¿Podrá la izquierda aprovechar la crisis política y moral que vive la derecha?

Análisis. «Si el progresismo concentra su trabajo en el Parlamento en los próximos cinco años, malgastará la oportunidad de construir hegemonía».

Imagen: PuenteSur

El 21 de abril las cosas están por definirse entre colorados y liberales/oviedistas, ambos pelean por quedarse con el timón del Estado paraguayo, lo que significa capitalizar su poder y sus recursos económicos y, es decir, imponer ventajas, dictar las reglas y manejar la maquinaria electoral para eternizarse en espacios de poder.

Guiándonos por la intensidad de las campañas mediáticas y los ataques de las últimas semanas, pareciera que estamos, otra vez,  ante una inminente explosión de violencia política. Pero estos bandos no siempre se pelean, hay momentos políticos en que se muestran juntos en la foto, como en junio de 2012. Y estos periodos de gracia son especiales para analizar la verdadera naturaleza y origen de estos partidos.

Curuguaty y el golpe parlamentario descorrieron el velo y nos mostraron a los partidos Colorado, Liberal, Unace y Patria Querida actuando en bloque unitario, mostrándose lo que en esencia son: expresiones políticas y morales de una misma clase social de ganaderos, sojeros, importadores-exportadores, empresarios explotadores, mafias, patria contratista…

Y estos sectores están pasando por una crisis de credibilidad y representatividad con sus partidos de derecha, por una descomposición de las formas tradicionales de hacer política y hasta de la forma y organización del Estado. Abril de 2008 se enmarcaba en ella y también el ascenso de nuevas fuerzas en el horizonte.

Es también una crisis de poder y de dirección, donde la sociedad parece estar diciendo: “estos partidos han demostrado que no pueden dirigir nuestros destinos, nunca vamos a ser satisfechos por ellos, porque tienen otros intereses”, y se pone a buscar otras alternativas.

Estas nucleaciones de la derecha están pasando por distintos procesos históricos, algunos perdieron fuerza al perder el aparato estatal o al poder contentar a un número muy pequeño de votantes con las prebendas, como también porque las nuevas generaciones no se movilizan solamente por el fanatismo del color o la polca, como el caso del partido Colorado. También porque es evidente que la llanura no fue un periodo de balance, no le ayudó a revisar sus prácticas y a reorientarlas, y especialmente están sufriendo una crisis dirigencial, hasta el punto de estirar a un financiador externo para convertirlo en cadidato.

Otros podrían pagar caro por el costo político al que se expusieron al traicionar el proceso abierto conjuntamente con el luguismo, o porque han demostrado ser lo mismo que el otro partido al cual, desde la ética y la moralidad, criticaban, como es el caso de los partidos Liberal y Patria Querida. El  21 éstos especialmente se verán castigados por el voto conciente, aquel sector de clase media y media alta que votaba estas opciones para impedir que ganen los colorados. En el caso del liberal, de perder estas elecciones, podría ser el más golpeado de todos, pudiendo sufrir una deserción grande de sus bases,  tras los excesivos sacrificios políticos a los que hoy les somete su dirigencia.

Otra tendencia indiscutible es la desarticulación del oviedismo sin la presencia de Oviedo, aunque la rapidez de este proceso puede frenarse en caso de que gane la nueva alianza entre liberales y oviedistas, pues estando en el Estado administrarán recursos económicos y asistencia social, lo que retendría por un tiempo más a sus simpatizantes.

Esta crisis está en marcha porque en el escenario político hay alternativas para la gente, como por ejemplo el luguismo (con todas sus limitaciones y vicios), aunque podemos también pensar que la crisis misma hizo brotar alternativas.

Como tendencia, podríamos estar ante nuevas formaciones y reorganización política nacional, donde las izquierdas parecen tener ventaja. Aunque la lección-paliza de junio pasado nos habla de que la derecha no se quedará de brazos cruzados viendo su caída y el eventual ascenso progresista.

Entrando a analizar justamente la experiencia del luguismo -aunque la realidad es más compleja y desborda este humilde análisis- podemos decir que durante el gobierno del ex obispo la mayor parte de la izquierda malinterpretó las correlaciones de fuerzas y se desmovilizó, especialmente a instancias de sus dirigencias, algunas dentro del gobierno y otras fuera de él.

La militancia social apostó a conseguir cosas a través de la gestión institucional, esperando que los cambios lo haga el compañero Lugo a partir de notas y audiencias, como si con decretos presidenciales se pudieran resolver cuestiones estructurales arraigadas desde antaño, más aún dentro del modelo de Estado paraguayo.

En línea recta a esto, en estas elecciones de abril probablemente la izquierda sea la revelación dentro del Parlamento,  y más allá de las ventajas que acarreará esto, podría también tener un lado contraproducente si todo el movimiento social -en medio de un vendaval de represión social de la derecha que se viene- se vuelca solamente sobre sus parlamentarios.

Estos legisladores o legisladoras, en el caso de sobrevivir a la corrompida lógica del sistema parlamentario, deberán hacer su trabajo en el marco y los límites pre-establecidos de una institucionalidad ajena, y donde el más mínimo resultado perseguido se logrará únicamente con gente movilizada fuera del Parlamento.

Pero tampoco este es el tipo de movilizaciones que probablemente la izquierda necesite para imponerse políticamente, sino una más permanente a partir de una autocrítica y de un acto de escucha a sus bases, a partir de un trabajo de recomposición de sus redes humanas más elementales, tan golpeadas por la política tradicional y los agronegocios. Y a partir de la construcción de un programa de acción que la guié más allá de las contiendas electorales.

Hablamos de un trabajo enorme, que implica amplios esfuerzos y sacrificios, una tarea eminentemente política y cultural, que debería empeza por revisar hasta la actitud y la autoestima del movimiento social. Porque para emprender el trabajo que le llevará a ser mayoría y hegemonía, el primer paso es tener vocación  y plantearse serlo.

 

 

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