabando en la región. “Todo ocurre bajo sus órdenes”, dijeron los funcionarios.

    A través de su abogada en Asunción, Silveira declinó responder preguntas presentadas por ICIJ.

    Los padres de la criatura
    Los fabricantes paraguayos de cigarrillos se apuran en puntualizar que ellos solamente están llenando un espacio en el mercado creado por las grandes compañías multinacionales de tabaco. En los años noventa, British American Tobacco y Philip Morris usaron a Paraguay para triangular cigarrillos y evadir impuestos. El esquema funcionaba así: las subsidiarias de la BAT y de Philip Morris en Brasil y Argentina exportaban legalmente miles de millones de cigarrillos a Paraguay. Los cigarrillos eran inmediatamente reingresados como contrabando a esos dos países y vendidos libres de impuestos en el mercado negro.

    Esta práctica terminó en 1999 cuando el gobierno brasileño elevó drásticamente los impuestos a las exportaciones para desalentar el comercio ilegal. A partir de ese momento, docenas de fábricas de cigarrillos abrieron sus puertas en Paraguay, muchas de ellas propiedad de ciudadanos brasileños. En tres años, Paraguay llegó a tener más de 30 tabacaleras, algunas de las cuales falsificaban conocidas marcas internacionales.

    El negocio local de falsificación ha caído marcadamente en años recientes luego de que los fabricantes se dieron cuenta de que había un mercado – en Brasil y en otros países – para las marcas baratas paraguayas. Hoy el número de fábricas se ha reducido a más de la mitad, pero no así la producción.

    Tabacalera del Este (Tabesa) es la principal fábrica de cigarrillos de Paraguay, una moderna planta de 17.000 metros cuadrados con una capacidad de producción de 1.500 millones de cigarrillos por mes –o 579 cigarrillos por segundo. La fábrica, localizada en la ciudad de Hernandarias, surte casi la mitad del mercado paraguayo con sus dos marcas insignias, Kentucky y Palermo. Pero al mismo tiempo que sirve a un mercado legítimo, la compañía supuestamente provee grandes cantidades de cigarrillos que terminan contrabandeados a Brasil y Argentina. Funcionarios de aduana en esos dos países dijeron a ICIJ que diariamente decomisan más cigarrillos de contrabando de Tabesa que de ninguna otra compañía. En 2006, Tabesa fue mencionada en la Operación Bola de Fuego entre las empresas paraguayas cuyos cigarrillos eran supuestamente contrabandeados al Brasil.

    El empresario paraguayo Horacio Manuel Cartes está registrado como principal accionista y director de Tabesa en Informconf, una base de datos de negocios de Paraguay. Cartes comenzó distribuyendo cigarrillos dos décadas atrás y desde entonces ha construido un imperio que incluye un banco, un club de fútbol, y varios emprendimientos agrícolas — algunos de estos negocios registrados a nombre de familiares y socios.

    José Ortiz, gerente general de Tabesa, habló con reporteros de ICIJ sobre los negocios de la compañía.

    “Nosotros no sabemos dónde se consumen nuestros cigarrillos, y no es nuestro problema”, dijo Ortiz cuando se le preguntó acerca de la presencia de cigarrillos de Tabesa en Brasil y Argentina, dos mercado a los cuales la compañía no exporta legalmente. “Nosotros vendemos nuestros productos en Paraguay y pagamos impuestos internos”, agregó, sentado en su oficina en la planta de Tabesa. Lo que ocurre una vez que los cigarrillos salen de la fábrica no es la responsabilidad de la empresa, dijo Ortiz, una visión compartida por otros fabricantes paraguayos. “Mi trabajo es proveer al mercado”.

    Ortiz dijo que Tabesa no vende directamente a los minoristas, sino a cuatro ó cinco distribuidores mayoristas. Nombró dos firmas mayoristas, una de las cuales, Tabacos del Paraguay, está afiliada a Tabesa. “Las demás no recuerdo”, dijo, reclinándose en su sillón de oficina de cuero negro y desviando el tema hacia las compañías multinacionales de tabaco. “Ellos son los padres y los abuelos de la criatura”, dijo Ortiz refiriéndose al caso de contrabando de BAT y Philip Morris en los noventa. “Nosotros estamos reemplazando el mercado que ellos abandonaron”.

    El año pasado, Tabesa entró en el mercado de Estados Unidos con su marca Palermo y está ahora certificada para vender en al menos ocho estados, incluyendo Maryland y California. Palermo está también disponible online a través de sitios que venden cigarrillos desde reservas indígenas en Nueva York, pero Ortiz negó que Tabesa esté proveyendo a tiendas indígenas directamente. Funcionarios de Estados Unidos han identificado las reservas de Nueva York como grandes centros de contrabando de cigarrillos.

    Guaíra: tierra de nadie
    Fiscales y policías brasileños colocan a las fábricas paraguayas a la cabeza de la “organización criminal”, que según ellos maneja el contrabando de cigarrillos en la región. Érico Saconato, jefe de la policía federal brasileña en Guaíra, dijo que las fábricas trabajan mano a mano con “gerentes” a ambos lados de la frontera, quienes adquieren camiones y embarcaciones, sobornan a funcionarios públicos y contratan cuadrillas de jóvenes, pescadores y agricultores para transportar cargas de cigarrillos. En uno de los casos que involucra a Roque Silveira, fiscales brasileños dijeron en documentos judiciales que la banda adquirió grandes cantidades de cigarrillos de contrabando “directamente de las fábricas paraguayas” para su distribución en Rio Grande do Sul y ciudades fronterizas de Argentina.

    Todos los contrabandistas, grandes traficantes, en esta región son empresarios y políticos, que tienen buenos abogados, autos lujosos, familia”, dice Saconato. “Algunos incluso son líderes de iglesias evangélicas”.

    La ciudad natal de Roque Silveira, Guaíra, ganó prominencia en el comercio de cigarrillos cuando los controles se incrementaron en la Triple Frontera, a partir del 2005. Hoy gran parte de la población, dicen funcionarios de la ciudad, depende del contrabando para vivir. Algunos rentan espacio en sus casas para que los contrabandistas almacenen sus cargas, otros trabajan como campanas o pasan cigarrillos a través del río Paraná. Los “paseros” ganan alrededor de 300 dólares a la semana, una salario mensual mínimo y medio de Brasil.

    La policía en Guaíra dice que se siente abrumada. Según Saconato 700 personas fueron arrestadas en 2007 en conexión con el contrabando, pero sólo dos hombres fueron condenados. Cuando el fiscal del distrito clausuró un bar a la vera del río, Tininha, que se alegaba era usado por los contrabandistas para planear sus negocios, un fiscal federal revirtió la orden y demandó a la ciudad. Esa noche, los contrabandistas celebraron lanzando fuegos artificiales a orillas del río, dicen funcionarios locales.

    “Guaíra está prácticamente abandonada”, lamenta Saconato, quien anticipa un récord de decomisos de cigarrillos este año debido a la crisis financiera global y a una reciente suba en los impuestos al tabaco en Brasil. En los kioscos de San Pablo y Rio de Janeiro, el paquete más barato de cigarrillos brasileños (alrededor de 1,5 dólares) cuesta tres veces más que las marcas paraguayas de contrabando.

    “Un gran negocio”
    Ningún policía en Guaíra ha visto a Silveira en años recientes, dice Saconato. “El Capo”, tal su apodo, se ha convertido en un mito. Pobladores aseguran de tanto en tanto haberlo divisado. Su caso de 1996 por homicidio todavía está vagando en las cortes de Guaíra. Luego de la Operación Bola de Fuego, Silveira se convirtió en un fantasma, dice la policía brasileña, pero nadie cree que se haya retirado del negocio de cigarrillo. Algunos de sus ex socios ahora manejan grandes porciones del contrabando a ambos lados de la frontera, de acuerdo con la policía brasileña.

    Las últimas pistas de Silveira en las cortes de Paraguay datan de julio de 2007, cuando el brasileño le ganó otra pulseada a la justicia. En aquella ocasión, la Corte Suprema de Paraguay denegó un pedido de extradición de fiscales brasileños, que lo acusaban de asociación ilícita, contrabando de cigarrillos y lavado de dinero.

    La sola mención del nombre de Silveira en círculos del tabaco en Paraguay hace fruncir el ceño y carraspear repetidamente a los entrevistados antes de ofrecer un anodino “su nombre me suena familiar”, o “¿no tenía él una fábrica de cigarrillos por aquí?”

    Un hombre en Salto del Guairá, la ciudad paraguaya frente a Guaíra, no titubea al hablar de Silveira. Sidronio Talavera, un arpista profesional que alguna vez tocó con una de las bandas de bolero más famosas de Paraguay, nos recibe sentado en una pequeña oficina desde donde maneja su fábrica de cigarrillos, Cosmoplita S.A. Talavera dice que no sólo conoce a Silveira, sino que también es su socio comercial. “Es una de las mejores personas que he conocido en toda mi vida”, enfatiza Talavera, quien fue condenado el año pasado por evasión fiscal. Fiscales paraguayos acusaron a Talavera de reportar falsas exportaciones al Brasil para evadir el pago de impuestos a la importación de insumos para fabricar cigarrillos. Las autoridades también lo han señalado como falsificador, cargo que él niega.

    Talavera dice que le vende a cualquier persona que golpea la puerta de su fábrica, y sabe que algunos de sus compradores son contrabandistas o trabajan con contrabandistas. “En hora buena que los cigarrillos vayan a Brasil”, dice golpeando su escritorio. “Si me pongo en plan de exigencia, me muero de hambre”. Talavera se jacta de que su marca Latino se ha vendido hasta en Dubai. Dice que mayoristas de Panamá le compran cigarrillos y revenden al extranjero. “No sé si en Panamá los cigarrillos entran al contrabando o se revenden legalmente, y no me interesa. Me interesa si vendo”, agrega.

    De Silveira Talavera dice que todavía es el gran intermediario del negocio, el mediador que adquiere grandes cantidades de cigarrillos de las fábricas paraguayas y coordina su distribución en Brasil. “¡El trabaja con todos!”, dice Talavera cuando se le menciona que otros fabricantes parecen desconocer en estos días el paradero de Silveira. “Es inteligente, el Mafioso. Se les escapó a los americanos”, agrega.

    Como están las cosas, los desafíos para el gobierno paraguayo, que dice estar decidido a regular la industria del cigarrillo, no son pocos.

    Ortiz, el gerente de Tabesa, resumió el problema mejor que nadie: “Paraguay es un gran duty free”, dijo el empresario. “Y es muy buen negocio”.

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    La Solano Lopez
    6 octubre, 2015

    Stormmy Pablo: hombre de negocios, contrabandista, ‘renegado india’

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    Por Krista J. Kapralos, Herald Escritor
    Fecha de publicación: Lunes, 13 de septiembre 2010, 19:55
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    Stormmy Pablo de la Tribu Tulalip relojes el fuego calienta las «Piedras de abuelo» las rocas volcánicas que coleccionaba en el Monte St. Helens para el albergue de sudor que alberga miércoles por la noche en la casa de su padre en la reserva.

    Stormmy Paul (derecha) de las Tribus Tulalip pone «piedras abuelo» hechos de roca volcánica que recogió en el Monte St. Helens en el centro …
    Stormmy Paul (derecha) de las Tribus Tulalip pone «piedras abuelo» hechos de roca volcánica que recogió en el Monte St. Helens en el centro de la casa de campo del sudor es el anfitrión de miércoles por la noche en la reserva. Con él son Tommy Dalton (centro) del Tlingit Tribu y Tom Herman de Mountlake Terrace.

    Stormmy Pablo de la Tribu Tulalip prepara «piedras abuelo» para calentar una casa de campo del sudor es el anfitrión de miércoles por la noche en su casa en la reserva.
    Stormmy Pablo de la Tribu Tulalip prepara «piedras abuelo» para calentar una casa de campo del sudor es el anfitrión de miércoles por la noche en su casa en la reserva.

    Stormmy Paul (centro superior, en el chaleco) pasa tiempo con la familia y amigos fuera del Palacio de Justicia de Estados Unidos en Seattle después de su reciente sentencia. Él era g …
    Stormmy Paul (centro superior, en el chaleco) pasa tiempo con la familia y amigos fuera del Palacio de Justicia de Estados Unidos en Seattle después de su reciente sentencia. Le dieron 10 meses de arresto domiciliario y tres años de libertad condicional.

    Acusación contra Stormmy Paul
    La aceptación de Pablo de la declaración de culpabilidad
    Esfuerzo de Pablo para suprimir la evidencia de búsqueda de alquiler de coches
    Detalles del Fiscal sobre lo que estaba ocupándose de la casa de Paul
    Petición de Pablo de que se retiren los cargos
    El argumento del Fiscal Federal contra la solicitud de dejar caer la acusación
    Queja de Pablo contra el gobierno federal
    Gráfico animado: senderos de cigarrillos
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    Casa de Stormmy Pablo se aferra al borde oriental de la Reserva Tulalip indio. El humo de la fogata semanal se desplaza sobre la frontera de la reserva con Marysville, a través del lugar imaginario en el camino donde los conductores de repente se dan cuenta de que han dejado un mundo a otro.
    El miércoles por la tarde, Stormmy, un indio Tulalip, pilas de rocas de lava negro en el centro de una fogata y engatusa encender en llamas calientes. Él recoge él mismo las rocas de las laderas que rodean el Monte St. Helens.
    Como las rocas comienzan rojo brillante, los coches se detienen calzada de Stormmy. Al poco tiempo, un grupo de hombres se acurruca alrededor del fuego. Todos menos uno son de color blanco.
    Han venido a sudar en un albergue Stormmy construido hace años fuera de arce vid retorcida.
    Han venido a pasar tiempo con Stormmy, el indio.
    Stormmy, quien metió medio millón de dólares en una bolsa de lona y se envasa en el maletero de un coche de alquiler rumbo a Miami.
    Stormmy, que pasó de contrabando millones de knock-off Marlboro y Newport cigarrillos en los EE.UU. y los vendió libre de impuestos smokeshops indios.
    Stormmy, quien se declaró culpable de conspiración para conducir, desde su casa Tulalip, una operación de contrabando de cigarrillos y el blanqueo de dinero que llevaba desde Paraguay a China para Arlington.
    Stormmy dice que ha vivido como un indio debe toda su vida, incluso cuando estaba vendiendo cigarrillos libres de impuestos.
    Especialmente entonces.
    Él admite todo, pero insiste en que no hizo nada malo.
    «Esa es la única cosa que siempre se puede decir sobre Stormmy B. Pablo. Él es real», dijo Paul.
    Cuando zancadas a través de los restaurantes locales, los hombres mirada desde cervezas y camareras dan la vuelta para saludarlo.
    «Hey, Stormmy!»
    Él asiente con la cabeza un saludo, arrastra los dedos por el pelo muy corto, púrpura teñida y se desliza en una cabina.
    En junio de 2004, agentes federales armados lo obligaron en el suelo de su salón y lo hicieron esperar allí mientras rasgaron a través de su casa. Su padre, a punto de 70, un sufrimiento india Tulalip de cáncer de pulmón, y su madre, que es de color blanco, sólo podían ver con impotencia como la policía se sacudieron los brazos de su hijo detrás de él y esposaron sus muñecas.
    Agentes tomaron miles de dólares en efectivo y fichas de casino, salir de la casa saqueada.
    Ahora, Stormmy dice que es tan confiado en su derecho de vender cigarrillos libres de impuestos como estaba antes de la redada, en julio de 2003, cuando le dio $ 2,000 en efectivo para Ron Collins, un hombre Marysville en busca de trabajo. Le dijo a Collins para conducir a Miami y dar a la bolsa de lona, ​​lleno de medio millón de dólares, a un hombre llamado Chuck.
    Stormmy le dio una simple advertencia: «No seas estúpido.»
    Al principio, Collins no lo era. Washington, Oregon, California, Arizona y Nuevo México pasaron sin incidentes. Trouble golpeó en Texas a lo largo de la Interestatal 20 al cruzar las llanuras polvorientas de condado de Eastland, población 4000.
    Un joven policía estatal llamado James Bishop registró conduciéndolo 82 mph.
    Cuando se acercaba el coche obispo notó un olor – posiblemente marihuana – flotando en el aire. Pidió a buscar el coche.
    «Siéntase libre», dijo Collins, que ofrece una manzana como obispo levantó la tapa del maletero.
    No había drogas. Había cinco bolsas de plástico, cada uno con $ 100.000 en efectivo, metidos en la bolsa de lona.
    «¿Qué pasa con ese dinero?» Preguntó el obispo.
    Perteneció a un amigo, dijo Collins. Entonces él dijo que era la herencia de su abuela. No, no, que pertenecía a un amigo, decidió, antes de que fuera puesto bajo arresto. Más tarde se declaró culpable de lavado de dinero y testificó contra Stormmy.
    A cambio, Collins recibió tres años de libertad condicional, 200 horas de servicio comunitario y una multa de $ 1,100.
    Nunca fue multado por exceso de velocidad.
    * * *
    Policías estatales de Texas, en la creencia de que atraparon un contrabandista en la interestatal, llamados inmigración federal y funcionarios de Aduanas.
    El dinero estaba envuelto en bolsas etiquetadas «de Lyle Smoke Shop, Fife, WA.» por lo que la investigación pertenecía a Janet Freeman, un asistente del fiscal estadounidense que persigue delitos federales en Seattle. «Mi caso llegó como un poco de un golpe de suerte», dijo.
    Freeman había estado buscando pruebas concretas contra los contrabandistas de cigarrillos que detener su evasión de impuestos y lavado de dinero para el bien.
    El mismo año el obispo dejó de Collins en Texas, tiendas de humo en Yakima y en Puyallup fueron allanadas, pero las tiendas estaban en marcha de nuevo dentro de unos pocos días, dijo Freeman.
    El estado de Washington ha tenido durante mucho tiempo la responsabilidad de hacer cumplir las regulaciones de alcohol, tabaco y juego – y la recaudación de impuestos «vicio» de ellos.
    Indios de Puyallup en la década de 1970 comenzaron a abrir tiendas de humo en su reserva al este de Tacoma. Ya en 1971, los indios y los fiscales estatales argumentaron sobre quién tenía jurisdicción sobre esas ventas de cigarrillos.
    Indios sostienen que el Estado no tiene jurisdicción sobre sus reservas, que se rigen por las tribus soberanas. Y los indios ya están exentos del pago de impuestos estatales cuando se involucran en el comercio entre sí en tierra india.
    Hace años, la mayor atención federal sobre conspiraciones de contrabando de cigarrillos se ha centrado en las familias de Nueva York de la mafia, que dominaron el mercado.
    A finales de la década de 1990, surgieron evidencias de que el contrabando de cigarrillos estaba ayudando a financiar grupos terroristas, incluyendo a Hamas y Hezbollah. En 2002, un libanés conocido por ser un líder célula terrorista recibió 155 años de prisión por contrabando de cigarrillos por valor de casi $ 8 millones entre Carolina del Norte y Michigan.
    La Ley de Tráfico de cigarrillos de contrabando en 2003 endureció el umbral para los cargos de contrabando federales a 50 cartones libres de impuestos – 10.000 cigarrillos – desde 300 cartones.
    Como Freeman volvió su atención a los contrabandistas de cigarrillos de la India, y de Lyle Smoke Shop, los fiscales de la Costa Este se encontraban en medio de una importante investigación de los suyos. Todo el mundo estaba aprendiendo acerca Stormmy.
    * * *
    El padre de Stormmy, Orland Pablo, salió de la reserva india de Tulalip en la década de 1950 cuando el gobierno federal prometió formación y puestos de trabajo como parte de un programa para atraer a los indios en la sociedad.
    Stormmy nació en Port Orchard en 1964. Cada verano, los meses de junio y principios de julio, su familia llevó a la Reserva Indígena Tulalip casi todos los días para vender fuegos artificiales.
    Para Stormmy, la reserva se sentía como en casa.
    Cuando tenía 23 años, la familia de Stormmy regresó a la reserva para el bien. Stormmy y su hermano Carter, seis años menor que él, trabajó con su padre en un barco de pesca. Carter Paul murió en un accidente automovilístico en 2003, dejando Stormmy para cuidar de sus mayores.
    Stormmy dijo que él fue uno de los primeros indios de aprender Lushootseed, un lenguaje Coast Salish india, como un adulto. Él era lo suficientemente competente para dirigir el departamento de idiomas de las tribus durante varios años, y todavía tutores otros indígenas en su propia lengua.
    Él ora en Lushootseed en la cabaña de sudación, a menudo cantando una canción antigua, tribal.
    Él nunca se ha casado. Ha habido un montón de novias, pero Stormmy no quería hijos.
    En cambio, él disfruta con su habilidad para los negocios. Vendió fuegos artificiales y bienes raíces, y incursionó en la industria gráfica.
    También reconoció que la soberanía tribal, ya Tratado de Point Elliott de 1855, ofrece oportunidades interesantes. Los Tulalips tienen su propio gobierno, las leyes, la policía y el sistema judicial. Indios responden no a su propia en muchos temas. Aún así, para abrir tiendas de humo o casinos, la tribu, de acuerdo con funcionarios federales, deben negociar pactos con el estado.
    Stormmy cree que la soberanía tribal reemplaza a juegos de azar y cigarrillos compactos.
    Inició su negocio de cigarrillos después de reunirse con un indio Mohawk del estado de Nueva York. Reserva The St. Regis Mohawk Tribu extiende a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y Canadá, dijo el hombre, y él estaba haciendo cigarrillos de la marca Seneca en el lado canadiense de evitar problemas.
    Stormmy decidió entrar en el negocio. Obtuvo una licencia de negocio de cigarrillos al por mayor a través de la tribu Nez Perce en Idaho, dijo. Su Stilly Trading Post abrió sus puertas en 2000 en la Reserva India Stillaguamish.
    Los Mohawks pagaron impuestos federales sobre los cigarrillos en Nueva York, y luego los envió por camionadas a Idaho, dijo Stormmy. No había estampillado – tribal o de otra manera – en los cigarrillos.
    Stormmy dijo que hizo una de 50 centavos Stillaguamish impuesto a los cigarrillos tribal por cada cartón vendió, un requisito impuesto por los líderes tribales. La tribu no tiene un pacto cigarrillo. También vende libre de impuestos a otros propietarios de tiendas de humo indios, en su mayoría miembros de la tribu de Puyallup.
    «Nuestro tratado establece que podemos hacer negocios con todas las otras tribus, y eso es justo lo que estábamos haciendo», dijo Stormmy.
    En 2001, el Stilly Trading Post fue allanada por los investigadores del estado, como parte de una investigación sobre la venta de cigarrillos libres de impuestos. Stormmy reabrió la tienda de inmediato.
    Ese año, él también comenzó a importar cigarrillos falsificados comprados a través de un mayorista en Hawai. Entraron creíble marca embalaje: Marlboro y Newports hechos en China. Otros eran marcas extranjeras: NISE de China, el ICE de Paraguay.
    Stormmy dijo que no se enteró hasta más tarde que él era el único cliente de la compañía hawaiana.
    «No tenía ni idea», dijo. «Pensé que eran sólo una empresa normal. ¿Cómo debo saber cuántos clientes que tenían?»
    En 2003, dijo Stormmy, líderes tribales Stillaguamish plantearon el impuesto a $ 1 por caja, y dijeron que planeaban comenzar a fijar una estampilla del impuesto tribal a los cigarrillos.
    Stormmy se negó a pagar.
    Poco después, la policía tribales Stillaguamish cerraron la tienda y prohibieron Stormmy de su reserva.
    Ejecutivo tribal Stillaguamish Eddie Goodridge Jr. dijo que la tribu «no le gustaba la forma (Stormmy) hizo negocios.»
    Se negó a decir nada más porque su propia tienda de humo puede ser actualmente bajo investigación. Poco después de la Stilly Trading Post fue cerrado, Goodridge y su familia abrieron la Stilly Azul, una tienda de humo casi idéntico al de Stormmy.
    Los agentes federales en mayo pasado allanaron la Stilly azul como parte de la «Operación Chainsmoker», que sirvió siete órdenes de registro en Washington y Oregon en los lugares de venta de cigarrillos libres de impuestos.
    Las autoridades federales se han negado en repetidas ocasiones para discutir precisamente lo que estaban buscando en el Stilly Azul, pero se llevó los cigarrillos. Las órdenes de registro permanecen bajo sello y no hay acusaciones se han presentado.
    No está claro qué relación, en su caso, los problemas legales de Stormmy tienen con la incursión en el Stilly Azul, que reabrió menos de una semana más tarde.
    * * *
    Después de su tienda de humo fue cerrada, el negocio de cigarrillos al por mayor de Stormmy retumbó. Él hizo tanto dinero que necesitaba maneras de ocultar para evitar levantar sospechas de los recaudadores de impuestos federales y estatales, dijo.
    En esa época conoció a Damon Ostis Stormmy, quien habló de una manera Stormmy podría conseguir sus ganancias fuera del país, principalmente a través de transferencias bancarias internacionales. Él actuaría como intermediario entre Stormmy y Rubens Cardoso, un sudamericano que divide su tiempo entre Brasil, Paraguay y Miami.
    En realidad, Ostis era un agente secreto federal con la investigación de la Costa Este.
    Stormmy tenía algunas ideas propias. Usó el dinero para comprar cigarrillos máquinas para liar cigarrillos de la tribu india de Chehalis, luego se venden aquellos a Cardoso, convirtiendo algunas ganancias ilegales en ingresos legítimos.
    El negocio iba bien, con los depósitos bancarios regulares de $ 8,000 en efectivo, una cantidad calculada para deslizarse por el requisito de notificación obligatoria de los bancos de $ 10.000.
    En poco tiempo, Stormmy tenía unidades de almacenamiento en todo el noroeste del Pacífico llena de cigarrillos de todos los tipos y marcas, el suministro de tiendas de humo en la reservación india de Puyallup. Otros envíos fueron a los no indios en la costa este, que fueron en busca de una ganga.
    Compró los cigarrillos de «no mucho», los vendió por «no mucho», e hizo «no mucho» en el resultado, dijo. «Yo no sigo la pista de lo mucho que estaba haciendo, pero todo lo que hice, me puse de nuevo en el negocio. Nunca guardé ningún registro.»
    Con ganas de más, Stormmy comenzó a planear su propia planta de fabricación de cigarrillos, justo en la reserva india de Tulalip.
    Y así, en julio de 2003, dio Ronald Collins $ 500.000 a entregar a un hombre en Miami. El plan consistía en conectar a Cardoso, que iba a comprar una máquina de laminación de cigarrillos de tamaño industrial en Rusia para la fábrica Tulalip.
    El dinero nunca llegó.
    Collins llama desde Texas «acaba llorando como un bebé», dijo Stormmy.
    Stormmy dijo que él no se inmutó ante la noticia de que el dinero había sido incautado.
    «Yo no creo que los federales podían hacer nada para nosotros.»
    Se sentía invencible, protegido. Él estaba vendiendo cigarrillos, uno de la India a otro. Eso es perfectamente legal, dijo, de acuerdo con el Tratado de Point Elliott. Garantiza indios el derecho a vivir como siempre lo han hecho, dijo.
    No sabía funcionarios federales ya estaban hablando con los investigadores estatales, que durante años había estado rastreando Stormmy y sus asociados en Puyallup, y asaltando sus negocios de cigarrillos.
    Los agentes federales llegaron para Stormmy en junio de 2004, él y sus padres sostiene a punta de pistola en su casa. Golpearon las cuentas bancarias y los armarios de almacenamiento y se apoderaron del inventario de cigarrillos en las tiendas de humo de la zona.
    Al final del día, los agentes del gobierno habían apoderado de casi 25 millones de cigarrillos y más de $ 600,000 que pertenece a Stormmy y otros.
    * * *
    Stormmy y otras siete personas fueron acusadas en Washington el 44 cargos federales de conspiración, contrabando, tráfico y lavado de dinero. Stormmy también fue acusado en Maryland, junto con otras 10 personas, en 50 conteos derivadas de la investigación del contrabando de cigarrillos de la costa este.
    Los fiscales federales alegaron Stormmy y sus co-conspiradores se beneficiaron por lo menos $ 7.4 millones de la venta de cigarrillos libres de impuestos. Sospechan aún más dinero estaba involucrado antes de que agentes federales cerraron. El gobierno estima que los conspiradores habían esquivado el pago de más de $ 4 millones de dólares adeudados en impuestos del estado de Washington.
    Stormmy y los dueños de la tienda de humo deberían haber clavado un impuesto estatal de $ 14.25 en cada cartón de cigarrillos se venden, los fiscales argumentaron.
    «Mi objetivo es procesar a personas por delitos consistente y justa», dijo Freeman. «Eso es lo que una democracia es. Vamos a perseguir sin distinción de raza, etnia o género.»
    El miedo se apoderó de él, Stormmy dijo, al darse cuenta de que él era uno de los objetivos principales de una de las mayores redadas de contrabando de cigarrillos del estado.
    No quería ser un delincuente. El negocio de cigarrillos que una vez que lo mantuvo en efectivo y fichas de casino ahora había abierto una puerta a la cárcel. No tenía nada que mostrar por su vida.
    No mucho tiempo después de ese día, Stormmy a un acuerdo con los federales. Se sentó con los investigadores, se abrió sobre su negocio y señaló con el dedo a los demás.
    «Yo no les dije nada que no supiera ya,» dijo Stormmy.
    Pensó que podría escapar a la cárcel por cooperar. Más tarde, descubrió que aún podría enfrentar años tras las rejas.
    Así Stormmy rechazó el acuerdo con la fiscalía, intentó despedir a su abogado y no se presentó a su audiencia de marzo de 2006. En cambio, se presentó una denuncia contra la Oficina del Fiscal de los Estados Unidos, acusando a los agentes federales de acusándolo falsamente de delitos graves y el robo de su dinero y cigarrillos.
    Tenía la esperanza de que el gobierno se daría cuenta de su error, no dejando indios realizar negocios en su propio camino, dijo.
    Él contrató a John Henry Browne, un abogado de Seattle conocido por hacer frente a los casos criminales más difíciles, a veces usando dramatismo judiciales. El caso de Stormmy tocó un nervio personal: el hijo adolescente de Browne es un Tlingit, un miembro de una tribu indígena de Alaska.
    «Hemos violado la letra y el espíritu de nuestros acuerdos con los nativos americanos», dijo Browne. «Les prometimos que cuando tomamos su tierra que pudieran continuar sus prácticas ininterrumpida.»
    Browne intentó persuadir al juez para suprimir declaraciones y pruebas. Derribado cada vez, Stormmy en septiembre de 2006 se declaró culpable de un cargo de conspiración para el contrabando de cigarrillos de contrabando y tráfico. Los otros 43 cargos fueron retirados.
    Stormmy ahora dice que aceptó declararse culpable porque pensaba Browne pudo vencer el caso de una apelación, el impacto sería repercutir en todos los rincones del territorio indígena.
    Entonces su mente cambió de nuevo el año pasado. Fue entonces cuando Harry Smiskin, un miembro de Yakama Nation, ganó un caso de contrabando de cigarrillos. El noveno Tribunal de Circuito de Apelaciones dictaminó que los miembros Yakama Nation son capaces de «transporte de mercancías al mercado sin restricciones», como se dice en el Tratado Yakama 1855.
    Eso significa que los indios de Yakama puede mover cigarrillos libres de impuestos entre las reservas indígenas, sin temor a los agentes federales les incautan
    El Tratado de Point Elliott, que cubre las tribus Tulalip, no incluye todas las frases relativas a la libertad de los indios para transportar mercancías, pero Browne dijo Stormmy que el fallo Yakama podría ser suficiente para anular su condena.
    Entonces Stormmy cambió de opinión una vez más, después de ver cómo su padre cojeando por la casa, desesperado por recuperar el aliento. Le dijo Browne seguir adelante con su declaración de culpabilidad, por lo que su familia no se le somete a un largo juicio.
    Eso cambió de nuevo cuando él estaba en su cabaña de sudación.
    Él era culpable. Él era inocente.
    Era valiente. El tenia miedo.
    De ida y vuelta, una y otra vez.
    Salió, pelo engominado, reluciente piel, y delante de sus amigos se decidió a luchar.
    «Yo soy un renegado de la India», dijo, inclinando la cabeza hacia el cielo de la noche, que se extiende sus manos sobre la fogata.
    * * *
    Culpable. Inocencio. Stormmy considerado cambiar su declaración muchas veces en los próximos meses, mientras se esforzaba por responder por sí mismo si se trataba de una cuestión de derechos de los indios o si simplemente se había roto la ley.
    Al final, el 11 de abril, su tiempo había terminado. Él honró su declaración de culpabilidad y se enfrentaría a EE.UU. Juez de Distrito Robert Whaley en un tribunal de Seattle.
    En un momento de tranquilidad antes de la sentencia, Stormmy admitió que su negocio en la costa este de vender cigarrillos a los no indios estaba equivocado.
    Se puso codicioso y fue demasiado lejos.
    Su negocio en la costa oeste, dijo, estaba en lo cierto.
    Se trataba de indios, vender a los indios, en sus reservas.
    Fue complicado.
    Stormmy frotó sabio en su piel antes de la audiencia.
    «Es lo que hicimos antes de ir a la batalla», dijo. «Fortalecemos a nosotros mismos.»
    El juez podría haber enviado Stormmy a prisión por más de cinco años.
    Con voz suave esmaltado por un acento sureño, Whaley les dijo que se había criado en el Sur segregado. La desobediencia civil trajo cambiar allí.
    Comprendió que era parte de la motivación de Stormmy. La otra parte fue la codicia, dijo el juez.
    Stormmy Paul fue condenado a 10 meses de arresto domiciliario, tres años de libertad condicional y 600 horas de servicio comunitario. Él puede ir a trabajar. Él puede tomar a su padre al médico.
    Nunca volvió a ver el interior de una celda de la cárcel.
    Stormmy dijo que tenía fe que el Creador lo protegería.
    En los momentos previos a Whaley lo condenó, llamó su nombre Lushootseed tres veces. El sonido alcanzó los ancianos de Stormmy, aquellos en el otro lado. Ellos estaban junto a él, dijo. Le dieron fuerza para aferrarse a la única cosa que está seguro de cuando habló con el juez.
    «Ese es mi nombre indio», dijo. «Me gusta

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    La Solano Lopez
    6 octubre, 2015

    Stormmy Pablo: hombre de negocios, contrabandista, ‘renegado india’

    Por Krista J. Kapralos
    Fecha de publicación: Lunes, 13 de septiembre 2010, 19:55…

    Stormmy Paul pasa el tiempo con su familia y amigos fuera del Palacio de Justicia de Estados Unidos en Seattle después de su reciente sentencia. Le dieron 10 meses de arresto domiciliario y tres años de libertad condicional.

    Acusación contra Stormmy Paul
    La aceptación de Paul de la declaración de culpabilidad
    Casa de Stormmy Paul se encuentra al borde oriental de la Reserva Tulalip indio. El humo de la fogata semanal se desplaza sobre la frontera de la reserva de Marysville, a través de un lugar imaginario en el camino donde los conductores de repente se dan cuenta de que han dejado un mundo a otro.
    El miércoles por la tarde, Stormmy, un indio Tulalip, apila rocas de lava negro en el centro de una fogata de llamas calientes. Él recoge él mismo las rocas de las laderas que rodean el Monte St. Helens.
    Como las rocas comienzan a colorearse en rojo brillante, los coches se detienen en la calzada donde esta ubicado Stormmy. Al poco tiempo, un grupo de hombres se acurruca alrededor del fuego. Todos menos uno son de color blanco.
    Han venido a sudar en un albergue Stormmy construido hace años fuera del parajel lamado arce vid retorcida.
    Han venido a pasar el tiempo con Stormmy, el indio.
    Stormmy, quien metió medio millón de dólares en una bolsa de lona y lo introduce en el maletero de un coche de alquiler rumbo a Miami.
    Stormmy, contrabandeo millones de cigarrillos knock-off Marlboro y Newport en los EE.UU. y los vendió libre de impuestos smokeshops indios.
    Stormmy, quien se declaró culpable de conspiración para conducir, desde su casa Tulalip, una operación de contrabando de cigarrillos y el blanqueo de dinero que llevaba desde Paraguay a China para Arlington.
    Stormmy dice que ha vivido como un indio toda su vida, incluso cuando estaba vendiendo cigarrillos libres de impuestos..
    Él admite todo, pero insiste en que no hizo nada malo.
    “Esa es la única cosa que siempre se puede decir sobre Stormmy Paul. Él es real”.l.
    Cuando zancadas a través de los restaurantes locales, los hombres mirada desde cervezas y camareras dan la vuelta para saludarlo.
    “Hey, Stormmy!”
    En junio de 2004, agentes federales armados lo obligaron a colocarse en el suelo de su salón y lo hicieron esperar allí mientras revolvian de su casa. Su padre, a punto de cumplir los 70, se encontraba afectado de cáncer de pulmón, y su madre, que es de color blanco, sólo podían ver con impotencia como la policía sacudía los brazos de su hijo detrás de él y esposaban sus muñecas.
    Los Agentes tomaron miles de dólares en efectivo y fichas de casino, de la casa saqueada.
    Ahora, Stormmy dice que esesta en su derecho de vender cigarrillos libres de impuestos como estaba antes de la redada, en julio de 2003, cuando le dio $ 2,000 en efectivo para Ron Collins, un hombre Marysville en busca de trabajo. Le dijo a Collins para conducir a Miami y dar a la bolsa de lona, ​​lleno de medio millón de dólares, a un hombre llamado Chuck.
    Stormmy le dio una simple advertencia: “No seas estúpido.”
    Al principio, Collins no lo era. Washington, Oregon, California, Arizona y Nuevo México pasaron sin incidentes. Trouble golpeó en Texas a lo largo de la Interestatal 20 al cruzar las llanuras polvorientas de condado de Eastland, población 4000.
    Un joven policía estatal llamado James Bishop registró conduciéndolo 82 mph.
    Cuando se acercaba el coche notó un olor – posiblemente marihuana – flotando en el aire.
    “Siéntase libre”, dijo Collins, que ofrece una manzana como obispo levantó la tapa del maletero.
    No había drogas. Había cinco bolsas de plástico, cada uno con $ 100.000 en efectivo, metidos en la bolsa de lona.
    “¿Qué pasa con ese dinero?” Preguntó el obispo.
    Perteneció a un amigo, dijo Collins. Entonces él dijo que era la herencia de su abuela. No, no, que pertenecía a un amigo, decidió, antes de que fuera puesto bajo arresto. Más tarde se declaró culpable de lavado de dinero y testificó contra Stormmy.
    A cambio, Collins recibió tres años de libertad condicional, 200 horas de servicio comunitario y una multa de $ 1,100.
    Nunca fue multado por exceso de velocidad.
    * * *
    Policías estatales de Texas, en la creencia de que atraparon un contrabandista en la interestatal, llamaron a inmigración federal y funcionarios de Aduanas.
    El dinero estaba envuelto en bolsas etiquetadas “de Lyle Smoke Shop, Fife, WA.” por lo que la investigación pertenecía a Janet Freeman, un asistente del fiscal estadounidense que persigue delitos federales en Seattle. “Mi caso llegó como un poco de un golpe de suerte”, dijo.
    Freeman había estado buscando pruebas concretas contra los contrabandistas de cigarrillos para detener la evasión de impuestos y lavado de dinero .
    El mismo año, tiendas de humo en Yakima y en Puyallup fueron allanadas, pero las tiendas estaban en marcha de nuevo dentro de unos pocos días, dijo Freeman.
    El estado de Washington ha tenido durante mucho tiempo la responsabilidad de hacer cumplir las regulaciones de alcohol, tabaco y juego – y la recaudación de impuestos “.
    Indios de Puyallup en la década de 1970 comenzaron a abrir tiendas de humo en su reserva al este de Tacoma. Ya en 1971, los indios y los fiscales estatales argumentaron sobre quién tenía jurisdicción sobre esas ventas de cigarrillos.
    Indios sostienen que el Estado no tiene jurisdicción sobre sus reservas, que se rigen por las tribus soberanas. Y los indios ya están exentos del pago de impuestos estatales cuando se involucran en el comercio entre sí en tierra india.
    Hace años, la mayor atención federal sobre conspiraciones de contrabando de cigarrillos se ha centrado en las familias de Nueva York de la mafia, que dominaron el mercado.
    A finales de la década de 1990, surgieron evidencias de que el contrabando de cigarrillos .
    La Ley de Tráfico de cigarrillos de contrabando en 2003 endureció el umbral para los cargos de contrabando federales a 50 cartones libres de impuestos – 10.000 cigarrillos – desde 300 cartones.
    Como Freeman volvió su atención a los contrabandistas de cigarrillos de la India, y de Lyle Smoke Shop, los fiscales de la Costa Este se encontraban en medio de una importante investigación de los suyos. Todo el mundo estaba aprendiendo acerca Stormmy.
    * * *
    El padre de Stormmy, Orland Pablo, salió de la reserva india de Tulalip en la década de 1950 cuando el gobierno federal prometió formación y puestos de trabajo como parte de un programa para atraer a los indios en la sociedad.
    Stormmy nació en Port Orchard en 1964. Cada verano, los meses de junio y principios de julio, su familia llevó a la Reserva Indígena Tulalip casi todos los días para vender fuegos artificiales.
    Para Stormmy, la reserva se sentía como en casa.
    Cuando tenía 23 años, la familia de Stormmy regresó a la reserva para el bien. Stormmy y su hermano Carter, seis años menor que él, trabajó con su padre en un barco de pesca. Carter Paul murió en un accidente automovilístico en 2003, dejando Stormmy para cuidar de sus mayores.
    Stormmy dijo que él fue uno de los primeros indios de aprender Lushootseed, un lenguaje Coast Salish india, como un adulto. Él era lo suficientemente competente para dirigir el departamento de idiomas de las tribus durante varios años, y todavía tutores otros indígenas en su propia lengua.
    Él ora en Lushootseed en la cabaña de sudación, a menudo cantando una canción antigua, tribal.
    Él nunca se ha casado. Ha habido un montón de novias, pero Stormmy no quería hijos.
    En cambio, él disfruta con su habilidad para los negocios. Vendió fuegos artificiales y bienes raíces, y incursionó en la industria gráfica.
    También reconoció que la soberanía tribal, ya Tratado de Point Elliott de 1855, ofrece oportunidades interesantes. Los Tulalips tienen su propio gobierno, las leyes, la policía y el sistema judicial. Indios responden no a su propia en muchos temas. Aún así, para abrir tiendas de humo o casinos, la tribu, de acuerdo con funcionarios federales, deben negociar pactos con el estado.
    Stormmy cree que la soberanía tribal reemplaza a juegos de azar y cigarrillos compactos.
    Inició su negocio de cigarrillos después de reunirse con un indio Mohawk del estado de Nueva York. Reserva The St. Regis Mohawk Tribu extiende a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y Canadá, dijo el hombre, y él estaba haciendo cigarrillos de la marca Seneca en el lado canadiense de evitar problemas.
    Stormmy decidió entrar en el negocio. Obtuvo una licencia de negocio de cigarrillos al por mayor a través de la tribu Nez Perce en Idaho, dijo. Su Stilly Trading Post abrió sus puertas en 2000 en la Reserva India Stillaguamish.
    Los Mohawks pagaron impuestos federales sobre los cigarrillos en Nueva York, y luego los envió por camionadas a Idaho, dijo Stormmy. No había estampillado – tribal o de otra manera – en los cigarrillos.
    Stormmy dijo que hizo una de 50 centavos Stillaguamish impuesto a los cigarrillos tribal por cada cartón vendió, un requisito impuesto por los líderes tribales. La tribu no tiene un pacto cigarrillo. También vende libre de impuestos a otros propietarios de tiendas de humo indios, en su mayoría miembros de la tribu de Puyallup.
    “Nuestro tratado establece que podemos hacer negocios con todas las otras tribus, y eso es justo lo que estábamos haciendo”, dijo Stormmy.
    En 2001, el Stilly Trading Post fue allanada por los investigadores del estado, como parte de una investigación sobre la venta de cigarrillos libres de impuestos. Stormmy reabrió la tienda de inmediato.
    Ese año, él también comenzó a importar cigarrillos falsificados comprados a través de un mayorista en Hawai. Entraron creíble marca embalaje: Marlboro y Newports hechos en China. Otros eran marcas extranjeras: NISE de China, el ICE de Paraguay.
    Stormmy dijo que no se enteró hasta más tarde que él era el único cliente de la compañía hawaiana.
    “No tenía ni idea”, dijo. “Pensé que eran sólo una empresa normal. ¿Cómo debo saber cuántos clientes que tenían?”
    En 2003, dijo Stormmy, líderes tribales Stillaguamish plantearon el impuesto a $ 1 por caja, y dijeron que planeaban comenzar a fijar una estampilla del impuesto tribal a los cigarrillos.
    Stormmy se negó a pagar.
    Poco después, la policía tribales Stillaguamish cerraron la tienda y prohibieron Stormmy de su reserva.
    Ejecutivo tribal Stillaguamish Eddie Goodridge Jr. dijo que la tribu “no le gustaba la forma (Stormmy) hizo negocios.”
    Se negó a decir nada más porque su propia tienda de humo puede ser actualmente bajo investigación. Poco después de la Stilly Trading Post fue cerrado, Goodridge y su familia abrieron la Stilly Azul, una tienda de humo casi idéntico al de Stormmy.
    Los agentes federales en mayo pasado allanaron la Stilly azul como parte de la “Operación Chainsmoker”, que sirvió siete órdenes de registro en Washington y Oregon en los lugares de venta de cigarrillos libres de impuestos.
    Las autoridades federales se han negado en repetidas ocasiones para discutir precisamente lo que estaban buscando en el Stilly Azul, pero se llevó los cigarrillos. Las órdenes de registro permanecen bajo sello y no hay acusaciones se han presentado.
    No está claro qué relación, en su caso, los problemas legales de Stormmy tienen con la incursión en el Stilly Azul, que reabrió menos de una semana más tarde.
    * * *
    Después de su tienda de humo fue cerrada, el negocio de cigarrillos al por mayor de Stormmy retumbó. Él hizo tanto dinero que necesitaba maneras de ocultar para evitar levantar sospechas de los recaudadores de impuestos federales y estatales, dijo.
    En esa época conoció a Damon Ostis Stormmy, quien habló de una manera Stormmy podría conseguir sus ganancias fuera del país, principalmente a través de transferencias bancarias internacionales. Él actuaría como intermediario entre Stormmy y Rubens Cardoso, un sudamericano que divide su tiempo entre Brasil, Paraguay y Miami.
    En realidad, Ostis era un agente secreto federal con la investigación de la Costa Este.
    Stormmy tenía algunas ideas propias. Usó el dinero para comprar cigarrillos máquinas para liar cigarrillos de la tribu india de Chehalis, luego se venden aquellos a Cardoso, convirtiendo algunas ganancias ilegales en ingresos legítimos.
    El negocio iba bien, con los depósitos bancarios regulares de $ 8,000 en efectivo, una cantidad calculada para deslizarse por el requisito de notificación obligatoria de los bancos de $ 10.000.
    En poco tiempo, Stormmy tenía unidades de almacenamiento en todo el noroeste del Pacífico llena de cigarrillos de todos los tipos y marcas, el suministro de tiendas de humo en la reservación india de Puyallup. Otros envíos fueron a los no indios en la costa este, que fueron en busca de una ganga.
    Compró los cigarrillos de “no mucho”, los vendió por “no mucho”, e hizo “no mucho” en el resultado, dijo. “Yo no sigo la pista de lo mucho que estaba haciendo, pero todo lo que hice, me puse de nuevo en el negocio. Nunca guardé ningún registro.”
    Con ganas de más, Stormmy comenzó a planear su propia planta de fabricación de cigarrillos, justo en la reserva india de Tulalip.
    Y así, en julio de 2003, dio Ronald Collins $ 500.000 a entregar a un hombre en Miami. El plan consistía en conectar a Cardoso, que iba a comprar una máquina de laminación de cigarrillos de tamaño industrial en Rusia para la fábrica Tulalip.
    El dinero nunca llegó.
    Collins llama desde Texas “acaba llorando como un bebé”, dijo Stormmy.
    Stormmy dijo que él no se inmutó ante la noticia de que el dinero había sido incautado.
    “Yo no creo que los federales podían hacer nada para nosotros.”
    Se sentía invencible, protegido. Él estaba vendiendo cigarrillos, uno de la India a otro. Eso es perfectamente legal, dijo, de acuerdo con el Tratado de Point Elliott. Garantiza indios el derecho a vivir como siempre lo han hecho, dijo.
    No sabía funcionarios federales ya estaban hablando con los investigadores estatales, que durante años había estado rastreando Stormmy y sus asociados en Puyallup, y asaltando sus negocios de cigarrillos.
    Los agentes federales llegaron para Stormmy en junio de 2004, él y sus padres sostiene a punta de pistola en su casa. Golpearon las cuentas bancarias y los armarios de almacenamiento y se apoderaron del inventario de cigarrillos en las tiendas de humo de la zona.
    Al final del día, los agentes del gobierno habían apoderado de casi 25 millones de cigarrillos y más de $ 600,000 que pertenece a Stormmy y otros.
    * * *
    Stormmy y otras siete personas fueron acusadas en Washington el 44 cargos federales de conspiración, contrabando, tráfico y lavado de dinero. Stormmy también fue acusado en Maryland, junto con otras 10 personas, en 50 conteos derivadas de la investigación del contrabando de cigarrillos de la costa este.
    Los fiscales federales alegaron Stormmy y sus co-conspiradores se beneficiaron por lo menos $ 7.4 millones de la venta de cigarrillos libres de impuestos. Sospechan aún más dinero estaba involucrado antes de que agentes federales cerraron. El gobierno estima que los conspiradores habían esquivado el pago de más de $ 4 millones de dólares adeudados en impuestos del estado de Washington.
    Stormmy y los dueños de la tienda de humo deberían haber clavado un impuesto estatal de $ 14.25 en cada cartón de cigarrillos se venden, los fiscales argumentaron.
    “Mi objetivo es procesar a personas por delitos consistente y justa”, dijo Freeman. “Eso es lo que una democracia es. Vamos a perseguir sin distinción de raza, etnia o género.”
    El miedo se apoderó de él, Stormmy dijo, al darse cuenta de que él era uno de los objetivos principales de una de las mayores redadas de contrabando de cigarrillos del estado.
    No quería ser un delincuente. El negocio de cigarrillos que una vez que lo mantuvo en efectivo y fichas de casino ahora había abierto una puerta a la cárcel. No tenía nada que mostrar por su vida.
    No mucho tiempo después de ese día, Stormmy a un acuerdo con los federales. Se sentó con los investigadores, se abrió sobre su negocio y señaló con el dedo a los demás.
    “Yo no les dije nada que no supiera ya,” dijo Stormmy.
    Pensó que podría escapar a la cárcel por cooperar. Más tarde, descubrió que aún podría enfrentar años tras las rejas.
    Así Stormmy rechazó el acuerdo con la fiscalía, intentó despedir a su abogado y no se presentó a su audiencia de marzo de 2006. En cambio, se presentó una denuncia contra la Oficina del Fiscal de los Estados Unidos, acusando a los agentes federales de acusándolo falsamente de delitos graves y el robo de su dinero y cigarrillos.
    Tenía la esperanza de que el gobierno se daría cuenta de su error, no dejando indios realizar negocios en su propio camino, dijo.
    Él contrató a John Henry Browne, un abogado de Seattle conocido por hacer frente a los casos criminales más difíciles, a veces usando dramatismo judiciales. El caso de Stormmy tocó un nervio personal: el hijo adolescente de Browne es un Tlingit, un miembro de una tribu indígena de Alaska.
    “Hemos violado la letra y el espíritu de nuestros acuerdos con los nativos americanos”, dijo Browne. “Les prometimos que cuando tomamos su tierra que pudieran continuar sus prácticas ininterrumpida.”
    Browne intentó persuadir al juez para suprimir declaraciones y pruebas. Derribado cada vez, Stormmy en septiembre de 2006 se declaró culpable de un cargo de conspiración para el contrabando de cigarrillos de contrabando y tráfico. Los otros 43 cargos fueron retirados.
    Stormmy ahora dice que aceptó declararse culpable porque pensaba Browne pudo vencer el caso de una apelación, el impacto sería repercutir en todos los rincones del territorio indígena.
    Entonces su mente cambió de nuevo el año pasado. Fue entonces cuando Harry Smiskin, un miembro de Yakama Nation, ganó un caso de contrabando de cigarrillos. El noveno Tribunal de Circuito de Apelaciones dictaminó que los miembros Yakama Nation son capaces de “transporte de mercancías al mercado sin restricciones”, como se dice en el Tratado Yakama 1855.
    Eso significa que los indios de Yakama puede mover cigarrillos libres de impuestos entre las reservas indígenas, sin temor a los agentes federales les incautan
    El Tratado de Point Elliott, que cubre las tribus Tulalip, no incluye todas las frases relativas a la libertad de los indios para transportar mercancías, pero Browne dijo Stormmy que el fallo Yakama podría ser suficiente para anular su condena.
    Entonces Stormmy cambió de opinión una vez más, después de ver cómo su padre cojeando por la casa, desesperado por recuperar el aliento. Le dijo Browne seguir adelante con su declaración de culpabilidad, por lo que su familia no se le somete a un largo juicio.
    Eso cambió de nuevo cuando él estaba en su cabaña de sudación.
    Él era culpable. Él era inocente.
    Era valiente. El tenia miedo.
    De ida y vuelta, una y otra vez.
    Salió, pelo engominado, reluciente piel, y delante de sus amigos se decidió a luchar.
    “Yo soy un renegado de la India”, dijo, inclinando la cabeza hacia el cielo de la noche, que se extiende sus manos sobre la fogata.
    * * *
    Culpable. Inocencio. Stormmy considerado cambiar su declaración muchas veces en los próximos meses, mientras se esforzaba por responder por sí mismo si se trataba de una cuestión de derechos de los indios o si simplemente se había roto la ley.
    Al final, el 11 de abril, su tiempo había terminado. Él honró su declaración de culpabilidad y se enfrentaría a EE.UU. Juez de Distrito Robert Whaley en un tribunal de Seattle.
    En un momento de tranquilidad antes de la sentencia, Stormmy admitió que su negocio en la costa este de vender cigarrillos a los no indios estaba equivocado.
    Se puso codicioso y fue demasiado lejos.
    Su negocio en la costa oeste, dijo, estaba en lo cierto.
    Se trataba de indios, vender a los indios, en sus reservas.
    Fue complicado.
    Stormmy frotó sabio en su piel antes de la audiencia.
    “Es lo que hicimos antes de ir a la batalla”, dijo. “Fortalecemos a nosotros mismos.”
    El juez podría haber enviado Stormmy a prisión por más de cinco años.
    Con voz suave esmaltado por un acento sureño, Whaley les dijo que se había criado en el Sur segregado. La desobediencia civil trajo cambiar allí.
    Comprendió que era parte de la motivación de Stormmy. La otra parte fue la codicia, dijo el juez.
    Stormmy Paul fue condenado a 10 meses de arresto domiciliario, tres años de libertad condicional y 600 horas de servicio comunitario. Él puede ir a trabajar. Él puede tomar a su padre al médico.
    Nunca volvió a ver el interior de una celda de la cárcel.
    Stormmy dijo que tenía fe que el Creador lo protegería.
    En los momentos previos a Whaley lo condenó, llamó su nombre Lushootseed tres veces. El sonido alcanzó los ancianos de Stormmy, aquellos en el otro lado. Ellos estaban junto a él, dijo. Le dieron fuerza para aferrarse a la única cosa que está seguro de cuando habló con el juez.
    “Ese es mi nombre indio”, dijo. “Me gusta

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