Por qué sumarse a la huelga general

Ya no aguantamos más. Ya no existen mecanismos de contención institucional, rendija para transar ni traficar con la ruindad. Hemos llegado al hartazgo de la humillación, de los golpes corporativos, de la transa, el engaño y la manipulación. Del abuso. Opinión de Julio Benegas Vidallet

Ya es marzo. Cuando se la convocó sentí miedo por la incapacidad orgánica de las centrales sindicales de garantizar el acatamiento. Baja sindicalización en el país, persecución sistemática a nuestras organizaciones, fragmentación y dispersión de fuerzas. Hoy entiendo que la huelga general es un movimiento incontenible. Atraviesa, cuestiona e interpela todas nuestras estructuras organizativas.

Manifestación campesina contenida por cascos azules, en una visita de Horacio Cartes.

Manifestación campesina contenida por cascos azules, en una visita de Horacio Cartes.

Ya no aguantamos más. Ya no existen mecanismos de contención institucional, rendija para transar ni traficar con la ruindad. Hemos llegado al hartazgo de la humillación, de los golpes corporativos, de la transa, el engaño y la manipulación. Del abuso.

No será, sin embargo, una huelga a la usanza de los países industriales. Al ser un modelo agro exportador e importador, parar el país implicará básicamente cortar los circuitos del modelo. Más allá de los mecanismos, que deben ser afinados con seriedad, la huelga general está adquiriendo la fuerza de movimiento popular muy naturalmente.

Enero y febrero fueron meses de contestación importante. Por un lado, la Federación Nacional Campesina nos mostró el camino en el campo al oponer orgánicamente sus bases a la fumigación de sojales en los linderos comunales. Y en varias ciudades, el aumento del pasaje de colectivo disparó importantes movilizaciones.

En nuestros aires cargados de hollín, chatarra y mal humor, el aumento del pasaje y las fumigaciones cerraron  un cuadro de situación que ya se venía insoportable. Es que el gobierno de Horacio Cartes, fruto de un golpe corporativo formalizado en el Parlamento el 22 de junio y “legitimado” en las elecciones de abril del 2013, hizo directamente lo que tenía, sin haberle dicho nunca a la gente, planificado hacer: habilitar la privatización de lo poco que ya tiene el Estado y dar a manos de transnacionales –con alguna migaja para el capital interno- las grandes obras que este país necesita con urgencia para satisfacer demandas básicas de su reciente urbanidad. Mientras que en América Latina se vive un regreso del neoliberalismo más crudo, acá lo profundizamos.

Esta realidad impulsa a un sector importante de los trabajadores del Estado a sumarse carnalmente a la huelga general. Bien sabido es eso de quedar sin empleo con seguridad social. Ese cuento ya tiene a mucha gente hambreada en las calles.

Más enajenación de bienes sociales como la tierra y las entidades del Estado solo puede sostenerse con ampliación del modelo represivo. Y acá es donde mucha gente del campo sufre cotidianamente esta realidad de vivir en estados de sitio habilitados por el Congreso a través de la ley de militarización, dejando el uso militar en conflicto interno a la entera disposición del Ejecutivo. Amén de usarse discrecionalmente a la policía, ahora, en el campo, se atropellan casitas humildes, de noche, con asaltos de guerra en la “búsqueda del EPP” ya “legalmente”.  En territorios en disputa entre la agricultura familiar, los sojeros y narco ganaderos, aparecen siempre imputados de “apoyo logístico” casualmente los dirigentes que se oponen al modelo sojero y narco ganadero. Nuestras cárceles se están poblando de luchadores por defender y ampliar el territorio agrícola familiar.

Asegurar el modelo agro exportador y reexportador indigesta, envenena, encarcela y mata.

No hablamos de un modelo creado bajo este gobierno. Claro está. Hablamos de ese modelo que lo traemos, con mayor énfasis, unos 30 años atrás, ese modelo de extracción, depredación y acumulación por encima de cualquier cosa: la vida, los ríos, el aire, el clima.

¿Por qué debemos ir a la huelga?

Esa idea efímera de patria que quedara de la Guerra Grande espera ser rescatada de la barbarie, de la sinrazón, de los agro tóxicos, de las armas asesinas que acribillan a nuestros compatriotas campesinos. Del contrato basura, de las 12 y 14 horas trabajando por migajas.

Debemos ir a la huelga porque aspiramos hollín, «kaigue y melancolía» (Carlos Bazzano, dixit). Es nuestra primera obligación parar el genocidio en el campo y la ciudad.

Debemos ir a la huelga contra este Estado que mantiene presa a nuestra gente inocente, se burla de nuestros miedos y nuestra pobreza.  Porque no somos números ni mercaderías para que usen y abusen de nosotros.

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