Pueblo insurrecto

A propósito de la escalada represiva del gobierno de Horacio Cartes, el presidente del Partido Comunista Paraguayo, Carlos Luis Casabianca, remitió a nuestra redacción un fragmento de su libro «Clandestino y bajo agua», que relata la resistencia de los opositores a la dictadura de Alfredo Stroessner. 

La clandestinidad antidictatorial fue una necesidad impuesta al pueblo, a los demócratas y patriotas, por las fuerzas más retardatarias de la sociedad paraguaya y por las fuerzas extranjeras del capitalismo y del imperialismo que tenían intereses creados en el Paraguay, de orden económico y político-militar estratégico, vinculados a políticas hegemónicas de dominación mundial.

Fuimos obligados a vivir, luchar y trabajar en la clandestinidad tanto los sectores sociales y políticos, como las individualidades que no nos sometimos a las políticas antinacionales y antipopulares impuestas en nuestro país por la dictadura fascista.

La historia demostró y la Comisión de Verdad y Justicia del Paraguay registró en su “Informe Final”, igual que lo hicieron otras instituciones y otras personalidades, así como gente común y sencilla, que nuestro pueblo recurrió a todas las formas de lucha, legales y clandestinas, pacíficas y armadas, para defender sus derechos fundamentales y su aspiración a un futuro mejor.

Los ideales y sueños de un Paraguay nuevo y mejor sobrevivieron expresándose ya abiertamente, ya calladamente, e iban prevaleciendo  progresivamente por sobre la opresión social y la represión política, que tozudamente se negaban a retirarse de la escena histórica.

La moral y la mística de los idealistas y los luchadores que no perseguían intereses personales ni mezquinos, sino fines superiores de redención social y humana, son enseñanzas y ejemplos imprescindibles para resolver y superar los problemas y las dificultades que hoy y en el futuro interponen sectores que privilegian sus egoístas intereses.

Los elevados valores que nos legó la abnegada  y riesgosa  lucha clandestina y que se encarnan en los mejores hijos e hijas de nuestro pueblo, han de ser las defensas y los escudos para impedir que se internalicen en el movimiento social y político, proveniente de los círculos encumbrados fraudulenta y artificialmente,  los antivalores de la politiquería, la corrupción, la prebenda,  el arribismo y el enriquecimiento ilícito que corroen y minan a cierta gente y a parciales sectores dirigentes de la sociedad, del gobierno y del Estado.

José Martí, “el Apóstol” de la primera independencia cubana, exalta el valor y el ejemplo de las individualidades dentro del heroísmo colectivo:

«Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor.

En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber  cierta cantidad de luz.

Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.

Esos hombres son sagrados.

(…) Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta.

El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.»

El Mariscal López es el prototipo individual del heroísmo de masas del pueblo paraguayo, que combatió hasta la muerte en defensa del sistema igualitario y justo del Paraguay soberano, construido a partir de la política radical independiente del Doctor José Gaspar Rodríguez de Francia.

Ananías Maidana solía relatar que el general Patricio Colmán, uno de los verdugos de la camarilla stronista, había expresado y fue escuchado por soldados y testigos asombrados: “kóa hína Mariscal ñemoñare” (estos son los verdaderos descendientes del Mariscal López), mientras presenciaba cómo martirizaban al camarada Antonio Alonso Ramírez, quien cayó prisionero cuando comandaba la guerrilla “Mariscal López” que operaba en las serranías del Ybyturuzu, cerca de Villarrica.

Atado a un árbol, mientras le clavaban las fosas nasales, los oídos, los ojos, con largas espinas de coco, Antonio Alonso gemía y gritaba con voz estentórea, de trueno: “Viva el Paraguay socialista”, “Viva el Partido Comunista Paraguayo”, “Abajo la dictadura”.

Lo asesinaron, pero no lo doblegaron.

Cuentan los campesinos de la zona, que hoy luchan heroicamente por la tierra, que en los días de tormenta, en medio de relámpagos, el fantasma de Alonso recorre el Ybyturuzu, arengando al ejército de los pobres del campo en movimiento hacia un mundo mejor, hacia un nuevo Paraguay gobernado por los trabajadores.

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