Qué hacer ante la consumación electoral del golpe sicario y corporativo

El golpe sicario del 15 de junio con la matanza de 11 campesinos y seis policías, más un dirigente de la misma ocupación acribillado el 1º de diciembre, ha sido una jugada maestra en la recomposición del tablero político.

Fuente: encuentronortesur.wordpress.com

Nada de lo que ha ocurrido en el Paraguay en las elecciones del 21 de abril de 2013 se puede explicar sin abordar con honestidad el golpe sicario perpetrado el 15 de junio de 2012 y la formalización de este por el Parlamento paraguayo el 22 de junio del mismo año. Tampoco sin abordar la tremenda miopía e infantilismo de los sectores denominados progresistas que fueron disgregados a unas elecciones como si estas fueran una expresión cortés de una bella democracia liberal.

El golpe sicario del 15 de junio con la matanza de 11 campesinos y seis policías, más un dirigente de la misma ocupación acribillado el 1º de diciembre, ha sido una jugada maestra en la recomposición del tablero político al disgregar, por un lado, al frente gubernista y, al ubicar, por otro, como el jugador más importante del proceso al Partido Colorado, con un patrón que sustituyó ampliamente al Estado en la consumación de la victoria electoral, Horacio Cartes. Pero la masacre de Curuguaty no es solo un juego de tablero electoral, que también lo es y mucho, sino que fundamentalmente es una señal clara del poder terrateniente en este país de que la tierra, concentrada en más del 80 por ciento en el dos por ciento de la población, es un asunto inapelable. Las balas de aquella masacre contra una ocupación aislada, arrinconada, sin conexiones institucionales ni políticas, en un terreno demostradamente del Estado, señalan el cierre de un período de cierta tolerancia del poder terrateniente y sus aparatos de represión con las ocupaciones de tierra campesinas de territorios usurpados.

La conspiración golpista contra un gobierno extremadamente de centro como el de Fernando Lugo comenzó en el mismo momento en que desde el Indert se inició el aparentemente ingenuo tramite de pedir a algunos terratenientes los papeles de los territorios que asumen que son suyos y desde que el Senave  intentó una tímida acción de control de las leyes que regulan el agro negocio. Cualquiera se preguntaría qué de malo tiene que el Estado quiera ver los papeles que acreditan el territorio ocupado y que el Estado cumpla su papel de verificar si en la plantación de la soja y el maíz transgénicos que usan un veneno que contamina los arroyos, la célula placentaria, provoca deformaciones, cánceres a largo plazo se respetan las regulaciones de uso del territorio. Esas cuestiones mínimas no quieren los terratenientes por varias razones. Por un lado está la apropiación ilegítima de las tierras (alrededor de ocho millones de tierra robadas durante la dictadura stronista, según el informe de la Comisión Verdad y Justicia) y, por el otro lado, la explotación inmisericorde de la tierra con los granos transgénicos de la Monsanto, los venenos de esta multinacional estadounidense, los tractores traídos de Brasil y la exportación en bruto, sin impuesto de los granos. De fondo opera la base misma del poder político y económico del país: el latifundio. El latifundio es algo que cohesiona a todo el poder económico del país al ser la tierra el principal rubro de inversiones. En torno de la tierra, importadores, re-exportadotes, sojeros, ganaderos narco ganaderos forman una sola corporación, junto con las redes  trasnacionales de los granos y las drogas. He aquí que la sola presencia del Estado en el control de mínimas cuestiones pone en riesgo la poderosa acumulación económica. Estamos hablando de un país donde una vaca pasta en dos hectáreas, en haciendas en las que no solamente recorren los tiernos terneros, sino que, en muchos casos, estancias por donde se trafica de todo, especialmente cocaína. No en vano que, casualmente, las avionetas con cocaína caen -así como quien no quiere la cosa-, en estancias. Es que hay un gigantesco corredor territorial dominado exclusivamente por el negocio, sin control de Estado, sin caminos estatales, sin hospitales, sin poblados, sin radares, sin aviones de caza, sin nada. En los fondos de Concepción, donde al Ejército del Pueblo Paraguayo se le adjudica el papel, caricaturescamente malo, de elemento desestabilizador, en realidad las redes de la narco ganadería controlan el territorio. Esto ocurre por igual vastas zonas de los departamentos de Canindeyú, San Pedro y Amambay. No en vano que al caer el Partido Colorado del Ejecutivo, en el 2008, y ponerse en riesgo cierta parte de esta forma de acumulación económica, rápidamente un patrón muy grande, ligado a esos negocios, se hizo cargo del supermercado de operadores electorales de este partido que hasta el 2008 había manejado el país desde 1954, siendo soporte de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), período en que se consolidó el modelo agroexportador y reexportador, esto de traer de afuera mercaderías para, luego de dejar un puchito en el país, meterlas en mercados regionales más amplios, principalmente Brasil.

Por un lado, el golpe sicario del 15 de junio, formalizado por el Parlamento el 22 del mismo mes, es un golpe preventivo por si a las nuevas fuerzas sociales emergentes, de nítida mayoría campesina, con su representación política, se les ocurra discutir cosas más serias que pongan el riesgo su poder absoluto, total, en la economía y en todos los órganos de la república. Es una señal clara, contundente, de las cosas que este poder no quiere discutir: la explotación agro exportadora de la tierra y el control territorial mafioso, en un país en el cual si no se discute el tema tierra nada esencial se discute.

Con el golpe sicario y corporativo también ese mezquino poder cerró un período de falsa democracia, lo cerró sin previo aviso, dejando a la mayoría de la gente con la idea inequívoca de que votar es perder el tiempo. Ante la inexistencia de un movimiento antigolpista unificado, que decodifique el mensaje y represente la indignación de un vasto sector de la sociedad, ese sentimiento claro, preciso, de que el voto no sirve, se expresó en las urnas, en su inmensa mayoría, a mejor postor, resignificando el antiguo legado del stronismo: “si te metés en política es para sacar alguna ventaja personal; si no, sos un boludo”. Es así como Don Sinfo compró mercaderías para una semana con sus cinco votos: el de él, su señora y sus hijos. Es así como Doña Leoncia, del barrio Trinidad, consiguió parte del dinero para festejar el 15 años de su hija, muy a pesar de Clara N. que nada pudo hacer, más que penar, al ver que su vecina, que jamás pidiera dinero para votar, lo haya hecho esta vez, y que la mejor oferta la dieron los cartistas, entras que ella, antigua operadora liberal, nada pudo hacer. Es así como en una cuadra del Bañado Sur, un periodista norteamericano decía “Oh, mi god”, al ver los retenes de operadores que compraban votos a viva voz. Ese es el escenario en el que se legitimó el golpe sicario y corporativo, cerrando un período de falsa democracia abierta en 1989.

Muchas cosas ocurrieron de ese tiempo a esta parte. Se fue concentrando la tierra cada vez en menos manos; cerca de 150 campesinos, varios de ellos dirigentes, asesinados en su lucha por la tierra; desahucio tremendo de las poblaciones campesinas hacia los departamos Central y Alto Parana, incluidos los indígenas y una forma de administrar que colapsó en el segundo quinquenio del 2000, posibilitando la ruptura eventual con la aparición de Fernando Lugo, y el retorno, ahora, del patrón más importante del modelo de acumulación al gobierno: Horacio Cartes. Es un gran patrón, de temer. Ha hecho, dentro de los intereses a los que representa, muy buenas movidas. Ha comprado un equipo de fútbol, un partido político y se ha comprado un país. En contrapartida, ha quedado al descubierto la corporación que domina el país, con apoyo de los grandes medios de comunicación. Buena parte de la ingenuidad de la dirigencia social y política progresista debió quedarse en el basurero, quedando por despejar la mezquindad y el oportunismo para construir una alternativa profundamente popular para este país. No es tarea menor la nuestra de sortear esta mezcla de balas y dinero para definir un “nuevo rumbo” en un escenario regado también de mezquindad y oportunismo entre la gente que dice representar intereses más genuinos de la gente. Somos muchos más los que creemos sinceramente en darle en la madre a esta corporación, pero hay cosas que al interior mismo hay que derrotar; entre ellas el miedo y la antigua subordinación al patrón. En este país, no se puede gobernar para Aldo Zucolillo y mi madre. Es una ingenuidad peligrosa o un oportunismo deleznable.

 

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