Primaveras y nuevo despertar

 «Si renunciamos a la utopía solo queda el realismo que tiende al nihilismo».

 Por Virgilio Cantero

http://espacio-alternativo-sierra-madrid.blogspot.com/

En El final de la Utopía, Marcuse se maravillaba de las posibilidades de alcanzar la utopía con el auxilio de los avances tecnológicos del cual era testigo él en 1967. De igual modo, en mayo y junio del 68 los estudiantes y obreros franceses sentaban las bases que abría  la posibilidad de instaurar las utopías políticas y sociales tantas veces aplazadas en occidente. La tolerancia y el diálogo eran los principios elementales con los que se hacía frente a los totalitarismos reinantes de la post II Guerra Mundial.

 La imaginación al poder exigía reformas sociales, políticas y educativas y, por sobre todo, una búsqueda de replanteamiento del ejercicio del poder apuntando hacia una verdadera apertura democrática y práctica de la libertad más allá del pensamiento lineal y autoritario propio de la racionalidad política moderna.

 “Aquel año mayo duró doce meses”, canta Sabina, pero fue el principio del fin: las ideologías perdieron su fascinación, lo teórico dio lugar a lo inmediato y los metarrelatos quedaron rezagados, no se pudo “reinventar la historia y se secaron las flores del 68”, sentencia casi con pesimismo el cantautor español.

 Sin embargo, en los últimos tiempos nuestra cultura globalizada viene experimentando una serie de protestas que de cierta manera remiten a los sucesos del 68, tal es así que la revuelta árabe al menos nominalmente establece un contínuum y no sé si arbitraria o mediáticamente lo denominamos primavera en una clara referencia a la primavera de Praga.

 Los indignados en España, las revueltas en Turquía, las manifestaciones en Alemania o en Brasil más allá de sus reivindicaciones locales o puntuales podrían tener como factor común un rechazo al sistema económico vigente y los sistemas políticos que los legalizan, sumado al agotamiento de los proyectos y las promesas políticas demasiados superficiales e inmediatistas, también se plantea un rechazo a los grandes monopolios empresariales que tienen cautivo a los Estados y a los ciudadanos en una suerte de dictaduras privadas y transnacionales.

 En contraposición al mayo del 68, sin embargo, se da un descreimiento o desacreditación de los partidos revolucionarios y de la política misma, tal vez ocasionado por un reciclamiento del capitalismo global que  impone su lógica económica y a los que  los gobiernos socialistas no pueden hacer frente con éxito, lo cual produce en las masas sociales, principalmente en los más desfavorecidos, un rechazo contundente que se expresa en las masivas manifestaciones de las cuales somos testigos.

 Ahora bien, este rechazo adolece de una ambigüedad de cierta manera peligrosa, pues las expresiones de repudio no acompañadas de un esfuerzo crítico distorsionan las visiones y disgrega el poder genuinamente transformador de toda revolución. Es precisamente lo que criticaba Adorno al mayo francés.

También en este contexto toda revolución corre el riesgo de terminar conciliándose con la burguesía y la clase dominante con la consabida burocratización y normalización de los procesos revolucionarios que al final no pasan de una expresión de deseo que culmina con la desesperanza y las decepciones masivas, donde los símbolos y los ideales son expropiados como ocurrió con el gorro frigio, por citar unas de las apropiaciones más paradigmáticas.

 Frente al estado actual de las cosas resulta difícil delinear las proyecciones futuras, pues la fugacidad y los reacomodamientos de los hechos y las situaciones nos han acostumbrado de cierta manera a aceptar la vigencia y permanencia de un statu quo.

 Hay  una mayor conciencia de compromiso social canalizado por sobre todo desde el poder aglutinador y dialógico de las redes sociales con un claro empoderamiento no ideológico de la ciudadanía.

 Casos paradigmáticos como el de Islandia, donde se llegó a encarcelar a referentes de la banca, culpables de la crisis que afectó al país, sientan los precedentes por ahora testimoniales de que es posible el ejercicio real de la soberanía por parte de la ciudadanía.

 En otro ámbito, en  todo este nuevo despertar hay también una postura existencial clara, “a pesar de esa inmensa dosis de anestesia material, psíquica y espiritual” en la que vivimos, como ilustra Libanio, hay una esperanza de que es posible otro mundo más allá de la lógica del capital y del consumo, y por sobre todo la constatación de que si renunciamos a la utopía solo queda el realismo que tiende al nihilismo opacando todo horizonte esperanzador.

Comentarios

Publicá tu comentario