Quién se hace cargo de Asunción

Asunción es una ciudad que vomita pobres. Los vomita, literalmente. En sus periferias sobreviven imperiosas pero, aún desdibujadas, fuerzas proletarias. En los sectores medios y altos, la especulación inmobiliaria y la antigua tradición conservadora se conjugan imponiendo encierros, circuitos cerrados: miedo y paranoia al otro, al otro marginal, al otro extraño y fantasmal. En sus calles del centro histórico y los nuevos centros, habitan de día trabajadores de la zona metropolitana que, apurados por el malvivir, ya no se detienen a disfrutar sus plazas, el aroma de los jazmines y la brisa de su bahía.

La estación del tren ya es solo melodía de una memoria jadeante, su puerto un fraude privatizado, su tranvía una postal ajada del siglo 20. Su Plaza Italia, un jardín encerrado por las noches, su plaza uruguaya embarrotada contra los indígenas que sufren el destierro más oprobioso de su historia malherida.

Avanzaron, entre el miedo y la paranoia, el encierro y los barrotes. Por las noches, sus pocos sobrevivientes en las calles caminan con el sambenito de sospechosos. Pero hay un mundo de subversivos en la ciudad y sus barrios que no se resignan a la muerte temprana de la fe y la esperanza. De sus rendijas cuelga mucha fuerza creadora, nihilismo y fatalismo de corte existencialista descuellan entre la birra, el chespi o el fantuvi.

Una ciudad –al igual que sus plazas- es un espacio de concurrencia. En su seno, el antiguo mercado: espacio común de intercambio.

Lo común, no lo diferencial, la vuelve amable, habitable.

A Asunción la trasgrede una dirigencia económica y política narcisa que se mira el ombligo, su bienestar y se regodea en la diferencia. En su profunda idea lo común y lo público es solo de pobres, muy pobres, por lo tanto, le resulta muy natural privatizar en clubes privados el río, encerrar las plazas y cobrar entradas para espectáculos, repudiar a marginales de las plazas y llenarlas de carteles Tigo, Personal, Coca Cola…

Su dirigencia económica es profundamente estatutaria. Más lejos de lo común mejor. Sus estructuras políticas, clientelares y prebendarias, rellenan el guión. Nunca se los ve –a sus operadores- en las plazas, en los colectivos, caminando la ciudad, hablando con la gente, salvo durante períodos electorales. La gente es una masa que, en ese discurso y esa idea del mundo, solo legitima la idea de separarse, diferenciarse.

El destino de Asunción está ligado sin lugar a dudas al destino del país. Pero en la mayoría de las ciudades de la zona metropolitana, por ejemplo, las antiguas familias de comerciantes y usureros se han reciclado como si nada hubiera ocurrido. En Luque, que, de 50.000 habitantes en los 70, ahora malviven unos 300.000, los González Daher, antigua familia que acumuló fortuna con la usura a trabajadores de las compañías, manejan de taquito los tejidos del estado municipal. Así, en muchas ciudades, los intereses de esas nuevas mayorías -a juzgar por los reclamos- no se ven representados en la administración comunal.

Esa nueva ciudad, la que reclamamos, con transporte público sano, barato; espacio de concurrencia donde todos nos sintamos –o que parezcamos- iguales, espectáculos de calidad gratuitos, servicios básicos e impuestos sensatos y seguridad social forma parte de una idea que no  juega sus mejores chances en estas elecciones.

Hay nuevas realidades en distintos distritos del interior. Nuevas formas de articulación de los desterrados sentarán posiciones y se ubicarán en concejalías. Tal vez en algunas que otras intendencias.

Sin embargo, en el manejo municipal, en las condiciones país: destierro, desigualdad, extrema pobreza y gigantesco capital depredador y su institucionalidad ramplona, impune, no habrá novedades importantes por mucho tiempo. Y por lo tanto, el mapa municipal se lo dividirán los antiguos gerentes, los partidos tradicionales.

En Asunción, al no consolidarse una ruptura fundamental en la acción política, vuelve, por lo tanto, la idea de la candidatura “independiente” como alternativa. Si bien hay cambios drásticos en la configuración de nuestras sociedades citadinas, las cosas, en el manejo político, no han cambiado sustancialmente en el país. De esas candidaturas, Mario Ferreiro tendrá las mejores chances.

Y como se trata de una ciudad que vomita pobres (es la única de la zona metropolitana que decrece demográficamente) la intendencia seguirá sin proyectar serios liderazgos nacionales.

Dentro de este recambio, claro está, hay mejores y peores administradores, pero serán sustancialmente funcionales a una ciudad que seguirá vomitando a sus pobres, encerrándose frente a otros, ubicando zonas de seguridad y clubes para ricos. Los monstruos que consagran la pesadilla de las familias de bienestar seguiremos sumando de a miles, en las oscuras noches de la faca o de la poesía siempre a medio terminar, con susurros de amores contrariados, soledad y desamparo,  juntando –o exigiendo- monedas a la espera de ese colectivo que seguramente no vendrá antes de la 5 de la madrugada.

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