Personajes históricos del Paraguay: India Juliana

Con la semblanza de India Juliana, escrita por Diana Viveros, iniciamos la serie Personajes Históricos.

India Juliana

Por Diana Viveros

Con su dedo y sentada en cuclillas, dibuja en el suelo unos garabatos inconcebibles. En ese acto parece conjugar todo el dilema que la atormenta.

Milenio y medio atrás, un poco antes, en esa misma posición se encontraba un hombre santo, de quien empezaba a escuchar con mucha frecuencia, ante quien llevaron a una mujer sorprendida en adulterio y que, siendo consultado por los religiosos de su época, sentenció la célebre: “quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”.

Mujer indígena, pintura

Pintura del pintor Orlando Agudelo Botero. Fuente: http//revista-amauta.org

Eran entonces días de retiro y espiritualidad impuestos por los invasores; la tarde anterior la habían hecho escuchar lo que ellos llamaban “la Palabra”. Aún no había espacio en su mente para concebir la magnificencia de un solo dios, uno solo que dominara el agua, el cielo, uno mismo a quien agradecer las simientes, la tierra o la lluvia. Ella, como todo su pueblo caído en cautiverio a fuerza de fuego y violencia, tenía por padre y madre a la naturaleza. Hoy siente que le están arrebatando parte de su esencia.

La noche silenciosa, tibia y cargada de nubes, la echó del camastro minutos antes. Se había entonces escabullido con felina discreción, deseando que el durmiente a su diestra continuara la faena del sueño en ella interrumpida. Se alejó unos metros esquivando los arcabuces y las espadas, amparada en la jurisdicción de la negritud; solo orientaba sus pasos una luna ya moribunda que auguraba el alba.

En su condición de esclava, de india cristianizada, de herramienta destinada a concretar el mestizaje y las ganancias para su dueño, Nuño de Cabrera, y para la dueña de este, la Corona española, ella se horroriza cuando cae en la cuenta de que, por fin, las clases bajo el chicote están dando resultado: de repente esos trazos sin forma cobran sentido ante sus ojos. Son letras del alfabeto castellano. Ahí dibujada en la arena está el rostro de la alienación. Tanto el inmisericorde maestro ha procurado vencer su brutalidad que ahora, espontáneamente, saltan los resultados.

Es entonces cuando percibe los sonidos del monte que la contiene. Esos susurros que lentamente van recuperando su silueta a medida que en el horizonte se rayan los primeros colores, le desgarran al pillarle en la victoria del conquistador. Son un eco de lamento porque saben a derrota. Su resistencia ha llegado al final. El monte la acusa: aprendiste la lengua y las letras extrañas; aceptas, por lo tanto, un solo dios creador y nos abandonas, nos traicionas. Cuando esto ocurre, ella se incorpora con sobresalto. Su extensa cabellera parece un animal vivo que la impulsa hacia arriba y, en un arrebato, borra con el pie esas líneas indecentes. La hora de su redención debe ser, definitivamente, la próxima.

Recuerda, mientras una fuerza explosiva la va arropando a medida que se acerca al recinto, que su amo, temeroso del temperamento arisco de sus mujeres, y bien aconsejado por los suyos, guarda bajo el camastro un arma de poderoso filo. Desanda sus pasos y en su mente reconoce la violación y la muerte de tantas de sus semejantes que no han querido someterse a los vicios del invasor. El sentimiento de honor perdido en la ciénaga de la humillación hará que ella arranque la cabeza del lascivo, ese don nadie en su tierra allende el mar, que ha venido atraído por los cantos de sirena de su codicia. Con ello experimentará la satisfacción de saberse liberada.

La historia la registrará simplemente con su nombre cristiano: Juliana. Es la época de los grandes descubrimientos geográficos para una Europa ávida de riquezas. Es la época de los saqueos al Abya Yala, de la arquitectura del fuego domesticado y los galopes del caballo que por primera vez transitan estas tierras.

La India Juliana, hija de un cacique, como otras tantas hijas de caciques que se ven sometidas a la explotación servil por parte de los españoles, no tolera más la subordinación de su pueblo ni las afrentas. Al decidirse el Jueves Santo de 1539, tras un conflicto de consciencia del que participaron, invisibles, sus ancestros, sus dioses y su orgullo guaraní, se levanta contra su agresor, el marido español, Nuño de Cabrera, el de las múltiples formas de ensañamiento, el de la cruz y la lengua extraña, el del látigo y la infamia, y lo liquida, cortándole la cabeza. En una de las primeras sublevaciones indígenas al régimen colonial, la India Juliana espera que su pueblo tome partido en esta lucha de sobrevivencia.

Otros alzamientos seguirían al suyo: el liderado por Lambaré, el que dirigiera Guarambaré y Tabaré, etc. Todos reprimidos a muerte por las tropas reales. Pero a esa pequeña guerrera sin nombre, a esa primera mujer que pegó el grito de libertad e intuyó la barbarie que traerían esos huraños hombres de espalda blanca y barbas largas, a esa nadie la iguala. Porque entiende que es necesario apoderarse del arma y virarla en contra del agresor, torciendo el destino impuesto. Porque entiende que, de no hacerlo, no habrá alternativa para los suyos. La India Juliana entiende, pero Alvar Núñez Cabeza de Vaca pone término a su rebeldía con la tortura y, finalmente, con la decapitación. Él también entiende, a su manera y desde su óptica, que estos acontecimientos se imprimían en nombre de la civilización y el progreso humano.

Fuentes bibliográfica

Comentarios

Publicá tu comentario