QUÉ DIRA EL SANTO PADRE…

Opinión.

El Papa Francisco recibiendo a Horacio Cartes, en la visita del presidente paraguayo al Vaticano. Foto: Presidencia.

La ola ciudadana de indignación, hartazgo y repudio a la corrupción institucionalizada que se manifiesta en muchas ciudades paraguayas, está rompiendo el confort de parte de los sectores conservadores del mundo empresarial y religioso que, por décadas, han sido uno de los fuertes apoyos del vicioso sistema político, económico y cultural que predomina en la vida de los poderes públicos y privados en este sometido país.

En el descrédito popular, que por ahora afecta parcialmente al Ejecutivo, el Parlamento y la Suprema Corte de Justicia acaparan los escraches en grados desconocidos, reclamándose desde diversos ambientes el desafuero de la mitad de los 45 Senadores y los 80 Diputados, cuestionándose incluso la existencia misma de esa bicameral, por los abusos escandalosos que practican sus privilegiados miembros y lo absurdo de su número, en “representación” de apenas seis millones de habitantes.

La Constitución Nacional, establecida en 1992, a tres años del desplazamiento del poder político, aunque nunca del económico del General Alfredo Stroessner, tras cuatro décadas de absolutismo, indujo en la elaboración del texto la disminución del presidencialismo,  dándole más poder al Congreso, otorgándole amplias facultades y altos privilegios que el prebendarismo partidario colorado y liberal, ha ido agravando en estos dos últimos decenios, haciendo del latrocinio una práctica de tipo fundamentalista.

El Poder Judicial es otro de los pilares de la amoralidad nacional imperante, protector y en ciertos casos parte de la gran delincuencia que se manifiesta, entre otras actividades ilícitas en el acaparamiento de tierra, por más de ocho millones de hectáreas, según la Comisión de Verdad y Justicia, y por su omisión sistemática de procesar a personeros querellados y bien identificados de las roscas mafiosas que están expulsando a miles de labriegos de sus tierras, para sembrar transgénicos, haciendo del narcotráfico y el contrabando su actividad preferencial.

El pueblo ha aprendido. En el 2008 expresó su voluntad de cambiar la situación del país y eligió un gobierno multicolor con un programa progresista, encabezado por el ex Obispo Fernando Lugo, contra el rechazo de los sectores religiosos más cavernarios.

La decepción, como era previsible, llegó a los tres años debido a errores del inexperto Ejecutivo, a su heterogénea composición ideológica, que permitió la injerencia de Estados Unidos en su política productiva y represiva, y también a la equivocada exigencia de la mentalidad cortoplacista que reclamaba una transformación rápida, imposible de hacer en sólo cuatro años, en el caso que hubiera intención, en un país que tiene más de un siglo de autoritarismo, abusos, sobornos, chantajes, prebendarismo y otros graves vicios, que han generado un gravísimo atraso cultural .

Llegó el Golpe de Estado del 22 de junio del 2012, encabezado por el Partido Liberal, que tenía la Vicepresidencia del país, maquillado de un Juicio Político a Lugo, sirviéndose como pretexto burdo del asesinato, una semana antes, de seis policías y once campesinos, miembros de varias familias asentadas en una tierra fiscal, en lo que resultó una emboscada, como lo atestiguan numerosas pruebas. La operación fue parte sustancial del plan, elaborado por poderes fáticos, de cortar el proceso de cambios en marcha.

La mayoría ciudadana no se equivocó y repudió el golpe, empujando a un coma, del que aún no sale, a la traidora dirigencia liberal que, en su viejo complejo de inferioridad ante los colorados y su ilimitada avaricia, se prestó a la canallada, estratégicamente bien concebida con el objetivo de facilitar el retorno del Partido Colorado a la presidencia de la República, golpeando casi mortalmente a su viejo rival-cómplice y al movimiento popular.

El planteo de la derecha, dirigida por estrategas de Estados Unidos, Israel y Colombia, ha sido un acierto parcial, porque es cierto que ha conseguido reinstalar en puestos claves del gobierno a antiguos militantes estronistas, convirtió en ley la Alianza Público-Privada y ha otorgado poderes discrecionales al Presidente Horacio Cartes, para decidir medidas de gran significación en la vida del país, sin necesidad de pedir autorización al Congreso, como la venta del parte del patrimonio nacional a inversionistas transnacionales.

Pero los enemigos de los cambios han fallado en sus previsiones y no han tenido en cuenta la reacción que su entreguismo está produciendo entre los ciudadanos, con fuerte intensificación de la movilización por distintos lugares del país de las organizaciones campesinas, persistiendo en su reclamo de tierra para unas 200 mil familias desplazadas, en la defensa de las semillas nativas y criollas y de rechazo de las corporaciones del agronegocio y sus paquetes tóxicos, y de los movimientos sociales y sindicales.

Otros sectores que se han sumado al repudio, son el empresarial y el religioso. Los primeros, que han difundido por la prensa y colocado carteles prohibiendo el acceso a sus comercios de los parlamentarios más corruptos, han comenzado a reaccionar también por miedo a la invasión que se está produciendo en el país de inversionistas extranjeros invitados por Cartes, ofreciendo a Paraguay como “una mujer linda y fácil”, en el marco de la Alianza Público-Privada, que lo autoriza a vender las empresas del Estado.

El repudio creciente a los poderes estatales también se está expresando en ocasión de la máxima fiesta religiosa nacional, que culminará este ocho de diciembre, con miles de participantes, en la Basílica de Caacupé, a 50 kilómetros al este de Asunción, preparada en todo el país desde hace semanas e ilustrada con el paseo por los pueblos de la imagen de la Virgen que lleva el nombre de esa ciudad.

En las homilías se suceden jerarcas eclesiásticos condenando la corrupción y convocando a una mayor concientización y movilización ciudadana para hacer posible el cambio político, hecho que, mirado en cantidad y calidad, tiene su trascendencia a pesar de las contradicciones internas conocidas en la cúpula católica. Quizás podrían quedar atrás las décadas en las que los principios cristianos eran dignificados por muy pocos párrocos. ¿Qué dirá Francisco, que vive en Roma…?

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