Periodistas y deontología

Opinión. «Los asalariados de la mentira».

En el Paraguay de hoy, con relación a unos 15 años atrás, es dable verificar que el pueblo tiene una nueva cosmovisión de la realidad que lo circunda, una nueva forma de interpretar las relaciones entre las diferentes clases sociales y, en una suerte de tarea de laboratorio, va ejercitando una decantación de los actores y valores que están en juego.

Prueba irrefutable es el desarrollo portentoso de las redes sociales, cuya capacidad de movilización permitió en dos o tres días alcanzar la más importante victoria popular contra el indecente Parlamento, propinándole su primera derrota en los cuatro años que lleva saboteando al Gobierno de Fernando Lugo.

Desde el cambio de Presidente y gabinete en febrero de 1989, en la vida nacional ha crecido visiblemente la presencia activa de los medios de comunicación, con amplia ventaja de los órganos comerciales sobre las pocas y materialmente muy pobres expresiones de prensa identificadas con la necesidad de generar una profunda transformación de las estructuras del Estado y de la identidad como nación. La Secretaría de Comunicación (SICOM), con todos sus dependencias, resulta insuficiente.

No es novedad tampoco que la militancia política e ideológicamente retardataria de las principales bocas informativas de nuestro país, se identifican con agrado con la línea inescrupulosa de los  patrones grandes (les falta ética para ser grandes patrones), del tipo de losRandolphHearst y los Mourdoch, en el sentido de consagrar su vida a dos fines: 1) ganar mucho dinero sin importar cómo, y 2),utilizar la comunicación como arma política para sabotear todo proyectode progreso y justicia social en cualquier rincón del planeta.

En esa práctica, hay obsecuencia con los geófagos, ecocidas y etnocidas nacionales y extranjeros,  succionadores de la mejor savia de la tierra paraguaya, envenenadores de los mejores cursos de agua y asesinos de los bosques nacionales, destacándose enlos informativos de la televisión privada algunos sirvientes de las transnacionales y de las roscas mafiosas del agro-negocio, del contrabando y del pisoteo de leyes y normas de la sanidad vegetal y de la calidad de los productos de importación, los mismos voceros que reclaman seguridad jurídica pisoteando la Constitución.

Los asalariados de la mentira no terminan de comprender que lo que está en juego es el presente y futuro de la patria paraguaya, es la alimentación de los excluidos por este injusto sistema capitalista, es el derecho de producir y de estudiar, el derecho de existir como ser humano integral, de ciudadano entero dueño de su vida, de su alegría y de su libertad, y eso no se consigue con un comportamiento entreguista, olvidando que un principio esencial de la hermosa profesión de periodista es la honestidad. Y, si les queda capacidad, podrían hacerse de algo de decencia y dignidad.

El legado de Lampedusa y su Gatopardo, de cambiar algo para que todo continúe igual, es el lema de cabecera de los poderosos dueños de los medios locales de mayor difusión oral, escrita y visual, obedientes incondicionales de la línea redaccional que, desde hace más de 60 años, baja en este continente la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Toda una escuela que otorga diplomas de comportamientos amorales y obsecuentes, de negación de la libertad de pensamiento y de expresión, del ejercicio crítico elemental en la profesión, de autocensura entre casi todos los periodistas más exhibidos en la vitrina de las empresas, marionetas fáciles del sometimiento patronal, ducho en explotar al máximo carencias culturales y de formación profesional, fértiles vientres de egolatría y éxitos misérrimos.

Algunos, los preferidos en la lista de los más obedientes, son becados para estudiar en instituciones de alto nivel técnico que vehiculizan la domesticación al servicio de la política genocida y rapiñera de Estados Unidos, reciben invitaciones para visitar países gobernados por la derecha política, o a conocer las instalaciones, sembradíos y otros centros de producción de las transnacionales sojeras, por ejemplo.

Al retorno al paisito de origen, hay que pagar las cuentas, es decir, justificar el motivo de las becas y los viajes, los hoteles confortables y los paseos turísticos, la asistencia, nunca participación activa, en seminarios y congresos, donde el periodista hace el papel de los gansos que están encerrados, reservados para fabricar foie-grass, a los que  se les  introduce grasa, es decir, en estos casos las ideas, que el dueño del corral les mete por un embudo hasta reventar su hígado, es decir, la mente.

El resultado de ese ejercicio de sometimiento cultural de un sector del gremio de prensa, está a la vista en Paraguay, con el agravante de que muchos asalariados de la mentira ejercen de docentes universitarios, prolongando la alienación de sectores de la juventud en la mediocridad y el morbo, en el fatuo éxito social, en la adoración del consumismo, en el valer como ser humano por la posesión material, y en el miedo constante que genera la inseguridad personal que produce todo complejo de superioridad frente a su entorno familiar, laboral y social.

Ese ser desnaturalizado, amaestrado como perro colgado de un collar, ocupa a menudoespacios destacados en los principales estudios de radio y televisión o salas de redacción, con el título de periodista, es decir, de comunicador social, de hacedor de la palabra, voz e imagen, de nexo entre el público receptor y el factor que genera el tema que merece ser difundido según el criterio de su patrón, sistemáticamente inspirado en la rentabilidad política, es decir, bancaria.

Además de distorsionar la atención del público, de aprovecharse de la desorientación ideológica que caracteriza a la sociedad moderna, víctima de un modelo de sociedad en pleno ocaso, sin respuesta para los acuciantes problemas sociales, y valiéndose de la demora en aparecer en el mundo una alternativa al sistema capitalista, las empresas de la incomunicacióny sus incondicionales lacayos, conscientes o no, prosiguen su perversa labor, sin audacia y visión para mirar un poco más allá del órgano contratante.

En los últimos días, hemos visto en informativos de la televisión y radios y leído en algunas columnas de los cotidianos, que un conocido informador nacional acaba de realizar un viaje al  extranjero donde aprendió que el exterminio de judíos por el nazismo fue un genocidio, tras visitar algunos de los sitios que fueron campos de concentración, hoy convertidos en museos de la memoria en Alemania y los países que fueron ocupados entre 1939/45 por las hordas hitlerianas.

Lástima que en la ineludible gimnasia deontológica que exige a todo profesional de prensa confortar los diferentes aspectos del tema a tratar, el ínclito profesional sólo tenga elogios para el Estado de Israel, pretendiendo que esa abyecta expresión sionista es la representación auténtica del pueblo judío, cuando la realidad es que desde hace décadas emplea contra el pueblo palestino los mismos métodos nazis de exterminio.

La propaganda a favor de un Estado terrorista,  repudiado por el grueso de la humanidad, no es gratuita, evidentemente, pero la ética también tiene precio, sólo que no se vende ni se compra, se ejercita.

En Polonia fueron asesinados tres millones de judíos, publicó un diario que el periodista visitante habría dicho muy apenado, sin que se sepa, expresara el mismo lamento por la desaparición de los otros 50 millones de seres humanos durante la guerra y la distribución de cientos de miles de niños hijos de presas políticas que luego del parto eran asesinadas.

Generaciones de mujeres y hombres, con su rigor profesional y su heroísmo, estudiosos e informados responsablemente, han hecho del periodismo una noble profesión y, por pocos que sean sus triunfos frente al monopolio empresarial informativo, nos bastan para seguir apostando por la deontología que nos legaron.

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